El niño y la guerra

 

Daniel, Dany para sus amiguitos, era un niño inquieto e inteligente. A principios de ese año, 1978, había cumplido 8 años.

Era el hijo menor de una familia de clase media que se componía de sus padres; Silvia,  una hermosa joven de 15 años;  Ezequiel, de 19 y él.

Los González se habían radicado, hacía ya más de 16 años, en un hermoso pueblito del Gran Buenos Aires.

Allí habían nacido dos de sus tres hijos: Silvia y Daniel.

El hijo mayor, Ezequiel, de 19 años, había nacido en la Capital Federal, antes de que sus padres se mudaran al lugar.

La  vida de la familia, se había desarrollado como la de muchas otras del lugar.

 Habían comprado un chalet con un gran parque. Con mucho esfuerzo, habían ido ampliando y mejorando la alicaída casita original y habían logrado transformarla de tal manera que merecía el elogio de sus antiguos vecinos.

Hasta principios de la década de los 90, los varones, después de los 18 años, estaban obligados a cumplir con el servicio militar obligatorio. A principios de año, Ezequiel, el mayor, había sido incorporado, para cumplir con su obligación, al Regimiento de Granaderos a Caballo.

Dany había oído hablar mucho de los granaderos y los había visto por televisión. En una oportunidad en la que sus padres los habían llevado a la fiesta de apertura de la Exposición Rural, los había podido admirar personalmente.

Desde muy chico, le habían deslumbrado su vestimenta y su historia.

Por ello, hablaba con orgullo de su hermano granadero y le mostraba, a sus amigos, una y otra vez, la foto que Ezequiel le había regalado y donde éste vestía su uniforme de gala.

El niño soñaba con  que, cuando debiera cumplir con su servicio militar, le tocara hacerlo en ese mismo regimiento. Pero, para eso -se decía- falta mucho.

En esa época, el país era dirigido por un gobierno militar. Si bien los padres habían decidido no hablar del tema con sus hijos, para evitarles mayores sufrimientos, él lo sabía porque los había oído conversar sobre eso y, además, se lo habían mencionado en el colegio. Por otro lado, era normal escucharlo en los medios de comunicación.

No obstante, él no entendía mucho la diferencia entre ese presidente y  otro elegido por los ciudadanos.

En definitiva: ¡Había un presidente!

Pocos días antes de terminar el mes de diciembre, el niño empezó a oír comentarios sobre la negativa de los militares a aceptar el fallo por las islas del Atlántico Sur, que le había sido desfavorable a nuestro país y sobre la posibilidad de una guerra entre Argentina y Chile.

Su edad no le permitía ver, con claridad, que era lo que estaba pasando, pero se empezó a preocupar al notar que su madre lloraba, mientras su padre trataba de consolarla.

Un día, al ver que, nuevamente, lloraba, le preguntó:

-  ¿Qué te pasa ma? ¿Por qué lloras?

Su madre, para no ponerlo triste, le respondió con algo que sólo en parte era verdad:

-  Nada especial, Dany.  Extraño a tu hermano. Ya hace varios días que no lo vemos. Sabes que mamá no puede estar lejos de ninguno de Uds. sin ponerse triste.

-  ¿No es por la guerra, ma?

-  Bueno… un poquito sí, pero le rezo a Dios pidiendo que no pase nada. Lloro porque lo extraño a Ezequiel.

Dany aceptó la explicación de su madre, sin agregar más preguntas.

Un día, cercano al de Navidad, su madre se sentó sentado a su lado y, con lágrimas en los ojos, le dijo:

-  Dany, hasta ahora no te quisimos comentar nada, para no afligirte. Sé que sos muy inteligente y, seguramente, te diste cuenta que algo importante estaba pasando. Me viste llorar ¿No?

Daniel contestó

-  Sí, ma

-  ¿Sabes por qué?

-  Supongo que por esto de la guerra. Los chicos lo hablan en la escuela y en la tele, a cada rato cortan para hablar de eso. No se bien qué pasa. Hablan de una guerra con Chile y no entiendo San Martín hizo que muchos argentinos murieran para liberarla y ahora vamos a ir a una guerra contra ellos.

-  Dany, ésta no va a ser la única cosa que te va a resultar difícil entender en la vida. Papá y yo tampoco podemos entenderlo. Creo que la mayoría de los argentinos no entienden como se puede llegar a esto.

-  ¡Menos mal, ma! Ya creía que era yo sólo el que no entendía.

-  No, Dany, somos muchos. Seguramente, los militares que mandan en los dos países no tienen en cuenta lo que nosotros queremos, sino lo que ellos quieren. Bueno… pero lo que quería decirte no era esto, sino algo más importante.

-  ¿Peor todavía?

