Un regalo del abuelo

 

Desde muy chico había tenido predilección por el abuelo Maximino, el padre de mi madre. Nunca pude llegar a saber cual era el motivo. Los niños jamás se ponen a pensar los “porque”, sólo saben que es así y, a veces, ni de eso se dan cuenta.

Cuando me hice mayor, pensé que ello se debía a que era mi padrino y, también, a que, como yo era el mayor de sus nietos, me daba un trato muy especial. Pero, realmente, nunca pude saberlo a ciencia cierta. Sólo supe que, para mí, era muy, pero muy especial. Era tan especial que aún hoy guardo pequeños obsequios que él me hizo: algunos centavos de cobre, un libro y un cortaplumas.

El abuelo era uno de los tantos españoles que había venido a América a trabajar y hacerse rico. No lo había logrado, pero llegó a tener un pasar aceptable.

Era socio de una cooperativa que se dedicaba a la fabricación y venta de soda en sifones.

Cada vez que le visitaba, le pedía que me llevara a dar una vuelta en su carro arrastrado por caballos, el que utilizaba para el transporte de los sifones, como era común en la década del 40.

Muchas veces, le acompañaba al corralón donde los guardaba. Allí pasaba lindos momentos acariciando los caballos que tanto me gustaban.

Poco a poco me fui encariñando con esos animalitos a los que veía grandes pero, al mismo tiempo, tiernos. Cuando los otros niños de mi edad estaban esperando tener su bicicleta, yo estaba acariciando la idea de tener mi propio caballo para montar.

No recuerdo si se lo dije o el abuelo lo intuyó, pero lo cierto fue que, un día, me dio la gran sorpresa: iba a hablar con mis padres y, si ellos estaban de acuerdo, me iba a regalar uno.

¡No podía creerlo!

Era el regalo más lindo que podían hacerme. Iba a tener mi propio caballo; iba a poder montarlo.

¡Qué bien me sentía!

Ese mismo día, habló con mis padres, pero no supe que se había decidido, ni volvimos a conversar sobre el tema. No fue porque yo no quisiera, sino porque él vivía algo lejos de casa y nos veíamos de vez en cuando.

Después de unos días, mi madre me dio la gran noticia: El abuelo había comprado “mi caballo”.

¡No lo podía creer! ¡Era grandioso! ¡Mi caballito!

Sólo tenía un problema: nunca había montado uno y no sabía como hacerlo. Bueno, eso no iba a ser grave, pensé. Él me enseñaría.

Transcurrieron dos o tres días sin tener noticias del abuelo ni del caballo. Una mañana, muy temprano, cuando estaba listo para salir hacia la escuela, mi madre me dijo lo que yo estaba esperando: Ese día, el abuelo iba a traerme mi caballo.

Nunca me había sentido así. Jamás había pasado por un momento como ese.

¿Qué iba a hacer?

Pedir no ir a la escuela, no era correcto. No podía fallarle, a los que me querían, justo cuando estaba  por recibir un hermoso regalo.

Decidí partir como todos los días. Cuando llegué, no pude dejar de comentarle la novedad a la maestra y a  mis amigos.

¡Estaba tan ansioso!

No habían pasado más de dos horas desde el inicio de las clases, cuando empecé a sentirme mal. Mi estómago parecía retorcerse. No había comido nada especial, y no sabía el motivo, pero me sentía realmente mal.

Pasaban los minutos y cada vez estaba peor.

Le comenté a la maestra como me sentía y ella se dio cuenta, inmediatamente, de lo que me estaba pasando. Con mucho amor y paciencia, me explicó que también las grandes alegrías nos pueden traer algunos problemas de ese tipo.

Luego, algo preocupada, decidió enviarme a casa. Francisca, la auxiliar, me acompañó hasta allí y me dejó en manos de mi madre.

El abuelo no había llegado. Mientras tanto, yo pensaba que ese era un mal momento para sentirme así, que no iba a poder disfrutar de mi caballo, que eso era tener mala suerte, etc.

Llegó la hora del almuerzo y seguíamos sin noticias del abuelo.

En aquel tiempo, la gente, generalmente, sólo se comunicaba cuando se veía o se escribía, ya que la mayoría de las casas, incluso la nuestra y la del abuelo, no contaban con línea telefónica..

Prácticamente no almorcé. Me sentía algo mejor pero no totalmente recuperado.

Llegó la hora de la siesta y seguía sin noticias del abuelo, ni del caballo. Estaba empezando a asustarme.

No tenía ningún interés en acostarme a dormir la siesta, pero mi madre insistió y me hizo entender  que podía ser un buen remedio para mejorarme, lo que me permitiría disfrutar de mi caballo.

Lo hice, pero no pude pegar un ojo. Cuando me levanté, me sentía mucho mejor.

Alrededor de las cinco de la tarde, me encontraba esperando, sentado sobre el umbral de la puerta de la casa, cuando vi venir, a lo lejos, un caballo montado por una persona mayor.

¡No lo podía creer! ¡Era el abuelo!

Él no montaba un caballo desde sus años jóvenes, allá en su Galicia natal, pero había decidido recorrer de esa manera los casi 10 Km. que separaban mi casa de la suya.

¡Había atravesado casi toda la ciudad de Buenos Aires para acercarme el caballo!

Cuando llegó, mi corazón dio un vuelco. Era un hermoso caballo color castaño claro, con manchas blancas en sus patas y en su cabeza. No había nada en él que no me gustara.

El abuelo no había dejado de lado ningún detalle. Me había traído todo lo necesario para que pudiera montarlo (bozal, riendas, bastos, estribos, etc.)

Me acerqué a Rubio (así se llamaba el caballo) y comencé a mimarlo. Sin duda le gustaban las caricias, ya que bajaba su cabeza como si quisiera que yo llegara allí sin mucho esfuerzo.

Con la ayuda del abuelo, lo monté y di algunas vueltas a lo largo de la cuadra.

Demás está decir que ya me había recuperado totalmente.

Agradecí el regalo con sonrisas y besos, pero creo que en ese momento no pude valorar todo el esfuerzo que el abuelo había hecho para darme una alegría. Pasaron muchos años antes de que pudiera entender con profundidad su gesto.

Después de un rato, llegó el momento de la partida. Juntos llevamos a Rubio al fondo de la casa, ya que ese era el lugar que, con mi padre, le habíamos preparado.

Esa noche, me dormí pensando en mi caballito.

Al día siguiente, me levanté y partí para la escuela, como de costumbre. Por la tarde estaba decidido a montarlo, pero tenía un problema: no me animaba a hacerlo sin ayuda y el abuelo no estaba en casa.

Pensé en varias posibilidades, pero a final resolví que lo más sensato sería pedirle ayuda a uno de mis primos.

Como vivía cerca de casa, fui a verlo y aceptó hacerlo. Ambos fuimos con Rubio hasta unos terrenos baldíos y allí comencé a practicar, no sin grandes dificultades.

Los días siguientes, ya me animé a hacerlo sin ayuda, aunque bajo el control de mi madre.

Como Rubio era más alto de lo que mis piernas me permitían subir, me las arreglé para encontrar la forma de llegar al estribo. Para ello, lo acercaba a un travesaño y desde allí me trepaba con facilidad. Él, mansamente, dejaba que lo hiciera y así comenzamos una linda amistad que duró mientras estuvimos juntos.

 

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