Una mañana de invierno

 

Era sábado. Los sábados, Jorge no trabajaba y tenía la posibilidad de quedarse en la cama hasta la hora que quisiera.

¡Qué suerte! – se decía – Creo que voy a aprovechar para quedarme, por lo menos, una hora más.

Pero… no lo hizo. El “hombre es un animal de costumbres”, se dice por ahí. Y él lo era.

A pesar de que la mañana era especial para seguir durmiendo, no sólo porque era sábado, sino también porque era una fría y fea mañana de invierno, se levantó casi a la misma hora que lo hacía los días en los que tenía que partir para su trabajo.

Después de desayunar con su mujer, que se había levantado antes que él, recordó que tenía pendientes unas compras de cierta urgencia.

Mientras se ponía el abrigo, se lamentó, diciendo:

-  ¡Que bronca! ¿Por qué se me habrá ocurrido dejar esto para hoy? ¡Con este frío, tengo que salir!

La mujer, para conformarlo, le respondió:

-  Bueno.. Vas  con el auto. Con el calefactor, ni te vas a dar cuenta de la temperatura En el hipermercado tienes las cocheras en el subsuelo y no necesitas salir a la calle.

Jorge estuvo a punto de decir:

-  ¡Claro! ¡Qué piola! ¡Se nota que soy yo el que tiene que salir!

Pero, para evitar enojos, optó por darle un beso de despedida, sin agregar nada. Bajó a  la cochera, subió al auto, lo puso en marcha, encendió el calefactor y comenzó a disfrutar. El ambiente se había puesto agradable.

 Mientras conducía, iba observando la expresión de la gente que caminaba por las calles. Indudablemente hacía mucho frío. No había duda de que los dos grados bajo cero, que comentaban por la radio, eran reales.

 Cuando regresaba, después de realizar las compras, sus pensamientos ya no se relacionaban con la temperatura exterior, sino con encontrar la mejor solución para algunos de los problemas que tenía que resolver y que le preocupaban bastante. Una parte de ellos, le parecían muy graves; otros, no tanto, pero igualmente le afligían.

Al llegar al cruce con una avenida, el semáforo le obligó a parar la marcha.  Sin darse cuenta, su mirada fue hacia una de las veredas.

Algo le sacudió. Sus ojos se habían posado sobre una escena que acaparó toda su atención.

Hacia su derecha, sentados sobre el umbral de una casa, estaban una mujer joven y dos chiquillos. Los niños se apretujaban contra la mujer, como buscando no sentir el frío que, seguramente, les calaba los huesos. Ella los abrazaba,  tratando de protegerlos.

Aunque no sabía que les pasaba, presumió que por algún motivo se encontraban allí sentados, sufriendo el frío que los obligaba a abrigarse  mutuamente.

Siguió mirando, casi sin darse cuenta, y vio, sentado sobre el otro costado del umbral, a un hombre, también joven. Sus codos estaban apoyados sobre sus rodillas y su cabeza, sobre sus manos. Sus ojos, muy tristes, parecían estar fijos en algo muy lejano.

Esa expresión le hizo recordar, de inmediato, aquella imagen de la Iglesia de la Merced, esa imagen que él llamaba “el Cristo de la Humildad y la Paciencia”; ese Cristo triste, lleno de llagas, que, en sus momentos de angustia, tanto le conmovía y consolaba.

Estaba intrigado. Mas bien tendría que decirse:  interesado. Quería saber que pasaba, por qué dos niños tan pequeños se encontraban en ese lugar a pesar del frío. No podía encontrar una explicación. No era simplemente curiosidad, era dolor porque suponía que algo importante les estaba sucediendo. 

Pensó que se trataba de una familia  que no tenía vivienda. Enseguida, se dijo que no podía tratarse de eso, ya que, a su alrededor, no había bultos, ni muebles, ni nada que le hiciera presumir que estaban viviendo en la calle.

Mientras él seguía con sus pensamientos, el hombre se levantó. Tomó un cajón que estaba a su lado, y que Jorge no había visto hasta ese momento. Luego, se paseó entre los autos que estaban parados, esperando la luz verde, para ofrecerles, a sus ocupantes, su mercancía. 

Cuando se le acercó, le compró algo con el poco dinero que le quedaba. No se animaba a preguntarle si esos niños eran suyos. No era de los que inician una conversación con mucha facilidad.

Pero  seguía intrigado. Quería saber la razón por la que esos chiquillos estaban allí, pasando tanto frío. Ese sentimiento de dolor por los niños fue más fuerte que su dificultad para entablar una conversación con un desconocido y se animó a preguntarle:

-  ¿Esos son tus niños? ¿Están siempre aquí? ¡Hace tanto frío!

El vendedor, con mucho dolor en su voz, y casi con vergüenza, comenzó a comentarle brevemente su historia

-  Son mi mujer y mis hijos. Nunca vienen, pero hoy no quedaba comida, ni dinero para comprarlo. Me acompañaron para esperar que hiciera alguna venta que les permitiera comprar algo.

Hasta hace seis meses, trabajaba en una pequeña empresa textil, pero le fue mal. Un día, el patrón me dijo que sentía un gran aprecio por mí, que siempre había trabajado como si se tratara de mi propia fábrica y que no tenía ningún reproche para hacerme, pero que, lamentablemente, para poder mantenerla, se veía  obligado a reducir el personal.

Trabajé allí  dos meses más, mientras buscaba trabajo, lo mismo que otros dos compañeros.

 Jorge lo interrumpió:

-  Por lo que veo, no conseguiste.

-  Así es. Durante los dos meses siguientes, busqué con desesperación un nuevo trabajo, pero no lo conseguí. Hay muchos que están con el mismo problema. Para colmo, soy  joven, pero tengo 35 años y parece que ya no sirvo, porque siempre buscan personal de hasta 25 años. Tampoco me ayuda que no fui al secundario. ¡Hasta para mover tambores es necesario haberlo terminado! Estoy cada día más angustiado, pero espero tener  suerte. Mientras tanto, la  venta se convirtió en una solución transitoria.

 Los bocinazos de los automóviles a los que Jorge les estaba impidiendo la marcha, le hicieron notar que ya tenía luz verde y podía seguir su camino.

Se despidió, mientras sufría por no tener algo más encima para poder ayudarle. Apagó el calefactor porque ya no quería sentirse tan cómodo, aunque con ello no lograra cambiar la situación de Juan

Rumbo a su casa, iba pensando:

-  ¡Yo que me quejaba tanto!

Dios lo debe haber puesto en mi camino para hacerme ver que antes de desesperarme por mis propios problemas, debo mirar, aunque más no sea por un minuto, los de los que pasan a mi lado.