El viejo y el niño

 

El viejo, de espesa barba, delgado, con su espalda encorvada, ayudándose a caminar con un bastón, transitaba por un camino desierto.

Tirado sobre el costado, había un tronco. Decidió descansar un rato. 

Se sentó. Apoyó el codo en la rodilla y la cara sobre la palma de su mano.

Su expresión indicaba que una profunda tristeza lo embargaba. Sus ojos dejaban escapar alguna  que otra lágrima.

A lo lejos y en dirección contraria a la suya, se acercaba un niño muy pequeño. Cuando estaba junto al anciano, le dijo:

-     ¡Hola abuelo! ¿Puedo quedarme a descansar un rato junto a usted?

-     Sí, pequeño. ¿Por qué no? Tu compañía me hará bien.

-     Gracias. ¿Le molesta si le pregunto por qué está tan triste?

-     No, pero no es bueno que te cuente mis problemas. Ya vendrá el tiempo en el que deberás enfrentar los tuyos.

-     No importa, abuelo. Posiblemente le haga bien contarlos.

-     Bueno… Quizás lo que tengo sea una mezcla de impotencia, bronca, tristeza y muchas cosas más. Cuando llegué, me propuse dar todo lo que me  pedían. Unos deseaban tener trabajo. Sólo a algunos pude conseguírselo. Otros, querían únicamente mucho dinero. Solamente unos pocos lo tuvieron.  Muchos querían que los amaran, pero se olvidaban que para eso es necesario amar. Los que lo entendieron, lo obtuvieron, el resto no lo logró. También me pidieron que se terminaran las guerras, pero ganándolas y nunca perdiendo. Había quien quería que su cuadro favorito lograra ganar el campeonato, pero ¿te das cuenta? Si unos pedían por este y otros por aquel ¿cómo podía conformar a unos y otros? Y…  todo así.

-     ¿Por eso está triste?

-     Sí. Quería satisfacer a todos, pero no me fue posible. Tuve la intención, pero debí luchar contra la avaricia de muchos, el ego de otros, la desidia y la haraganería, la mentira, la traición y todos los males conocidos y por conocer. Mi voluntad era infinita, pero mis fuerzas no. Solamente pude lograr una muy pequeña parte de lo que quería. Bueno… no  quiero asustarte más. Yo ya estoy de regreso, pero tú tienes que comenzar tu vida.

-     Abuelo, piense que no es su culpa. Usted no puede cambiar a los hombres. Son ellos los que, viendo los resultados, deberán transformarse.

-     ¡Tienes razón! Trataré de aceptar esta idea. Creo que ha llegado la hora de que reinicie mi camino.

-     Yo también debo hacerlo.

-     Antes de despedirnos, debemos presentarnos por si alguna vez nos volvemos a encontrar. Mi  nombre es Dos mil cuatro. ¿El tuyo?

-     Yo me llamo Dos mil cinco, abuelo.

-     Espero que lo que te conté no te desanime y que consigas quien te ayude para poder darle a cada uno lo que, con seguridad, te pedirán.