Homenaje a un amigo

 

Iggy estaba de regreso. Sus vacaciones, junto a su familia, se habían terminado. Mientras ingresaba al hogar, iba pensando:

-        ¡No lo puedo creer! ¡Nuevamente en mi casita! Creía que nunca la volvería a ver.

Ni bien entró en la cocina, oyó una exclamación que conocía desde el primer día de su llegada a esa vivienda.

-        ¡Puf! ¡puf! ¡puf! ¡puf!

-        ¡Recién llego, Juli y ya empezamos con tus amenazas!

Juli, la gatita, no se amilanó y siguió con sus advertencias.

-        ¡Puf! ¡puf! ¡puf! ¡puf!

-        Creía que nuestra separación te iba a hacer razonar. Hay gatos y perros que se llevan bien. ¿Por qué no podemos hacerlo nosotros? Aunque no lo creas, te extrañé.

-        Aunque tú no lo creas, yo estuve tranquila durante todos estos días. Sólo extrañaba un poco el no tener con quien pelear. Eso me aburría, pero no tanto  como para desear que volvieras.

-        ¿Te das cuenta que distintos somos? Yo te extrañé y, si no me pelearas tanto, seguramente, habrías ido de paseo con nosotros. Si te comportas así, es imposible que viajemos juntos en el auto.

-        ¿ Y qué? No me perdí nada. No me gusta dejar la casa. ¿Te divertiste?

-        ¡No! No lo pasé muy bien. Extrañé mis paseos matutinos con mis amigos; mis tardes en el parque con mis amigas; la casa... Allá no tenía lugar para andar suelto. Estaba casi todo el día encerrado o atado a la baranda de la escalera, desde donde podía mirar lo que pasaba, pero sin bajar. Lo más importante fue que solamente Maia estaba allí. Mis otras amigas se quedaron aquí. ¡No sabes como las extrañé!

-        ¡Te hubieses vuelto!

-        Estaba muy lejos. Era imposible volver sólo y, además, estaba con la familia. ¡No los iba a dejar! Y ¿sabes una cosa?

-        ¿Qué?

-        Debo haber presentido que algo malo estaba sucediendo. Mientras me encontraba de vacaciones murió uno de mis mejores amigos: Dillinger.

-        No lo conocí,  pero ¿cómo te enteraste?

-        Les avisaron por teléfono y escuché cuando lo comentaban. ¡No lo podía creer!  Pensé que no era posible, pero cuando vi que todos estaban tristes, comprendí que era verdad.

-        ¿Estaba enfermo?

-        Sí. La última vez que lo vi, después de mucho tiempo, lo desconocí. Desde lejos me pareció un cachorrito. Cuando nos acercamos y lo pude olfatear, me di cuenta que era él. Estaba muy delgado y con una de sus patas delanteras vendada. Nos miramos y ....

-        ¿Qué?

-        No fui capaz de hacer nada. Ni siquiera intenté jugar. Él tampoco lo hizo. Seguramente se sentía tan mal que no tenía ganas de correr. Cuando nos alejamos, me fui pensando en el día que nos conocimos, cuando ambos éramos muy pequeños. Yo lo miraba pasar delante de la reja de la casa. Nunca imaginé que después nos encontraríamos en el parque. Luego, durante muchísimos meses, jugábamos juntos con Batuque, nuestro otro amigo. Al principio, me parecía estar al lado de un gigante. Él era más grande y más gordito que yo. Poco a poco le fui ganando en altura, pero siempre tuvo mucho músculo. Por eso no pude reconocerlo cuando lo vi enfermo.

-        ¡Pobrecito!

-        ¡No lo podía creer! Él, que era tan ágil, no podía estar así, pero lo estaba.  En ese momento recordé como le quitaba la pelota a los chicos que jugaban al fútbol. La divisaba desde lejos, iba corriendo, la empujaba con sus patas o su hocico y se la llevaba. Les era imposible sacársela hasta que, cansado de correr, se detenía. Generalmente, cuando se la quitaban, ya estaba rota. Al hacerlo, disgustaba a quienes nos cuidaban, pero supongo que, ahora que ya está no está con nosotros, eso no tiene ninguna importancia.

-        ¡Parece que eran muy amigos!

-        ¡Sí que lo éramos! Nunca voy a dejar de recordarlo y extrañarlo. Me gustaba jugar con él y el resto de mis compañeros.

-        ¿Con tus amigas no?

-        Bueno, de eso no hace falta que te hable. Sabes que me llevo muy bien con todas mis amigas. Muchas veces las has visto en casa y has presenciado nuestros juegos.

-        ¡Es verdad! ¿Sabes una cosa?

-        ¿Qué?

-        Me cansé de escucharte y quiero volver a lo de antes, así que:  ¡Puf! ¡puf! ¡puf! ¡puf! ¡puf! ¡puf!

-        ¿Quieres volver a lo de antes? Bien, entonces:  guau, guau, guau.

-         ¡Puf! ¡puf! ¡puf! ¡Puf! ¡puf! ¡puf!

-        Guau, guau, guau. Metete en tu rincón y no molestes. Guau, guau, guau.

Mientras se alejaba, Juli iba pensando:

-        Me siento mal por haberlo peleado hoy que está tan triste, pero creo que era la única forma de hacer que se distrajera y no siguiera llorando por el amigo que perdió.

 

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