¿Qué pasó?

 

El bar “Josecito”  está ubicado frente a la estación de trenes de una localidad cercana a la ciudad de Buenos Aires. Desde hace décadas es el lugar de encuentro de grupos de amigos.

Muchos disfrutan tomando un café en alguna de sus mesas, mientras cuentan sus vidas y amores. Otros, lo hacen jugando  al billar en la mesa que se encuentra al fondo del mismo.

Ese sábado a la tarde, casi no quedaban lugares  vacíos.

Manuel, el mozo, corría de un lado para otro, atendiendo los pedidos de los clientes, mientras José, el dueño, que le había dado su nombre al comercio, los preparaba.

El murmullo y el volumen de la música que se estaba transmitiendo por los parlantes distribuidos en el local, hacía casi imposible hacerse oir sin elevar la voz.

En una de las mesas del centro del salón, se encontraban Ana María y Mauro. No parecía ser una conversación en la que se estaban jurando amor eterno. Ambos hablaban en voz bastante alta, mientras gesticulaban.

De repente, ella se paró y comenzó a acercarse a la puerta de salida, mientras gritaba:

-     Mira Mauro, ya no aguanto más. Esta no es una vida tranquila. Así no puedo seguir. La vez anterior te dije que sería la última. Dejame vivir en paz y hacé tu vida.

Mauro quiso contestarle, pero viendo que ya casi estaba fuera del local, sólo atinó a llamar a Manuel, diciendo:

-     Manuel, cobrate por favor, que me tengo que ir.

El mozo se acercó manifestando:

-     Sí, Mauro. Son cuatro con cincuenta. Perdoname que me meta, pero Ana María se fue muy enojada. ¿Qué pasó entre Uds.?

-     No es la primera vez que se enoja. Espero que se le pase. Es muy celosa y siempre piensa que hay otra. Esta vez me hizo enojar y le levanté la voz. Vinimos a tomar un café para ver si nos tranquilizábamos, pero no dio resultado.

-     Y… a vos te gustan todas. Por ahí tiene razón.

-     No, Manuel, esta vez no tiene razón Me vio charlando con una chica en el auto y pensó mal, pero no hay nada.

Mauro, pagó y se alejó presuroso, dejando el vuelto como propina.

Desde la mesa en la que estaban Nelly y Cecilia, llamaron a Manuel, quien se acercó.

Nelly le preguntó:

-     Manuel ¿Qué pasó? ¿Se pelearon? ¿Mauro se mandó alguna brava?

-     Vos lo conocés  - dijo Manuel – es un poco picaflor y tiene mal carácter. El dice que no pasó nada y que sólo son celos de Ana María. Yo no le creo. Seguro que ella lo encontró con otra y, encima, él, con su carácter podrido, la cascó.

-     ¿Te parece? – intervino Cecilia.

-     Seguro – contestó Manuel, retirándose.

Desde una mesa cercana, en la que se encontraba una pareja, llamaron a Nelly

-     Nelly. Nelly. Vení un poquito.

Nelly, pensando que ellos sabían algo al respecto, se acercó. La mujer, bajando la voz, le preguntó:

-     ¿Qué paso entre Ana María y Mauro? Ella se fue muy enojada. ¿Sabés algo?

-     Si, Manuel me contó algo, aunque no sabe todo. Ella encontró a Mauro con otra y, encima, cuando ella le pidió explicaciones, él le dio una paliza.

-     ¿Tan grave fue la cosa?

-     ¡Así parece! – dijo Nelly, acercándose a otra mesa desde la que también la habían llamado.

Mientras tanto, otra mujer se acercó a la mesa donde estaba la pareja, preguntando sobre lo sucedido.  La joven que estaba allí, le comentó:

-     Mauro sale con cualquiera. Vos lo conocés. Ella lo pescó con otras y él, en lugar de pedir perdón, quiso salir del paso como siempre lo hace: empezando a gritar. Así terminaron a los golpes.

-     No sabía que era así.

-     ¡Entonces no lo conocés!

-     Bueno, nunca se conoce bien a la gente. Te dejo, vuelvo a mi mesa.

Diciendo esto, volvió a su lugar y comenzó a contarle a su amigo lo que le habían dicho:

-     Yo no sabía, pero Mauro es un picaflor y un golpeador. Ana María lo encontró, varias veces, con otras mujeres en actitudes que no le gustaron nada y él, en lugar de tratar de calmarla con besos y caricias, quiso lograrlo con golpes. Ella se cansó y parece que lo plantó.

-     Lo lamento por la hijita. Mirá lo que tiene que vivir cuando sólo tiene dos añitos. Cuando se lo cuente a José, no me va a poder creer. Él los conoce a los dos desde que iban juntos al secundario.

Mientras decía esto, algo pareció cambiar en el ambiente. Los murmullos fueron desapareciendo y se oía sólo la música y, de vez en cuando, el golpe de la bola de billar con el palo o la mesa.

Curiosas,  Nelly y su amiga prestaron atención a lo que estaba pasando y lo que vieron las dejó mudas.

Acababan de entrar Ana María y Mauro. Ya no estaban enojados. Venían fuertemente abrazados y se miraban a los ojos sonriéndose como lo hacen los enamorados