Ramón y Ramoncito

 

¿Quiénes son Ramón y Ramoncito?

Si bien no los conocen por sus nombres, alguna vez los tienen que haber visto. Ellos pasan casi todo el día, juntos,  en la vereda de un comercio ubicado en la avenida.

Ramón es un hombre que dice tener alrededor de treinta años, aunque, por su aspecto, se le dan más de cuarenta. Es alto, de cabello claro y algo rizado.  Su vestimenta está, generalmente, limpia y prolija.

Es común verlo conversar con alguna de las personas que ingresan o salen del negocio, mientras Ramoncito duerme placidamente o juega a su lado.

Ramón ha tenido una vida muy dura, como lo ha contado infinidad de veces, aunque, actualmente, trata de no hablar sobre el tema.

No conoció a su padre. Cuando tenía alrededor de catorce años, su madre decidió convivir con su nueva pareja, Juan.

Desde el comienzo, la relación entre Ramón y el compañero  de su madre fue difícil. El hombre intentó conseguir que el jovencito actuara como él quería que lo hiciera. Lograrlo, a esa edad, no es fácil para un padre y mucho menos lo es para aquel que quiere tomar el papel de tal no siéndolo.

En más de una oportunidad, Juan, irritado por la desobediencia del adolescente, lo golpeó. Llegó el día que Ramón, viendo que su madre no intervenía para protegerlo, decidió tomar las pocas cosas que le pertenecían y dejar la casa.

Como no tenía familiares a los que pudiera pedirle ayuda, ni lugar donde cobijarse, decidió unirse a un grupo de jóvenes que estaban en una situación similar a la suya.

Durante el día, generalmente, se separaban. Algunos se dedicaban a limpiar vidrios de autos. Otros, pedían dinero sin ofrecer nada a cambio.

Al atardecer, se reunían para compartir la comida que habían podido conseguir o comprar, y para sentirse más protegidos durante la noche.

Un año más tarde, se unió al grupo un muchacho, algo mayor que Ramón, que era alcohólico y se drogaba.

Poco a poco, fue consiguiendo que una parte del grupo comenzará a hacerlo.

Ramón, que había aprendido que eso no era bueno, no estaba dispuesto a correr el riesgo de convertirse en un adicto más, por lo que decidió separarse.

Así comenzó a pasar las noches en el parque. Cuando el tiempo lo permitía, como era un romántico, lo hacía bajo la protección de los árboles del bosque. Desde allí, podía contemplar la luna y las estrellas a través de los huecos que se producían en el follaje.

Cuando llovía o hacía mucho frío, se cobijaba debajo del alero de la sala de primeros auxilios ubicada en los alrededores o en la entrada de alguna casa.

En muchas ocasiones, trató de conseguir trabajo, pero al no tener un domicilio, era irremediablemente rechazado. Para poder comer, durante el día, se llegaba a la avenida y pedía, no sin vergüenza, algunas monedas a la gente.

Pasaban los años y veía que la vida se iba escurriendo como lo hace el agua entre los dedos.

Un día, cuando estaba saliendo del parque, vio que un auto se detenía y que de él bajaba un hombre llevando una caja. Mirando hacia todos lados, la dejó junto al tronco de un árbol y se fue rápidamente.

Ramón no pudo con su curiosidad y se acercó para ver que contenía. Con sorpresa notó que, dentro de ella, había un hermoso cachorro.

Se estremeció. El perrito estaba tan solo como él. Lo tomó entre sus brazos y lo acarició.

Él, como agradeciendo esas caricias, le lamió la mano. Ramón ya no pudo dejarlo donde estaba y lo abrazó más fuerte, diciéndole:

-     No tengas miedo. Ya no vas a estar solo y yo tampoco. Nunca vamos a separarnos. Nos necesitamos.

El cachorro movió su colita y Ramón siguió diciendo:

-     ¡Te pusiste contento! Parece que te gustó la idea. Bueno, ahora vamos a ver como me arreglo para alimentarte. No sé que puedes comer. Nunca tuve un perro. Seguro que Javier va a saber decirme.

Apretando a su nuevo amigo entre sus brazos, Ramón se dirigió hasta una veterinaria cercana. Cuando, Javier, el dueño, lo vio, le dijo:

-     ¡Hola Ramón! Hacía mucho que no pasabas por aquí. Creí que te habías ido del barrio. ¿Y ese cachorro? ¿De quién es?

-     Acaban de dejarlo en el parque y voy a quedarme con él. Me hará compañía, que buena falta me hace.

-     Muy buena idea.

-     Si, pero tengo un problema. No se que puedo darle de comer. ¿Me puedes ayudar?

-     ¡Por supuesto! De eso entiendo bastante. Es muy pequeño, así que creo que lo mejor es darle este alimento.

-     De acuerdo. ¿Es muy caro?

-     Por esta vez no cuesta nada. La próxima, hablaremos.

-     Gracias, Javier. No sabes el bien que me haces. Estaba necesitando un compañero como este.

-     ¿Cómo lo vas a llamar?

-     ¡Ramoncito!

-     ¿Te parece que ese es un nombre para un cachorro?

-     Sé que es raro.

-     ¿Entonces?

-     Mira, siempre quise tener un hijo y llamarlo así. Sé que eso no va a ser posible. No tengo ninguna posibilidad económica de tener una familia, y, para serte sincero, no me siento capaz de tomar esa responsabilidad. Él ocupará el lugar del niño que no tendré y quiero llamarlo como llamaría a mi hijo. Dios me ha gratificado poniéndolo en mi camino.

-     Me alegro mucho de que así sea y, si ese es el nombre que te gusta, no debe importarte la opinión de lo demás. Pero no pierdas las esperanzas de que el Señor decida dar un cambio a tu vida y puedas tener lo que tanto deseas.

-     Javier, te agradezco el alimento y lo que charlamos. Pienso que ahora nos veremos más seguido. Tus consejos me ayudarán a criarlo.

Aferrando con una mano a Ramoncito y con la otra su alimento, Ramón partió hacia su lugar de destino. Una vez allí, mostraba orgulloso su nuevo compañero a cada uno de los que pasaban y lo saludaban.

Mientras tanto, un cliente que había escuchado la última parte de la conversación entre Ramón y Javier, le decía a este:

-     ¿Este tipo es loco o sólo tonto? ¿Cómo se le ocurre llamar Ramoncito a un cachorro?

-     ¡No! No es ni tonto, ni loco. Es un pobre tipo que ha tenido una vida más triste que la que uno jamás puede imaginarse. Creo que ni siquiera es posible encontrar algo así en una telenovela. Espero que ahora se le haga algo menos dura.

 

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