-  Bueno… debemos pedirle a Dios para que no lo sea, pero Ezequiel llamó hace un rato para avisarnos que no va a poder venir a casa por unos días.

-  ¿Por qué, ma? ¿Podemos ir nosotros a verlo?

-  No, Dany. Avisó que todos los francos fueron suspendidos y que están preparando los camiones para trasladar una parte del regimiento a Mendoza, cerca de la frontera con Chile, en el caso de que esto se hiciera necesario.

-  ¿Qué pasa, ma? ¿Va a tener que ir a la guerra?

-  Roguemos a Dios para que no sea así. Él escucha a los niños. Rezale mucho.

Dany, tratando de no comenzar a llorar, para no afligir a su madre más de lo que estaba, dijo:

-  Sí, ma. Te prometo que le voy a rezar mucho. Espero que me escuche.

Recién en ese momento, Dany comenzó a darse cuenta de lo que estaba sucediendo.

¡Dándose cuenta sí, pero no entendiendo!

No podía convencerse de que el capricho de algunos llevara a una guerra a dos países con un pasado tan atado el uno al otro como, según le habían explicado en la escuela, eran Argentina y Chile.

No entendía que podía estar pasando por la cabeza de los militares que dirigían ambos países.

Dándole un fuerte beso y un abrazo a su madre, el niño le dijo:

-  ¡No llores, ma! Todo va estar bien.

Luego, salió de la casa. Se sentó en un lugar solitario del parque que la rodeaba y se puso a llorar.

Pensaba en su hermano, a quien quería tanto; en los otros soldaditos que eran compañeros de su hermano y en los soldados del otro lado de la frontera; en las madres; etc.

Mientras tanto, se preguntaba:

-  ¿Cómo puede ser que los hombres hagan cosas como ésta? ¿Es posible que quienes mandan en ambos países no se den cuenta de que esa guerra no la quiere nadie?

Seguía y seguía pensando, tratando de razonar y entender los motivos que pudieran justificar semejante actitud, mientras su corazón comenzaba a latir con mucha fuerza y sus ojos seguían llenándose de lágrimas.

Quería ver a su hermano antes de que se marchara.

De pronto, algo le distrajo. Le pareció ver una figura muy cerca de él. No pudo llegar a saber de que se trataba.

Siguió mirando a su alrededor, pero no pudo encontrar nada. Pensó en que podía haber sido el viento que había movido las plantas o que había pasado el perro, cerca suyo, sin que él lo viera.

Poco después, le pareció que alguien acariciaba su cabeza, pero no había nadie a su lado. Escuchó como un susurro diciéndole:

-  No llores. Veremos si se puede evitar esta guerra.

Luego, nuevamente el silencio. Le dio miedo. Entró a la casa pero no contó nada a su madre.

Poco después del mediodía, estaba mirando televisión. De pronto, cortaron el programa, según dijeron, para dar noticias de último momento.

Nunca prestaba mucha atención a esas noticias. Generalmente no tenía nada que ver con cosas que le interesaran, pero cuando escuchó algo sobre la guerra, puso atención y alcanzó a escuchar:

-  Su Santidad, el Papa Juan Pablo II, se ha ofrecido a mediar para evitar la guerra entre Argentina y Chile, y nombró al cardenal Samoré  para que oficie de mediador y trate de que se llegue a un arreglo.

Su madre, que también  escuchaba las noticias, dijo:

-  ¡Gracias a Dios, ahora hay esperanzas de parar esta tonta guerra!

A Dany, todo esto no le quedaba muy claro, por lo que le preguntó:

-  ¿Qué pasa, ma? ¿Ya no hay guerra?

Su madre con una mezcla de alegría y de dolor por lo que había sufrido, le dijo:

-  Dany, no te puedo decir que todo terminó, pero ahora es muy probable que así sea.

Daniel volvió a salir y fue hasta el mismo lugar donde había estado antes. Allí, sin saber a quien se dirigía, dijo:

-  Gracias. Ahora sé que podré tener, muy pronto, nuevamente, a mi hermano en casa.

Llegó Nochebuena y tuvieron una grata sorpresa: Ezequiel  podría pasar esa noche y el día de Navidad junto a ellos. Ya no se estaba pensando en una inminente guerra, por lo que les habían dado permiso para pasar esas fiestas con sus familias.

Después de lo sucedido, Dany trataba de estar al tanto de los acontecimientos. Así supo, varios días después, que se firmaba un acuerdo entre los gobiernos de ambos países, por el que se comprometían a mantener la paz y llegar a un arreglo sin violencia.

Cuando escuchó esto, Dany se acercó nuevamente a ese lugar solitario del jardín y volvió a susurrar, sin saber a quien se dirigía:

-  Gracias por todo.