¿Indeciso yo?

 

Mario, un veintiañero, y Julia, su esposa, están muy enamorados.

Se conocieron en un baile y se flecharon ni bien intercambiaron las primeras miradas. A poco de tratarse, se dieron cuenta de que habían nacido el uno para el otro.

Los amigos de Mario, que lo habían apodado “el indeciso” por su forma de ser, decían que esa había sido una de la pocas veces que lo habían visto actuar con tanta seguridad.

Como ambos eran muy románticos, no dejaban pasar ninguna ocasión sin hacerse un obsequio, aunque no fuera nada más que una pequeña nota en la que expresaban sus promesas de amor eterno.

Desde el regreso del viaje de luna de miel, Mario había decidido que sería él quién serviría el desayuno para ambos.

Su mujer no estaba muy convencida de aceptarlo, pero él le había hecho entender que, por su horario de trabajo, debía levantarse muy temprano y que, por el contrario, el de ella la obligada a acostarse muy tarde.

Mario consideraba cada amanecer como una ocasión especial para ofrecerle ese mimo a su querida Julia.

Un día, mientras preparaba el desayuno, miró hacia el jardín y se dio cuenta de que uno de los rosales  tenía un pimpollo.

En ese momento pensó: “¡Que bueno será despertarla con este obsequio!”

Suspendió su tarea y se fue acercando con la intención de cortarlo.

Al verlo de cerca, pensó: “¿No estará muy cerrado? ¡Parece que sí! Creo que será mejor que espere hasta mañana. Me da pena cortarlo si no luce bien. Hoy le regalaré el bombón que le tenía preparado.”  y volvió a su tarea.

Al día siguiente, ni bien se levantó, se llegó hasta el rosal para mirar el pimpollo.  Cuando lo observó, se dijo nuevamente: “¿Lo corto o no? No, no creo que esté a punto. Está algo más abierto que ayer, pero no lo suficiente. Esperaré hasta mañana. Hoy le pondré “Te amo” en la servilletita”.

Algo parecido sucedió al tercer día.

Por la noche, mientras dormían, se desató una fuerte tormenta de viento y lluvia.

Al levantarse, Mario fue a ver su pimpollo y una mueca de bronca que se dibujó en su cara fue la clara demostración de su disgusto. Su flor había sido destruida por la tormenta y ya no podría regalárselo a Julia.

A partir de ese momento, cada mañana volvía a observar el rosal para ver si había nacido un nuevo pimpollo.

Después de algunos días, notó que no uno, sino dos, habían empezado a formarse.

Nuevamente comenzó su vigilia para cortarlos en el momento oportuno. Un día tras otro, se preguntaba lo mismo: “¿Podré cortarlos hoy?”

Se llegaba hasta el rosal y después de mirarlo, se contestaba:  “¡No! ¡Qué pena! Creo que todavía no están suficientemente abiertos” y los dejaba hasta el día siguiente.

Al tercer día, después del horario de trabajo, tuvo que realizar algunas diligencias y regresó cuando ya Julia había preparado la cena y dispuesto la mesa con el mismo amor que lo hacía cada día.

Luego de besarse y abrazarse, ambos se  acercaron al comedor, mientras se contaban lo que les había sucedido durante ese día.

Mientras tanto, él trataba de adivinar con que regalito se encontraría ese día.

Al llegar a la mesa, Mario calló repentinamente y su rostro cambió. Era imposible determinar si lo que dejaba traslucir era desilusión, dolor, alegría o más amor que de costumbre.

Ese día, ella no le había obsequiado un dulce o una notita, sino que había adornado el plato de  Mario con los dos pimpollos que él había querido regalarle a Julia y que ella, sin saberlo,  había terminado regalándole a él.

Tratando de no demostrar lo que le pasaba, para no lastimarla, tomó los pimpollos, se le acercó y se los entregó, mientras la besaba y abrazaba con más fuerza que nunca.