Recuerdos

 

Para el abuelo Donato, ese día era uno de los especiales. Lo inició con una sonrisa en su rostro.

El día anterior, Rosa, su mujer, le había comentado que su nuera tenía que hacer algunos trámites y le había pedido que se ocuparan de retirar los niños del colegio y cuidarlos hasta su regreso.

Tener los nietos en su casa era uno de los mejores regalos que les podían hacer. Pinky y Dany eran muy cariñosos y respondían con besos a cada uno de los mimos de sus abuelos.

Cuando Donato llegó a la cocina, donde se encontraba Rosa, que se le había adelantado para preparar el mate y las tostadas, le dijo:

-     ¡Que fastidio! Parece que va a llover. Justo hoy que quería ir al parque con los chicos. ¡Me gusta tanto verlos jugar y correr!

-     El pronóstico no anunciaba lluvia, pero no siempre aciertan – le respondió ella.

-     Esperemos que no, pero mis huesos me están diciendo que va a llover y rara vez se equivocan.

-     Bueno, tampoco es para que lo tomemos así. Igualmente disfrutamos cuando estamos con los chicos y si no se van al parque será mejor para mí. No me dejarán sola en casa.

-     ¡Qué egoísmo!

-     ¡Fue una broma! No te enojes….. ¿Vamos a tomar mate?

-     Me va a venir muy bien. Estoy hambriento.

Cuando terminaron, Donato se fue al cuarto, donde pasaba su tiempo haciendo pequeños trabajos. Algo más tarde, oyó que su mujer le decía:

-     ¡Donato! Ya es la hora de ir a buscar a los chicos. Si no te apuras, llegarás tarde.

-     Si, ya voy. Tomaré un remise porque comenzó a llover.

Luego de almorzar, el abuelo le preguntó a sus nietos:

-     ¿Qué quieren hacer? La lluvia nos estropeó el paseo por el parque. ¿Quieren ver televisión?

-     ¡No! Hoy no tengo ganas de ver tele – replicó Pinky.

-     Yo tampoco – agregó Dany – prefiero jugar con alguno de tus juegos.

-     Muy buena idea. Vamos a buscar en el placard de los juguetes – dijo el abuelo.

Los tres se acercaron al placard. El abuelo lo abrió y los niños comenzaron a vaciar uno de los estantes.

Cuando estaba casi vacío, encontraron una lata de color rojo que nunca habían visto.

Pinky, con curiosidad, le preguntó al abuelo:

-     Abu. ¿Qué hay allí? ¿Es un juego? ¿Podemos sacarla?

El abuelo miró la caja que le señalaban los niños, la que hasta ese momento no había visto, quizás porque, inconscientemente, no quería hacerlo. Su expresión cambió. Sus ojos quedaron fijos en ella como queriendo ver a través de su tapa. Dos lágrimas corrieron por sus mejillas. Allí guardaba ese dominó que, de no haber estado encerrado en la caja, podría haber narrado cada uno de los momentos de su niñez. Su mente comenzó un rápido viaje hacía esa etapa de su vida.

La tomó, la abrió y observó las piezas blancas y negras como si en lugar de un juego se tratase de un cuaderno donde hubiese escrito su historia.

-     ¡Abu! ¿No oíste a Pinky? ¿Podemos verla? ¿Te pasa algo abu?

-     ¿Te sentís mal, abu? – preguntó Pinky.

-     No chicos. No pasa nada. Al ver esa caja, me acordé de mi niñez.

-     ¿Qué tiene adentro? ¿Son fotos? – agregó Pinky.

-     No, solamente hay un juego de dominó – contestó Donato.

-     ¡Qué lindo! Podemos jugar al dominó. ¿No te gustaría, Dany?

-     ¡Vamos! ¡Vamos! ¿Nos lo prestás abu?

-     ¡Claro que sí! No está completo, pero igualmente se puede jugar. Llévenla al comedor diario, así le hacemos compañía a la abuela.

Los niños comenzaron a sacar el dominó de la caja,  mientras Donato se acercaba a su mujer y la abrazaba.

-     ¿Qué pasa Donato? ¿Te sientes mal? Tienes los ojos enrojecidos.

-     No, nada importante, Rosa. Los chicos me pidieron la caja roja y el verla me trajo muchos recuerdos de mi niñez.

-     ¿La del dominó?

-     Si, esa.

-     Pero… ¿por qué te pusiste tan triste? Más de una vez la tuviste en tus manos y no noté que te afectara tanto. ¿Por qué ahora es distinto?

-     Bueno… ¿Recuerdas que te conté que ese dominó me lo regaló tía Elsa cuando cumplí ocho o nueve años? Mientras ella vivía no me pasaba, pero ahora que murió, el ver la caja me hizo recordar tantas cosas…

-     Es un juego muy fino. ¿No?

-     Si, y fue algo muy especial. De niño no lo noté. Me gustó y punto. Pero cuando llegué a la edad en la que podía razonar de otra manera, me di cuenta que  para hacerme un regalo de ese valor, tuvo que haber sacrificado algunas cosas. En esa época, ella no tenía un buen pasar económico.

-     Seguramente lo hizo de corazón. Siempre te demostró mucho cariño y tú también lo sentías por ella.

-     Si. Cuando nací, mis dos tías menores no tenían más de trece años. Para ellas yo era algo así como un muñeco con vida o el hermano menor. Supongo que eso es lo que nos unió tanto.

-     Abu. Te estamos esperando. Vení a jugar con nosotros – exclamó Dany.

Donato secó sus ojos con un pañuelo y trató de sonreír para evitar que los niños se dieran cuenta de lo que le pasaba.

Mientras se iba acercando a la mesa donde estos jugaban,  respondió:

-     Si, ya voy. No empiecen sin este gran jugador de dominó. Quiero ganarles.