Pan comido

 

Rosa y Juan eran dos veintiañeros que se conocieron cuando eran niños y que, al llegar a la adolescencia, comenzaron un noviazgo que, contrariamente a lo que todos suponían, no fue efímero.

A pesar de que diferían en algunas cosas importantes, se entendían y adoraban.

Ella, invariablemente, pensaba que es lo que iba a hacer antes de dar un paso. En él era habitual ser algo atolondrado. Todo le parecía fácil hasta que chocaba con la realidad.

Comenzaron juntos sus estudios universitarios, pero Rosa los terminó dos años antes que Juan.

¿El motivo? ¿Ella era más inteligente que él?

¡No! No se trataba de eso. Ella estudiaba con mucho empeño. Él creía que con muy poco esfuerzo podía cursar una materia.

Cuando Rosa le decía:

-  Ten cuidado, Juan. Mira que la materia es difícil y el profesor  muy exigente. ¡Te va a bochar!

Él solía contestar:

-  ¿Difícil esto? Pero si “es pan comido”.

Con eso quería expresar que la diera por aprobada porque lo haría  sin ninguna dificultad.

Cuando se presentaba a rendir el examen, el profesor le demostraba que sin estudiar no era posible aprobar y recién ahí se convencía de que debía poner  mayor empeño.

Rosa callaba. Nunca le recriminaba el no haberla escuchado. Suponía que hacerlo lo haría sufrir y hasta podría llegar a producirse una ruptura que no quería de ninguna manera.

Como a él la experiencia  no le servía para cambiar, con la siguiente materia le pasaba exactamente lo mismo.

Cuando comenzaron a pensar en casarse, se pusieron de acuerdo en que lo harían el día que pudieran “tirar la casa por la ventana”.

Ella quería lucir un vestido capaz de hacer sentir envidia a todas sus amigas. La fiesta debía ser de las mejores, con gran cantidad de invitados y en el principal salón del barrio, ese que todos decían  que era tan costoso.

Ni hablar del viaje de luna de miel. No se conformaban con uno que no fuera, por lo menos, al Caribe y no perdían la esperanza de poder agregar uno a España, la tierra natal de sus abuelos.

En varias oportunidades, Juan consideró que había llegado el momento de concretar eso  tan esperado y le había propuesto:

-    Rosa ¿qué te parece si fijamos fecha para fin de año?

Ella, invariablemente y con mucha paciencia, le contestaba:

-    Sabes que nada espero con más ansiedad, pero todavía no contamos con el dinero suficiente para hacer todo lo que queremos.

-     Lo sé, pero tenemos gran parte y el resto podemos cubrirlo con un préstamo bancario. Hoy en día los intereses no son tan altos y los plazos son largos.

-     Juan, sabes que pedir un crédito me asusta. Esperemos un poco más y evitemos tener que hacerlo.

Ella sabía que sus empleos eran muy buenos y que sus ingresos les permitirían hacer frente al pago de la cuota,  pero presentía que el de Juan no era seguro, ya que el defecto de considerar todo simple lo trasladaba también a su trabajo y eso ya le estaba ocasionando algunos problemas.

Buscando la forma de acortar los tiempos, él le propuso comenzar a comprar billetes de lotería para ver si tenían suerte y ganaban.

Y la tuvieron… Ganaron un premio importante.  Ella había aceptado para evitar una nueva negativa a una de las propuestas de Juan y, en esta ocasión, él había tenido una buena idea.

Ya que estaban en condiciones de darse todos los gustos soñados, resolvieron casarse lo antes posible.

En primer lugar, fueron a ver el salón. Les gustó y dejaron una seña.

Después arreglaron todo lo referente al casamiento:  iglesia, fiesta, autos, invitaciones, etc.

Llegó el día del casamiento. El auto de la novia llegó en el horario establecido. Ella,  vestida con su traje muy especial, partió hacia la iglesia.

Cuando arribó, se le acercaron y le avisaron que el  que trasladaba al novio había ido tarde a buscarlo y que éste estaba  atrasado.

Como no era correcto que ella esperara al novio, Rosa se vio obligada a aceptar que la llevaran a dar un paseo  hasta que arribara Juan.

Mientras aguardaba el momento de la entrada, recordaba que cuando hablaron de contratar los autos, ella había propuesto una empresa de la que le habían hablado muy bien. Él había insistido en cerrar trato con otra en la que trabajaba un amigo. Rosa le había dicho:

-     Mira que a María no le cumplieron los horarios y llegaron tarde a la iglesia.

A lo que él había respondido:

-     Quédate tranquila. No pasa nada. Todo saldrá perfecto.

