Un estilo de vida

-     ¡Epa! ¡Epa! ¡Espera un minuto! No se puede pasar así, sin mi permiso. Necesito saber quien eres y si estás autorizado a entrar aquí.

-     Pero… ¿Cómo? ¿Justo yo no voy a estar autorizado a entrar? ¿Quién sos para impedírmelo?

-     ¿Hace falta que te lo aclare? Creí que no era necesario.

-     Si, tenés razón. Se bien quien sos, pero no estoy acostumbrado a que me digan que hay cosas que no puedo hacer. Eso me puso de mal humor. Disculpame.

-     No hay problema. Por favor, necesito saber tu nombre.

-     Miguel

-     Muy bien. Ya te he encontrado en la lista. Ahora veremos si estás habilitado para entrar.

-     ¡Vamos! Hay un solo lugar donde puedo estar y es aquí.

-     A ver… a ver… Aquí estoy viendo algunas cosas que debemos aclarar.

-     ¡Vamos! Dejate de jorobar. No estoy para bromas.

-     No. Te pido que te lo tomes en serio. Debemos aclarar esos puntos antes de determinar si te permito el ingreso.

-     Bueno… Si no queda otra, empecemos de una buena vez. Ya me estoy enojando. Me estás haciendo perder tiempo y, al final, vas a tener que dejarme entrar.

-     Lo lamento, pero así es la disposición. Bueno… para el primer tema, debemos remontarnos a tu juventud, a tu época de estudiante.

-     ¿Qué? ¿Es para tanto?

-     Lo siento, pero es necesario. Esas cosas que te parecen tontas nos van a ir llevando, poco a poco, a otras de gran importancia.

-     ¡Ufa! ¿Tendré que aceptarlo? ¿No hay otra solución?

-     No la hay, así que sería bueno comenzar. ¿Recuerdas cuando te copiaste toda tu prueba escrita de la de tu compañero?

-     ¿Hasta de esas estupideces se ocupan? No me lo esperaba. ¿Es eso tan grave? ¿De que oportunidad me estás hablando, porque aprobé todo el secundario gracias a que me copiaba de mis compañeros o de los machetes que llevaba los días de prueba?

-     Cursabas el 4º. año y te copiaste de Julían, tu mejor amigo.

-     Si, recuerdo. Pero… ¿es tan importante?

-      Si sólo hablamos de que te copiaste, no. Pero… ¿qué pasó cuando el profesor descubrió que alguno de los dos se había copiado del otro?

-     Veo que vamos a empezar con pavadas.

-     Bueno… te levantaste y dijiste que era él el que se había copiado y no tú. Y él, que realmente era tu amigo, se calló para no acusarte y se llevó el aplazo que tu te habías ganado. ¿Te disculpaste? ¿Dijiste la verdad? ¡Nunca!

-     ¡No hay que exagerar! Me doy cuenta de  que tienen un buen registro. ¿Lo llevan en computadora?

-     Me parece que vamos por mal camino.

-     Perdón. A veces no sé frenarme.

-     ¡Está bien! En cuanto al registro, te diré que sí lo hay, pero, como comprenderás, no necesitamos computadoras. Si  no te parece mal, vamos a ver otro caso de esos tiempos y luego pasamos a los más recientes.

-     Bueno. Adelante. A ver si terminamos de una buena vez y me permitís pasar.

-     De acuerdo. ¿Miento si digo que un día se te ocurrió esconderle la mochila a uno de tus amigos y cuando todos acusaron, injustamente, al niño terrible de la clase, no fuiste capaz de decir que habías sido tu?

-     ¡Es verdad! Pero…  pasó tanto tiempo y el que hacía maldades era siempre él.

-     Tienes razón, pero compartías ese privilegio aunque lo disimulabas muy bien. En este caso no había tenido nada que ver y tu acción le costó que le aplicaran las amonestaciones que hicieron que perdiera el año. Ya allí, demostrabas que te estabas preparando para lo que luego hiciste.

-     Esto es más difícil de lo que parecía. ¿Alguna vez vas a aceptar mis razones? Me parece que no. ¿Vamos a seguir?

-     Por supuesto.

-     ¿Qué otra maldad hice?

-     ¿Qué te parece si hablamos del método que utilizaste para conseguir tu primer trabajo? Bueno…trabajo es una forma de decir. ¿Lo recuerdas?

-     ¡Ufa! Otro tema sin importancia.

-     Lograste, con amiguismos y promesas de favores, que dejaran de lado  a mucha gente que lo necesitaba y que iba a cumplir; incluso a padres de familia que tenían urgencia para poder alimentar a sus hijos. ¿Alguna vez te arrepentiste? Al contrario, siempre te has sentido orgulloso de lo que hiciste.

-     Bueno… quería trabajar.  ¿Estaba eso mal? ¿Tenía que ser vago?

