La noche del milagro

 

Esa tarde, me encontraba, como desde hacía varios días, en cama. Una inoportuna hepatitis había logrado tumbarme en el momento más duro de mi vida.

Trataba de descansar, pero no me era posible. De a ratos, mientras pensaba, me quedaba como mirando hacia la calle por el gran ventanal que se encontraba a un costado de mi cama. Desde allí  se podía ver la gente que pasaba y el sol de invierno que iluminaba el jardín.

Por momentos, me recostaba para poder dejar correr mis lágrimas sin que quienes me rodeaban vieran lo que estaba pasando.

El sonido del motor de un auto me apartó de mis pensamientos. Lo vi estacionarse frente a mi casa y, de inmediato, lo reconocí. Era el auto del Dr. Cuale, el médico de cabecera de mi querida Normita.

Cuando lo vi bajar, mi corazón comenzó a latir a gran velocidad y mi garganta se estrechó. Mi mente comenzó a trabajar pensando qué noticias podría traerme sobre la salud de ella, a quien no veía desde el día en que fue internada de urgencia, porque su estado era muy grave.

Cuando le abrieron la puerta y llegó a mi habitación, yo casi no podía respirar. Se sentó a mi lado y, buscando las palabras, comenzó a hablarme.

Sus noticias no podían ser peores. Tanto él como los colegas, no creían que pasara de esa noche.

Me era muy difícil convencerme de que no se trataba de una pesadilla o de un error de los médicos. Cuando el doctor logró que aceptara como una realidad lo que me decía, le hice preguntas y más preguntas.

Luego, comencé a tratar de razonar sobre lo que podía hacer. Hasta el momento no me habían permitido ir a verla, no sólo por mi salud, sino para evitar que llevara mi hepatitis a la clínica.

Le dije al doctor que mis familiares habían escuchado que ella había pedido volver a nuestro hogar. Y agregué que, si no había solución para su problema, estaba dispuesto a hacerla trasladar a fin de que pudiéramos pasar juntos esas últimas horas de su vida.

Trató de convencerme de que no lo hiciera, explicándome que su muerte sería por asfixia. El problema estaba en sus pulmones, y para todos nosotros iba a ser un momento muy duro.

Insistí en que estaba dispuesto a sufrir todo lo que fuera necesario, pero que no quería que ella dejara esta vida sin que yo estuviera a su lado. Si ella deseaba estar en nuestro hogar, debíamos aceptarlo y hacernos fuertes para poder pasar ese terrible momento.

Viendo que no iba a poder hacerme cambiar de idea, el doctor me aseguró que firmaría la orden para que le permitieran la salida. No obstante, me advirtió, sólo podría hacerse el traslado en una ambulancia que contara con equipo de oxigeno.

Minutos más tarde, el doctor se retiró.

Nunca voy a olvidar los momentos que viví. Me quedaba una tarea durísima: Debía hablar con mis tres hijos adolescentes y hacerles saber que quedaríamos solos en la vida, sin la compañía de su mamá.

Decidí hacerlo lo antes posible, para evitar que lo supieran a través de los familiares que nos acompañaban. Los llamé a mi lado y comencé a contarles lo que iba a suceder. También les comenté que debíamos aceptar el deseo de su madre y traerla de vuelta a casa.

Ella debía pasar con nosotros sus últimas horas, a pesar de los dolores que deberíamos sufrir.

Traté de consolarles, pero no tenían consuelo. Lo que perdíamos era una madre y una compañera ejemplar.

Salieron de mi habitación y se encerraron en las suyas.

Como no podía hacerlo por mí mismo, recurrí a mi cuñado para conseguir la ambulancia que necesitábamos. De inmediato, se puso en marcha para buscar quien nos podía prestar el servicio.

Mientras tanto, una vez más, le hablaba y rezaba a Dios, pidiéndole que todo esto no fuera más que un sueño; que nos ayudara a recuperarla; que no nos abandonara; que recordara lo mucho que le había pedido por ella; que tuviera en cuenta que un día habíamos prometido estar unidos para toda la vida y que los  dieciséis años que habíamos pasado juntos no podía considerarlo toda una vida; que a los treinta y tres años no se la podía llevar.

También le pedía a la mamá de Normita, quien había dejado este mundo cuando ella tenía quince años. Aunque no la había conocido, recurría a ella en los momentos difíciles. Ella podía ayudarme pidiendo a Dios que no hiciera pasar a mis hijos por el mismo dolor que había pasado la suya.