-     Pero…

-     Deja todo en mis manos. Sabes que voy a arreglarlo muy bien.

En ese momento, sus pensamientos fueron interrumpidos por la nueva llegada al templo.

Terminada la ceremonia, fueron al lugar donde se tomarían las fotografías, para lo que habían contratado a un especialista.

Luego, partieron hacia el salón. Llegaron  y subieron la escalera. Al ingresar al primer piso,  Juan tropezó con un pequeño desnivel, cayendo de rodillas.

Rosa lo miró sorprendida y aterrada por el papelón, pero no hizo ningún comentario. Era una noche muy especial para ellos y ella lo adoraba.

No obstante, no dejó de recordar que, cuando visitaron el salón, el encargado les había hecho notar que, al terminar de subir la escalera de entrada, estaba ese pequeño escalón. Acostumbraba a hacerlo con todos, para evitar que tropezaran.

La respuesta de Juan había sido:

-     Hay que ser imbécil para no verlo.

El hombre le había respondido:

-     No vayas a creer. Con la emoción del momento, más de uno se lo llevó por delante. Quisimos quitarlo, pero no fue posible porque debajo hay una cañería.

-     Insisto. Hay que ser tonto para tropezar allí.

El hombre había hecho un gesto como diciendo:

-     ¡Está bien! Yo les avisé.

Y siguió hablando de las comodidades, precio, etc.

Al día siguiente del casamiento, debían estar en el aeropuerto a las 10 de la mañana. Rosa quería salir con mucha anticipación, pero Juan pensó que no era necesario.

A la altura del Mercado Central, se encontraron con un piquete que estaba cortando el tránsito y estuvieron a punto de perder el avión.

Una vez más, la testarudez de Juan casi les ocasionaba un problema y, esa vez,  muy serio.

Cuando llegaron al Caribe, descubrieron que Rosa, que era quien lo había hecho, había elegido muy bien. El hotel y su entorno eran paradisíacos. El mar de aguas tibias y claras, les hacía disfrutar de los baños como nunca lo habían hecho en su vida.

En lo que habían abonado, estaban incluidas excelentes cenas y paseos marítimos y terrestres.

No desaprovecharon nada.

Cuando faltaban pocos días para el regreso, una pareja que conocieron en el hotel les comentó algo de lo que ellos no habían sido advertidos: les correspondía una hora de alquiler, sin cargo, de unos pequeños veleros que se encontraban anclados en el embarcadero del hotel.

Juan les propuso:

-     ¿Qué les parece si mañana por la tarde vamos a buscar dos veleros y salimos juntos a navegar?

La contestación fue terminante:

-     Ni lo sueñes. No nos atrevemos. Es peligroso. Nunca hemos conducido uno.

-     Yo tampoco, pero tiene que ser fácil. Para mí va a ser pan comido.

Con sorna, el otro jóven le respondió:

-     Vamos a ver desde la orilla lo fácil que te va a resultar, pero no cuentes con nosotros para acompañarte.

Al día siguiente, Juan y Rosa se acercaron al embarcadero y solicitaron la hora de velero que les correspondía.

El empleado les tomó los datos y los acercó a uno de ellos, mientras les preguntaba:

-     ¿Alguna vez han navegado en uno así?

Juan contestó:

-     No, nunca.

-     Entonces les voy a dar algunas explicaciones.

-     Creo que no hace falta. Va a ser muy fácil. Para mí esto es pan comido.

-     Bueno. Si te parece, lo dejo en tus manos.

-     O.K.

Rosa  y Juan  subieron a la embarcación y comenzaron a alejarse del embarcadero, mientras la otra pareja se quedaba en la costa  mirándolos.

A los pocos minutos, el barco, empujado por el viento volvió a la orilla.

Cuando el otro matrimonio llegó al lado de la embarcación para preguntar que era lo que sucedía, Juan les dijo:

-     Tranquilos… tranquilos. No pasa nada. Esto es pan comido.

Rosa, interrumpiendo, dijo:

-     Me parece que no es tan fácil.

Juan insistió:

-     Rosa, ya te dije que no hay problema. Vamos

Subieron y comenzaron a alejarse. A los pocos minutos, el barco volvió a acercarse a la costa.

Esto se repitió dos o tres veces más, con el mismo resultado.

Cuando no había pasado todavía media hora desde el momento en el que se lo entregaron, Rosa y Juan volvieron caminando por la costa, arrastrándolo el velero con una soga.

Al llegar al lugar donde estaba la otra pareja, Rosa, mirando a Juan, que tenía su cara roja por la vergüenza que estaba sintiendo, les dijo:

-     Parece que el pan no era pan comido.