Linda, la paloma

 

El abuelo Donato era un viejito bueno y simpático. Su espalda curva mostraba el peso del paso de los años. Sus ojos estaban tan opacos y hundidos que casi no se le veían.

Sus vecinos, que le conocían desde siempre  ya que había nacido en el barrio, lo apreciaban porque lo sabían un ser cálido y querible, a pesar de que, de vez en cuando, se ponía algo gruñón.

Cuando vivía Rosa, su mujer, cada vez que salían juntos a caminar, se paraban a conversar con cada uno de los conocidos con los que se cruzaban. Pero, desde que ella le había dejado, todo había cambiado.  Se le veía deambular taciturno y con su mente vaya a saber uno donde.

Sólo los  domingos, cuando iba a almorzar a la casa de su hijo, se sentía acompañado.

Los demás días, por la mañana, no salía. Se entretenía ordenando y mirando, una y otra vez, las miles de fotografías que había ido tomando durante su vida.

Después del almuerzo, le encantaba llegarse hasta el parque que se encontraba a menos de una cuadra de su casita.

Había comenzado a hacerlo sin entusiasmo y sólo porque se lo había aconsejado su médico. Pero, poco a poco, se había ido acostumbrando y, siempre que el tiempo se lo permitía, pasaba allí dos o tres horas. Al llegar, iniciaba su caminata, luego se sentaba en un banco y se quedaba mirando las flores, las aves y la gente que pasaba a su lado.

Si algún niño conocido se le acercaba, le contaba alguno de los tantos cuentos que todavía recordaba. Cuando volvía a estar solo, seguía contemplando la naturaleza o  recordando cosas de su vida.

Un día, se dio cuenta de que siempre tenía a su alrededor algunas de las palomas que vivían en el parque. Esto le hizo sentirse menos solo.

 Al día siguiente, llevó miga de pan para alimentarlas. Cuando vio que éstas lo rodeaban esperando que les fuera arrojando lo que tenía en su mano, se sintió todavía mas acompañado.

Le gustó esa sensación y lo tomó como algo habitual. Cada día, después de su caminata, se sentaba en el mismo banco y esperaba que las palomas se le fueran acercando para arrojarles el alimento.

Cuando habían transcurrido algunas semanas, notó que una de ellas, de un plumaje blanco casi impecable, iba dejando el grupo y se acercaba cada vez más a él, hasta que, un día, la paloma se posó a su lado, sobre el banco, como pidiéndole que le diera de comer.

Quiso ver si la paloma le había tomado tanta confianza como para comer de su mano y dejarse acariciar.  Tomó un puñado de alimento y lo puso sobre su palma extendida. Ante su asombro, la paloma se posó muy cerca de él y comenzó a comer.

Día a día, Donato volvía a abrir su mano y la paloma se acomodaba a su lado para tomar de allí su alimento.

La amistad, entre el abuelo y la paloma, iba en aumento a medida que transcurrían los días. Ni bien ella lo divisaba, empezaba a revolotear a su alrededor, acompañándole en sus caminatas.

Al llegar el invierno, el anciano enfermó y dejó de ir al parque. Una tarde,  mirando por la ventana, le pareció ver, posada sobre un cable telefónico cercano, a Linda - así era como él llamaba a su paloma.

Se acercó más, para ver si realmente se trataba de ella o era una ilusión y, aunque él no lo podía creer, allí estaba su querida palomita.

Su mente, por más esfuerzos que hacía, no podía resolver el enigma que se le presentaba:

¿Cómo había hecho Linda para descubrir donde estaba él?

¿Lo habría visto alguna vez, sentado en el patio, mientras ella volaba sobre su casa?

¿Le habría seguido, sin que él la viera?

¿Sería un regalo del Señor para que no se sintiera tan solo?

¿La habría enviado su Rosa, para que le hiciera compañía?

Imposible saberlo, pero ella estaba allí. Había venido a visitarlo,

Donato fue a buscar el alimento con el que quería agradecerle su visita. Abrió la ventana, sacó su mano y Linda se posó, como lo hacía siempre,  a su lado, para comer.

Sin fallar un día, esta escena se fue repitiendo hasta que el anciano mejoró y volvió al parque, donde nuevamente se encontraban día a día.

Si alguna vez él le fallaba, ella iba en su búsqueda.  

 

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