Encuentro

 

Detrás de las rejas que separan la acera y el jardín de una linda casita del barrio, se encuentra un perro, raza “puro perro”.

Adormecido, tirado sobre el césped, disfruta del sol que alegra, con su luz y su calor, el pequeño jardín.

Parece profundamente dormido, sin embargo, cuando oye algún ruido, abre lentamente sus ojos, levanta la cabeza y, si ve algo que merece su atención, termina de despertarse y se acerca a las rejas.

Por la calle, se ve pasar, husmeando todo lo que encuentra a su paso, otro perro.

Si se los mira con atención, se puede notar que son casi iguales. Sus portes, sus pelajes y las manchas del mismo, son casi idénticos. La única diferencia está en el estado de cada uno de ellos.

El que se encuentra dentro de la casa, tiene su pelo limpio y brillante,  y está adornado con un elegante pretal. El otro, lo tiene sucio y opaco. En algunas zonas, inclusive, le falta.

El que va por la calle, se acerca a la reja y comienza a ladrar.

-        Gua gua gua

El de la casa despierta y, por el  interior, encara al intruso.

-        Gua gua gua

Ambos, acercan sus hocicos a través de las rejas  y se olfatean, como queriendo reconocerse. El que se encuentra del lado de afuera, le dice al otro:

-        Me parece que te conozco. ¿No eres Colita?

El otro, contesta:

-        Bueno… Si, así me llamaban los chicos del barrio cuando vivía con mi mamá y mis hermanos en ese terreno baldío donde nací, pero ahora me llamo Boby. Así me puso mi familia. Ellos no sabían que me llamaba Colita.

-        ¡Qué elegante estás! ¡Se nota que no te faltan comida ni mimos! Parece que te fue bien.

Boby, terminando de despertarse, pregunta:

-        ¿Quién eres? ¡Oh! ¡Ahora sí! ¡Eres mi hermano, aunque no estoy seguro si eres Tom o Chiquito.

-        Soy Tom. A Chiquito se lo llevó uno de los chicos a vivir con él. Sólo lo veo cuando lo sacan a pasear y pasan delante del baldío. ¡Me quedé muy sólo!

-        ¿Y mamá?

-        Cuando te llevaron, se fue desesperada a buscarte y nunca volvió. No sabemos que pasó con ella.

-        ¡Pobrecita!

-        Nos pusimos muy tristes cuando esa señora dijo que eras lindo y que no podías seguir viviendo en la calle y te alejó de nosotros. Creíamos que volverías, pero pasó el tiempo y nos dimos cuenta de que no sería así.

-        Yo también. Cuando ella me tomó en sus brazos y me llevó, sentí mucho miedo. No sabía que quería. Comencé a temblar.

-        No era para menos. No la conocíamos. No era una de nuestras amigas del barrio.

-        No, no vivía aquí. Estaba de visita en esta casa y quiso adoptarme. Bueno… se dio cuenta de lo asustado que estaba y comenzó a hacerme caricias para demostrarme que no quería lastimarme.

-        ¿Y? ¿Qué pasó después?

-        Me costó más de un día tranquilizarme y varios aprender a vivir sin mamá y ustedes dos. Ya no tenía con quien jugar. Poco a poco me fui acostumbrando, aunque los sigo extrañando. Mi familia me llena de mimos y me da una comida exquisita. Me quieren  y yo también a ellos. Eso me ayudó mucho.

-        ¡Espera! ¡No seas tan duro! ¿Sabes que sigo viviendo en la calle? No hubo nadie que me adoptara.  Tengo varios amiguitos. Ellos me armaron una cama con un cajón y unas mantas y que me dan de comer.

-        ¿Vives en  la calle?

-        Si, así es. Mimos no me faltan, pero el invierno es duro y me cuesta mucho pasar la noche a la intemperie.

-        Nunca me imaginé que estuvieras pasando por esto. Siempre pensé que alguien iba a llevarse a mamá y a Uds. dos a vivir en su casa.

-        Lamentablemente no fue así. Quedé sólo. Dime... siempre paso por aquí y no te veo. Tampoco te veo salir a pasear.

-        Ésta no es mi casa. Como te expliqué, cuando me llevaron habían venido de visita. Cada vez que vuelven me traen  para no dejarme sólo, pero vivo algo lejos de aquí.

-        ¡Qué dichoso debes ser!

-        Si, aunque me falta la libertad que tenía cuando estaba con Uds., ya que ahora sólo  salgo cuando deciden sacarme a pasear.

-        Eso no es tan malo.

-        No, viendo lo que tengo, creo que ese es solamente un pequeño sacrificio que vale la pena hacer.

-        ¡No lo dudes! Te dejo. Esta es la hora en la que el carnicero de la esquina, antes de cerrar el negocio, me acerca algo de carne. Tengo que estar allí para que no se olvide de mí. Nos vemos.

-        Espero volver por aquí y poder verte.

 

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