-     ¿Trabajar? Si sólo concurrías el día en el que te pagaban el sueldo y, por eso, te ganaste el mote de “ñoqui”.

-     ¿Eso también estuvo mal?

-     ¿Crees que no? Pasemos a otra etapa. ¿Cómo lograste que te incluyeran en la lista para obtener ese honor que utilizaste en tu provecho en lugar de hacerlo en el de quienes te llevaron allí?

-     ¡Ahí te equivocas! Si bien hice muchas promesas que nunca cumplí, conseguí cosas para ayudar a los necesitados, que eran quienes me habían apoyado.

-     Sí, pero no desinteresadamente. Una parte importante de esa ayuda quedaba en tu bolsillo y sólo unas migajas las entregabas a quienes la necesitaban.

-     Era yo el que las conseguía y tenía derecho a hacer lo que hacía.

-     ¡No! Eso estaba destinado a los pobres, a los que necesitaban comida, ropa, herramientas, libros y no a quienes, como tú, ya estaban usufructuando posiciones en las que daban poco y recibían mucho.

-     ¿Por qué decís eso? ¡No era así!

-     ¡Ah! ¿no? ¿Cómo justificas que teniendo importantes ingresos legales, cobraras por gastos que nunca tuviste? ¿Cómo explicas que por esos fabulosos ingresos hayas trabajado, a lo sumo, dos días por semana?

-     ¡No exageremos! Los ingresos no eran tan grandes y, además, no era el único que ganaba esas sumas y que trabajaba sólo dos días por semana.

-     ¿Crees que el que lo hayan hecho otros, justifica tus malas acciones? Pero sigamos. ¿Podemos hablar de las veces que solicitaste dinero para aceptar o rechazar determinados proyectos?

-     Yo no lo robaba. Me lo daban quienes tenían más que yo.

-     Sí, pero eso significaba que no mirabas si el resultado iba a ser bueno o malo, sino si el importe que te daban era suficiente o no. ¿Podemos seguir?

-     Si no queda otro remedio.

-     ¿Habrá sido correcto que hayas pedido el reintegro de gastos de viajes haciéndolos pasar por viajes oficiales, cuando sólo se trataba de  viajes de placer acompañado por esa señorita a la que habías nombrado tu asesora porque, aunque no tenía conocimientos suficientes para desempeñarse en el puesto, tenía muy buenos atributos físicos?

-     ¡Qué exagerado! No tenés en cuenta que le dí trabajo a una mujer que no conseguía y que, después ella tenía necesidad de descansar.  ¿Qué tiene de malo darle trabajo a alguien o pagarle los gastos de una buenas vacaciones en el Caribe?

-    Lo malo no fue darle trabajo a alguien o pagarle sus vacaciones. Eso sería loable si no te hubieras aprovechado de sus necesidades para darte ciertos “gustos” tomando un solo cuarto de hotel para los dos y si los gastos los hubieras pagado de tu bolsillo y no del de los contribuyentes. Por el contrario, te hiciste reintegrar los gastos como ocasionados por un viaje de trabajo.

-     Pero… no entiendes razones. Todo está mal para vos. ¿Le preguntaron a ella que opina al respecto? ¿O eso no es importante?

-     Voy a seguir. Después lo discutimos, si te parece. ¿Estuvo bien utilizar los pasajes de avión que estaban destinados a facilitar tus traslados para una mejor comunicación con los que representabas, para irte de viaje de placer a Bariloche, Iguazú, Península de Valdéz, Glaciar Perito Moreno, Madrid, Grecia, etc., etc., etc.?

-      A todo el mundo le parecía normal que lo hiciera porque ellos también lo hacían. Me parece que estás tratando de hacerme enojar.

-     ¡Te equivocas! Sólo se trata de recordar situaciones que tu conoces, pero que, según  parece, prefieres olvidar. ¿Seguimos?

-     ¡No! Es suficiente. Ya me cansé. Pero… decime, Pedro. ¿Puedo hacerte sólo unas  preguntas más? Espero que no te enojes.

-     ¡Puedes! Te escucho.

-    ¿Acaso soy yo culpable de que el Señor haya puesto la política en mi camino? ¿Ha sido mi error que el Señor dejara que me convirtiera en  legislador?

-     ¿Qué estás insinuando? ¿Qué la culpa es del Señor? ¿No te has dado cuenta de que te estaba probando y equivocaste el camino?

-      No es para tanto ni es justo que, por tan pocas cosas y sin tener en cuenta cual fue mi tarea en la tierra, me impidas entrar en el cielo.Como veo que me conoces a la perfección y sabes hasta donde soy capaz de llegar  para conseguir lo que deseo, permitime preguntarte algo más.

-     ¡Adelante!

-     No  lo tomes a mal, pero… ¿habrá alguna forma de lograr que se olviden de todas estas cositas y me acepten en el cielo? ¿No existen también aquí esas posibilidades? ¿Me entiendes? ¿No?