Vida de jubilado

 

Febrero, pleno verano en el hemisferio sur. Días largos y extremadamente calurosos. Noches cortas y apenas algo más frescas.

Esa mañana, como todas las otras, me levanté muy temprano, sólo un poco después de la hora en la que el sol apareció en el horizonte.

¿Para qué? ¿Cuál era la razón de esos madrugones?

No lo sé. Quizás fuera porque no lograba acostumbrarme a que ya no tenía un motivo para hacerlo.

No trabajaba. ¡Me había transformado en un jubilado!

No era una idea que había estado acariciando y deseando, sino una  de las tantas consecuencias de la gran crisis a la que nuestros gobernantes habían llevado al país.

Después de jornadas de trabajo de diez o más horas, no me resultaba nada fácil adaptarme a no tener ninguna obligación, ni horario que cumplir.

El hombre, dicen, es un animal de costumbres.

Mientras me preparaba para bañarme, pensaba:

-     ¡Soy un tonto! Toda mi vida he madrugado. Ahora que podría dormir hasta más tarde ¿por qué tengo la maldita costumbre de despertarme temprano? ¿Podré cambiar eso? Menos mal que me gusta sentarme frente a mi computadora y entretenerme con ella. ¿Si no fuera así, cómo llenaría tantas horas de mi vida?

Encendí la radio  justo cuando comenzaban a transmitir el informativo.  Eso me distrajo y dejé de pensar.

Me acerqué a la bañera. Probé la temperatura del agua y noté que estaba lista para iniciar mi baño. Cuando terminé, me vestí y me fui al comedor para desayunar.

Sin darme cuenta, ya había consumido algo más de una de esas horas que creía no tener ocupadas.

Luego, como lo hacía todos los días, me senté frente a la PC. La encendí, me conecté a Internet, bajé mis e-mails y los leí.

Una vez más, no tenía ninguno para contestar. Seguramente todos aquellos con los que me escribía a menudo estarían de vacaciones.

La tarea relacionada con la correspondencia  virtual había consumido muy poco de mi tiempo.

Decidí ponerme a escribir un cuento. Esa era una de las satisfacciones que mi nuevo estilo de vida me había dado. Cuando trabajaba nunca había tenido la posibilidad de hacerlo.

Sabía que no era un buen escritor y que difícilmente lograra escribir cuentos dignos de ser premiados, pero me gustaba hacerlo y me distraía.

Me puse a meditar. Tenía que encontrar un tema que me pareciera interesante y me permitiera hilvanar una trama. Todos los que había pensado con anterioridad ya estaban plasmados en papel.

Distintos argumentos comenzaron a desfilar por mi cabeza. Unos, por ser muy comunes, otros, por haber escrito algo sobre ellos, los fui desechando.

En ese momento, no podía encontrar nada que me inspirara. Iba a tener que dejar esa tarea para otro día, pero no me gustaba postergarlo.

¿Si lo hacía, en que utilizaría esas horas? 

Antes de resolverme a hacerlo, un sonido conocido interrumpió mis pensamientos. Iggy, mi cachorro, estaba subiendo la escalera y con su peso, que supera los treinta kilos, hacía crujir los escalones de madera.

Venir a buscarme era una rutina diaria a la que me acostumbró poco después de que comenzara a formar parte de nuestra familia.

Con eso me quería advertir que había llegado la hora en la que solía llevarlo a pasear por el parque cercano, donde se reunía con compañeros de corridas y juegos. Estaba tan habituado que nunca me permitía privarlo de esa satisfacción.

En ese momento noté que me había entretenido tanto en buscar un tema sobre el que escribir que  había perdido la noción del paso del tiempo.

Bueno…  sólo me quedaba un camino:  guardar los programas abiertos, apagar mi computadora y sacarlo a pasear.

¿Negarme a hacerlo?

¡Imposible! Si no lo hacía, en pocos segundos más tendría sus pesadas patas sobre mis piernas, su cabeza acercándose a la mía, tratando de lamerme la cara, o su boca tomando mi mano, sin apretar sus mandíbulas, para hacerme saber que mi tiempo de relax se había terminado y había comenzado el suyo.

Ya no me permitiría acercar mis manos al teclado, ni concentrarme en lo que hacía.

Con sus muestras de cariño, siempre lograba lo que esperaba: Que dejara de “jugar” con mi computadora y me dedicara a él.

Sin saberlo, también conseguía que no me quedaran períodos en los que no tuviera nada que hacer.

 

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