Un mal despertar

 

Recién se había iniciado el otoño. Todavía, ni el viento, ni la humedad, se habían adueñado de las noches. La luna brillaba con todo su esplendor. Todo aparecía como si la naturaleza quisiera agasajarnos con esa hermosa noche.

No obstante, como ya eran la 2 de la madrugada, las calles estaban casi desiertas y el barrio adormecido. En la mayoría de las casas ya no se veían luces. Muy de vez en cuando, pasaba algún vehículo por la calle principal.

De repente,  se oyó el sonido de varios disparos.

El barrio entero se despertó y pudo oír el ruido que producían los motores de dos vehículos en marcha. Más tarde, se oyeron golpes, como si un automóvil chocara varias veces contra algún obstáculo. Luego, varios disparos más y, por último, un automóvil que se alejaba a alta velocidad.

Todos querían saber que había pasado, pero nadie se atrevía a salir a la calle. Poco a poco, algunas luces comenzaron a encenderse. Muchas persianas se fueron abriendo muy lentamente, como si sus dueños lo hicieran con mucho temor.

Cuando comprobaron que los disparos habían cesado, varios vecinos se animaron a salir.

El espectáculo fue horrible. Casi a mitad de cuadra, estaba el automóvil de José Luis, ese muchacho que hacía muy poco tiempo que vivía allí, pero que ya se había ganado el cariño de todos.

 Se lo veía con abolladuras por todos lados. Su carrocería mostraba los agujeros que todos suponían que le habían producido los disparos que habían oído.

Al lado del vehículo, presa de un ataque de nervios, se encontraba María Luisa, su joven esposa. Cuando se aproximaron, vieron que él todavía estaba dentro del auto.

Se acercaron más y pudieron notar que estaba herido

Al rato, llegó un patrullero, que había sido alertado por los vecinos. Un poco más tarde, una ambulancia. El médico le hizo un primer reconocimiento y lo cargaron en la camilla para trasladarlo.

La ambulancia partió hacía el hospital haciendo sonar su sirena. Mientras tanto, el muchacho, que todavía se encontraba consciente, comenzó a recordar su vida, como si estuviera viendo una película.

Pensó en sus padres y la casita en la que había crecido.

Se vio cursando sus estudios secundarios, mientras realizaba pequeñas changas. No había sido un buen alumno, pero había logrado llegar.

Recordó su primer trabajo. No era un “gran trabajo”. Pero, ganaba lo suficiente para pagar sus estudios universitarios.

Luego, llegó a su mente el día que, en la universidad, vio por primera vez a María Luisa.

Ella lo había mirado con insistencia. A él le gustó. Era una chica con muy buenas formas y sus ojos, grandes y oscuros, llamaban la atención.

Optó por hacerse el que no la veía.

En ese momento salía con Lucy. No sería la primera vez que salía con dos chicas a la vez, pero, en este caso, no le parecía inteligente. Ambas eran estudiantes de la misma facultad y podían encontrarse.

Poco tiempo después, rompió con Lucy y decidió buscar a María Luisa. No tenía intenciones de llegar a nada serio. Sólo salir un tiempo con ella, como lo había hecho con las otras.

El destino quiso que no fuera así. Ella lo adoraba y, poco tiempo después, se dio cuenta de que él hubiese sido capaz de hacer cualquier cosa por no perderla.

Cuando estaba recordando ese momento, escuchó una voz que le pareció muy lejana, que le decía:

-  ¡Muchacho! ¡Muchacho! ¿Me oyes? ¿Cuál es tu nombre?

Él intentó responder, pero sólo un pequeño soplo salió de su boca.

La misma voz, le dijo entonces:

-  ¡Quédate tranquilo! Si no puedes, no hables. Pronto llegaremos al hospital y estarás mejor.

El médico sabía que su estado era muy delicado. Sólo estaba tratando de darle ánimo.

Una vez que la voz se acalló, José Luis siguió recordando. Pensó en el día en que había recibido su diploma de Ingeniero.

Después, en el momento en que pudo comprar su propio auto, al que le había tomado cariño, a pesar de que no era ningún “último modelo”.

Recordó cuantas veces, su amigo José había tratado de convencerlo de ir, con su grupo, a visitar las cárceles, para llevarles una palabra de amistad  y aliento a los presos.

José le había ganado por cansancio y, al final, había aceptado. Recordó algunos de los momentos vividos allí y las caras de aquellos con los que más había charlado.

Se vio cuando su jefe le anunció que le habían ascendido y que estaría a cargo de un sector de producción.

Luego, cuando, con María Luisa, fijaron la fecha de la boda.

Con tristeza, recordó cuando, faltando pocos meses para la fecha fijada para el casamiento, le despidieron porque “no había cumplido con las expectativas de la firma”.

¿Eran tarados? ¿No habían tenido en cuenta que le faltaba experiencia y que eso sólo viene con el tiempo?

Recordó la lectura de avisos, las caminatas y las largas colas, para buscar otro empleo.

Pensó en el momento en que, con mucha bronca, se decidió a dejar de lado su título y aceptar el trabajo que encontrara. No quería tener que postergar el casamiento.

Volvió a vivir el día en el que le ofrecieron ser vendedor técnico. No le iba a dar mucho, pero era mejor que nada.

Eso les permitió buscar una casita para alquilar y establecer allí su hogar.

Se vio en aquella iglesia en la que tenía tantos amigos, cuando María Luisa y él se juraron, ante Dios, amor eterno.

De repente, todo se ensombreció. Recordó que  volvían, en su auto, de festejar su segundo mes de matrimonio. Pocos metros antes de llegar a su casa, una camioneta se les atravesó en el camino. De ella bajaron cuatro personas con armas en las manos y  les exigieron que se lo entregara.

En ese momento había pensado lo que  podía pasar con María Luisa, que estaba a su lado. También, en que quedarse sin auto, significaba quedarse sin trabajo. El “medio de movilidad propio” había sido una exigencia para poder conseguirlo.

No lo había pensado dos veces, había puesto marcha atrás y había tratado de alejarse, de aquellos malditos, a toda velocidad. Ellos, no lo habían aceptado, habían disparado sus armas y le habían acertado varios tiros.

Pensó en María Luisa. Dio gracias a Dios, porque a ella no le había ocurrido nada, aunque seguramente estaba pasando un mal momento porque oía su llanto reprimido, mientras lo acariciaba.

Después volvió a pensar en los delincuentes que les habían disparado. No podía entenderlos. Haberle herido no les permitió conseguir su objetivo.

¿Qué habían ganado? ¿Vengarse porque él trató de defenderse huyendo? ¿No era lógico? ¿Ellos no habrían hecho lo mismo?

Volvió a pensar en sus visitas a la cárcel. No se arrepintió de haberlas hecho. Estaba seguro de que aquellos que había conocido allí no le hubiesen disparado.

Pidió a Dios que perdonara a quienes le habían causado tanto mal.

Volvió a escuchar la misma voz que le hablara anteriormente, pero ahora mucho más distante; cada vez más y más distante.

Por último, ya no la oía.

Poco después, los vecinos comentaban que aquel muchacho tan amable y tan querido por todos ellos, había fallecido en la ambulancia, cuando se dirigía al hospital.