Sin hogar

 

Sé que no debería empezar contándote mis penas,  pero no te imaginas lo difícil que fueron, para mí, los últimos días. Y si no se lo cuento a un amigo ¿a quién se lo voy a contar? Y … Poqui, yo te considero un gran amigo.

Bueno… al principio, me parecía que iba a ser una semana de las mejores. El verano se estaba portando bien. Brillaba el sol, no hacía demasiado calor y disfrutaba como loco de mis  paseos por el parque. Dos veces al día, como lo hago normalmente, jugaba y corría con mis amigos.

De pronto todo se me vino abajo.

¡No! No es que a mí me haya pasado nada. A mis amigos, tampoco.

¡No fue lo que me sucedió, sino lo que vi!

Como sabes, el encuentro con ellos es cerca de la casona. Cada uno viene de diferentes direcciones y nuestro ingreso lo hacemos por caminos distintos. Casi siempre, yo entro por el que pasa cerca del gran portón de hierro.

Un día, ni bien subí la pequeña escalera de ingreso, me encontré con algo inesperado.

¡No te imaginas con qué!

¡Había cuatro cachorros! No creo que tuvieran más de cuarenta o cincuenta días.  Estaban todos juntitos en un rincón y su mamá no estaba con ellos. Parecían no entender nada.

Quise acercarme para ver que pasaba, pero un reto y un tirón de la correa me indicaron que no me lo iban a permitir. No sé si no los vio o si pensó  que podrían asustarse si yo, tan grandote, me paraba al lado de ellos, tan pequeños.

Cuando llegué junto a Batuque y Dillinger, mis amigos, comenzaron a acercarse con el ánimo de incorporarme a sus juegos. A los pocos minutos, notaron que no estaba en uno de mis mejores días.

Dillinger, intrigado, me preguntó:

-  ¿Qué te pasa? ¿No te sientes bien o estás enojado con nosotros? Parece que no viniste con ganas de jugar.

-  ¡No! ¡Quédate tranquilo! No tiene nada que ver con Uds. Es por lo que vi – le contesté.

-  ¿Qué viste para amargarte tanto?

-  Cerca del lugar por el que entré hay cuatro cachorros.

-  ¡Cuatro cachorros! – terció Batuque.

-  ¿Qué tiene eso de malo? – dijo Dillinger – ¡Habrán venido a pasear como nosotros!

-  ¡No! – respondí –, están solos en un pozo en la tierra. No hay nadie con ellos. ¡Ni siquiera su mamá!

-  ¿Qué les pasó? – inquirió Dillinger.

-  No lo sé. Quería acercarme para preguntarles, pero me traían con la correa y no me dejaron.

- No te preocupes. Ahora que te soltaron, mientras ustedes los distraen corriendo para otro lado, me hago una corrida y averiguo – dijo Batuque.

- OK – respondió Dillinger – Es lo mejor, porque contigo no se van a asustar.

-  ¡Otra vez cargándome porque soy más chiquito que ustedes! – protestó Batuque.

Dillinger y yo corrimos un largo trecho hacia el lado contrario al que estaban los cachorros. Mientras todos trataban de ubicarnos, Batuque, que se había quedado en el lugar, aprovechó para ir hacia ellos.

Cuando nos volvimos a encontrar, nos contó que había podido averiguar que habían sido cinco, pero que había pasado una mujer y se había llevado a uno de ellos. Hasta el día anterior vivían con su mamá y su familia humana, pero, por la noche, el dueño de casa había dicho que eran demasiados y, pese al llanto y a las súplicas de sus hijos, los subió al auto, los llevó hasta allí y los abandonó a su suerte.

-  ¡Qué maldad! – dijo Dillinger - ¿Por qué no les buscaron otra familia o un lugar donde los albergaran?

Batuque le respondió:

-  ¡ Dillinger! ¡ Dillinger! ¿Alguna vez llegaremos a convencerte que no todos tienen una vida tan cómoda como la nuestra?

En ese momento, no era yo sólo el que no tenía ganas de jugar. Mis amigos también habían perdido su alegría.

Nos acostamos uno cerca del otro y tratamos de encontrar la forma de ayudar a esos pequeños. Finalmente, llegamos a la conclusión de que nosotros nada podíamos hacer, lo que no significó olvidarnos del tema.

Poco más tarde, Batuque decidió hacerse otra corrida hasta allá, decisión que apoyamos inmediatamente.

A su regreso, nos comentó que una jovencita les estaba dando comida y agua. Esto nos reconfortó  un poco.

¡Por lo menos no se morirían de hambre!

Llegó la hora de irnos y cada uno emprendió el regreso por  su camino habitual.

Cuando pude avistar a los cachorros, noté que una joven, posiblemente la misma que había visto Batuque, se iba llevándose a uno de ellos en sus brazos. No entendí cual era el motivo por el que no se llevaba a todos, pero pensé que por lo menos ese ya había encontrado una nueva familia.

Durante los dos días siguientes, llovió mucho y no me llevaron al parque.

¡No sabes como sufro pensando en esos pobrecitos! ¿Qué habrá sido de ellos?

Hoy ya no llueve y volveré. Espero encontrarme con que no están porque fueron adoptados.

Pero, como comprenderás, Poqui, hasta que no vea que no permanecen allí, no voy a quedarme tranquilo.

Poqui, ayúdame a desear de todo corazón que ya tengan otra familia. Eso me haría feliz.

 

 

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