Niño cartonero

 

El  día era terriblemente frío. El sol había decidido castigar a los habitantes de la ciudad mostrándose, sólo de a ratos, entre las grandes nubes que lo cubrían. El viento golpeaba sin piedad la cara de los pocos que se habían atrevido a transitar por la calle a esa hora de la tarde.

A lo lejos, se oía el golpetear de las herraduras de un caballo sobre el pavimento. Poco a poco, el rítmico sonido se iba oyendo con más fuerza.

Un carro, tirado por un caballo, dobló la esquina y se fue acercando a Oscar, que, en dirección contraria, venía caminando por la misma calle.

Él miró hacía el carro sin prestarle atención. Era uno de los tantos carros de cartonero que habían aparecido por la ciudad a causa de la gran crisis en la estaba sumergido el país.

De repente, algo le llamó la atención. Sobre el mismo, debajo de un pequeño techo construido con cartones, se encontraba un niño que tendría alrededor de tres o cuatro años.

En el rostro del pequeño, cubierto por algunos rulos que le caían sobre la frente, se notaba un gesto de sufrimiento.

Oscar pensó:

-  ¡No puedo creerlo! ¿Qué clase de padre puede ser ese que, en un día tan duro, lleva a su hijito a recoger cartones?

Él tenía un especial sentimiento por los cartoneros. Sabía que estaban trabajando en lo único que podían, ya que, día a día, se iban perdiendo puestos de trabajo. El problema no le era ajeno, ya que lo había vivido personalmente, aunque en distintas circunstancias.

No obstante, ya estaba sintiendo ganas de encarar al hombre de mala manera. No podía concebir que una persona grande obligara a un niño tan pequeño a sufrir un frío tan terrible como el de ese día.

En su niñez, aunque no a tan corta edad, él mismo había trabajado junto a su padre y sabía  lo que eran días de lluvia, frío y viento. Lo había hecho sin dolor y, casi sin necesidad, sólo por ayudarle. Aún hoy, se sentía orgulloso de haber trabajado desde niño y, al mismo tiempo, haber estudiado hasta terminar sus estudios universitarios.

Estaba seguro de que ese entrenamiento le había servido para enfrentar muchas de las situaciones que después había vivido. Pero, cada vez que miraba al niño, su dolor y su ira iban en aumento.

Cuando ya estaba por reaccionar, miró la cara del hombre. Vio que él también estaba tiritando, que no tenía suficiente abrigo para enfrentar esas temperaturas, que sus ojos estaban casi cerrados por el viento y el frío.

Su enojo, poco a poco, fue desapareciendo para convertirse en pena.

Ya había dejado de pensar en increparlo y pensaba como podía ayudarlo.

Nunca le había resultado fácil entablar una conversación con alguien que no conocía. No sabía como hacerlo, pero volvió a ver al chiquito y tomó coraje.

Se acercó al carro y dudando de cómo empezar la conversación, como en un susurro, le dijo:

-  ¿Te ofenderías si te doy algunas golosinas para el chiquito y unos alimentos? ¿Es tu hijo? Hace frío para que él esté en la calle.

El hombre, como avergonzado,  le contestó:

-  Sí, don, Ezequiel es mi hijo. Sé que hace mucho frío, pero tengo que llevarlo conmigo para que la policía no me quite el carro y me deje trabajar. ¿Sabe, don? Me duele mucho, pero si no lo hago no podemos comer.

Y siguió diciendo:

-  ¿Sabe, don? Soy albañil y, además, construía techos de tejas desde que era un pibe, pero ahora no consigo ni siquiera trabajos chicos o changas. La gente no está haciendo nada en sus casas.

Oscar hacía un gran esfuerzo para parar las lágrimas que estaban tratando de reemplazar su tonto enojo anterior. Al mismo tiempo, pensaba en las tantas veces que había oído quejarse de que los cartoneros entraban con caballos en la ciudad o que revolvían la basura. Seguramente, los que se quejaban no entendían sus necesidades.

Y, para salir del apuro, sólo atinó a decir:

-  Tienes un pequeño muy guapo, que ya ha salido a ayudarte. Esto, seguramente, le va a servir en el futuro.  Cuando llegue a la edad de hacerlo, trata de que estudie. Espero que Dios nos dé tiempos mejores y se pueda vivir de otra manera.

Y siguió diciendo:

-  Bueno, no quiero hacerte perder más tiempo. Si me esperas unos minutos, voy hasta mi casa y te alcanzo algunos alimentos.

El cartonero, como con vergüenza, le contestó:

-  Si, espero, don. Se lo voy agradecer.

Oscar fue hasta su casa y volvió con lo prometido, sin darse cuenta que lo más urgente no era darle alimentos, sino abrigos.

Cuando le entregó golosinas al pequeño, este le pagó con la mejor moneda que jamás había recibido: una sonrisa.

Cada día, Oscar esperaba volver a ver al niñito, pero nunca más encontró su carita. Frente a su casa, siguieron pasando muchos carros con “cartoneritos”, pero nunca pudo reconocer en alguno de ellos a Ezequiel.

Oscar nunca ha olvidado a ese niño con el rostro cubierto de rulos y tiritando por el frío.