Reunión de amigos

 

Juan y Ramón se encontraban sentados frente a la mesa del bar del club.

Roberto se acercó a ellos, diciendo:

-   ¡Hola muchachos!

-   ¡Hola! ¡Por fin! – dijeron los otros dos.

-  Hace media hora que te esperámos

-  Sorry. Me atrasé pero el “profe” no quiso dejar un tema a medio terminar y nos pidió que nos quedáramos unos minutos más. Es un tipo macanudo y sabemos que lo hizo de puro bueno que es, pero no nos hizo muy felices. ¡Un viernes, cuando ya no damos más! Nos dijimos: Violín en bolsa y a callarse, porque la semana que viene tenemos un parcial muy jodido.

Juan lo interrumpió.

-  No pasó nada, chavón. Te estamos cargando.

Roberto siguió:

-  ¿Qué pasa? Veo que Carlos no vino tampoco hoy. ¿Saben algo de él? Es el segundo viernes que nos falla.

Juan respondió:

-  Llamé a la casa varias veces y dejé mensajes, pero no tuve respuesta. Creo que los padres  siguen de vacaciones, pero no sé que le pudo pasar a él. Espero que no haya tenido problemas serios. Lo raro es que, la última vez que vino, no nos dijo que no vendría. ¿Saben el número del nuevo laburo?

Ramón intervino:

-  Ni idea. Trabaja por Once, pero ni siquiera sé en que empresa.

-  Yo tampoco – comentó Roberto.

Juan, Ramón, Roberto y Carlos, eran cuatro amigos de alrededor de 22 años. Se habían conocido en la escuela secundaria. Durante los años de estudiantes, se encontraban  casi todas las tardes. Siempre tenían un motivo: repasar lecciones, andar en bicicleta, jugar fútbol o tenis,  etc.

De  vez en cuando, se iban a bailar con un grupo de amigas.

Cuando terminaron sus estudios secundarios, vieron que ya no era posible seguir con esos encuentros diarios.

Cada uno de ellos había elegido seguir una carrera distinta y todos habían comenzado a trabajar. Además, Juan y Ramón debían encontrarse con sus respectivas novias.

Para no dejar de verse, se habían comprometido a reunirse todos los viernes por la noche en el club del barrio.

Se tomaron  tan en serio ese compromiso, que era muy raro que alguno de ellos faltara a esa cita. Por eso les preocupaba que Carlos hubiese faltado  sin haberles avisado.

De repente, Juan, con alegría, dijo:

-  Basta muchachos. No se hagan más problemas. Aquí llegó el “loco”. Ahora vamos a saber que diablos le pasó.

Carlos, arrimando una silla para sentarse junto a sus amigos, les exclamó:

-  ¡Hola muchachos! ¿Me extrañaron o se alegraron por mi ausencia?

Juan le contestó:

-  Bueno… hay preguntas que no nos tenés que hacer si no te gusta sufrir. Te imaginás de que estoy hablando. Pero, en serio, loco… ¿Qué te pasó? Nos asustamos porque no sabíamos nada de tu vida.

-  Como ven, estoy vivito y coleando. No tienen que enviar flores ni visitarme en el hospital. ¡Si les cuento lo que me pasó no me lo van a creer!

Ramón, lo interrumpió:

-  Mirá, loco. Tiene que ser algo muy, pero muy bueno para que te perdonemos que no nos hayas avisado y nos hayamos preocupado tanto por vos, sin motivo.

-  Bueno, muchachos… No pude avisarles. Supongo que no iban a querer que, por Uds., me perdiera los mejores días de mi vida.

-  Espero que no te salgas con alguna de las tuyas – dijo Juan.

-  No, en serio. Tienen que creerme. El sábado siguiente al día que nos vimos, fui a bailar. Allí conocí a una mina fabulosa. Realmente, tenía lo que tienen que tener y no le sobraba nada. ¿Clarito? Charlando, me dijo que se había ganado un viaje, con todo pago para dos personas, pero que no podía ir porque tenía que salir el lunes y su amiga le había fallado a último momento. Había pensado en ir sola, pero era algo lejos, en el exterior, y le daba miedo. Me pareció que esa era una invitación a que la acompañara. Como se imaginan, me tiré el lance. Se hizo la tonta y no me contestó.

 Juan interrumpió:

-  Bueno… loco, me parece que se te fue la mano. Decís que estaba tan bien y te querés garronear un viaje con ella el primer día.

-  Y… uno trata. Les sigo contando.

Quedamos en volver a encontrarnos el domingo y allí me dijo que lo había pensado y que estaba dispuesta a que viajáramos juntos.

Relamiéndome, mientras pensaba en lo bien que lo iba a pasar, junté algunas cosas y algunos billetes y el lunes partimos. Por suerte, mi pasaporte no estaba vencido.

Cuando llegamos a destino, nos encontramos con un lugar paradisíaco. Todo impresionantemente bueno: el hotel, las playas, la comida, la música, la gente…Esto último fue lo mejor.

No me van a creer, pero todos estaban siempre contentos, sonriéndonos, halagándonos con su atención.

Uno de los días que salimos a caminar, nos pusimos a charlar con un vendedor y nos contó maravillas de su país.

Nos aseguró que todo el país es un lugar seguro; que no hay delincuencia y que por eso tienen pocas cárceles, donde a los presos se los reeduca y no se los maltrata; que la justicia es una maravilla…

También nos dijo que desde hace casi dos siglos no se conoce un gobierno que no sea democrático; que los impuestos que pagan son bajos y el dinero se cuida como si fuese propio;  que los políticos no piensan en ellos mismos sino en los ciudadanos que los votaron; que no hay pobres; que los hospitales y la educación funcionan a la perfección…

Juan volvió a interrumpir:

-  Hum… ¡Pará!

-  Pero… ¡Es verdad! Les sigo contando.

No le creímos y preguntamos a otras personas. Nos confirmaron eso y, además, agregaron que sus legisladores caminaban por la calle y viajaban en transportes públicos, saludando a la gente, que les reconocía y retribuía con sonrisas; que sus dietas eran bajas; que no tenían ningún tipo de privilegios...

Roberto, riendo, dijo:

-  Pará…. loco. Ya sabía que te venías con alguna de las tuyas. La primera parte, lo de la mina, te lo podíamos llegar a creer. Siempre envidié tu arrastre, pero un país como ese que estas describiendo,  no existe. Eso sólo existía en los cuentos de hadas de nuestra época. Ahora, creo que ni allí lo vas a encontrar. Contános la verdad. No nos engrupas como a nenes. ¡Conocemos tus mañas!

- ¡La pucha! ¿Vieron que no sé mentir?

-  Si, justo vos – dijo Juan.

Carlos replicó:

-   Pero, si siempre me descubren.

-   Por exagerado – dijo Juan.

Carlos siguió:

-   Bueno… La verdad es que el lunes por la mañana, en el laburo, me dijeron que había un problema en Tucumán y que debía viajar por dos semanas. Salí antes del mediodía y acabo de llegar. Lo de la minita fabulosa es real, pero creo que, con mi desaparición sin aviso, la perdí.