No sabía como iba a seguir viviendo sin ella a mi lado. No sabía como iba a poder, sólo, seguir criando a esos chicos grandes que estaban en la peor edad para sufrir tan gran dolor.

Poco después, me di cuenta de que habían empezado a pasar por mi cabeza, distintos momentos de nuestra vida: el día en que nos conocimos, cuando ella todavía no tenía sus dieciséis años y yo con mis dieciocho recién cumplidos; nuestra lucha para que su padre entendiera que ambos éramos suficientemente maduros para poder casarnos, un año y medio más tarde; el día en que nos prometimos amor eterno; ese momento en que me hizo saber que íbamos a ser padres; cuando el obstetra nos informó que serían mellizos; el día en que nacieron nuestros primeros hijos; el momento en que logramos comprar nuestra casa; cuando debió permanecer casi 30 días en reposo para poder salvar el embarazo del que nació nuestra niña; sus años de enfermedad, que empezaron cuando apenas tenía 24 años; sus múltiples infecciones, internaciones y operaciones; el momento en que había dejado de estar enferma y supusimos que sería definitivo; cuando apareció esa mancha sospechosa en su pecho y que, poco después, supimos que se trataba de un cáncer; nuevas operaciones e infecciones.

Allí me detuve y, con dolor, pensé que esa maldita enfermedad que me había aquejado de pronto, había sido la culpable de sus complicaciones e internación.

Siempre había superado sus problemas, pero esa vez no se trataba de ella, sino de su compañero y no podía aceptar mi enfermedad. Eso había bajado sus defensas y todo se había complicado.

Seguí pensando y terminé recordando los sacrificios que habíamos hecho para tener y mejorar nuestra casita; todos los gustos de los que nos habíamos privado para que fuera posible;  las vacaciones que no nos habíamos tomado para poder hacer una mejora y mil cosas más.

Ahora, iba a tener la casa, pero la iba a sentir vacía.

Mientras pensaba en todo esto, volvieron y me informaron que no era posible conseguir la ambulancia.

Los médicos resolvieron autorizarme a ir a verla en la clínica.

Partimos hacia Merlo, donde estaba ubicada.

Llegamos. La vi allí, inerte sobre la cama. Ya no podía reconocer a nadie. Había entrado en coma y su tiempo estaba casi terminado. Mis ojos se llenaron de lágrimas, mi corazón, de desesperación.

No claudiqué, pedí que me llevaran hasta una iglesia cercana, donde poder rezar y tratar de conseguir un sacerdote que le diera la unción de los enfermos.

Volví a pedirle a Dios y, luego, regresé. Llegó el sacerdote. Me quedé a su lado mientras él rezaba y le daba el sacramento. Poco después, oía a mi querida Normita que comenzaba a rezar un pequeño trozo del padrenuestro, repitiendo algunas de las palabras del sacerdote. Luego, callaba como si ya se hubiese ido para siempre.

El sacerdote, se retiró. Poco después, me pidieron que dejara la clínica y regresara a casa. Mis quejas no fueron escuchadas y tuve que cumplir, contra mi voluntad, con lo que se me imponía.

Volví y comencé, nuevamente, a pedirle al Señor que me otorgara la gracia de tenerla a mi lado.

A la mañana siguiente, un familiar, vino con una noticia que no podía creer: Muy temprano, ella había despertado, como volviendo de un sueño y le había preguntado a la enfermera:

-  ¿Quién eres? ¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí?

Ella le había contestado:

-  ¿Cómo que no sabes quién soy? Te he atendido durante los cinco días que has estado internada. Incluso te he peinado y ahora me dices que no me conoces.

Normita había vuelto de ese viaje tan duro. Ya estaba nuevamente a nuestro lado. Dios había escuchado nuestros ruegos.

Después de unos días, me permitieron permanecer junto a ella en la clínica.

Ya no era posible separarnos ni de día ni de noche.

Al mes siguiente, luego de una nueva operación, ambos volvimos a nuestro hogar.

Hoy, cuando ya pasaron casi treinta años, seguimos juntos, viendo crecer a nuestros hijos y nietos y agradeciendo, a cada momento, al Señor por habernos otorgado la gracia de

 

"la noche del milagro"