En el parque Avellaneda

 

Se encontraba echada, inmóvil, junto a un gran árbol. Se la veía como que ya no tenía vida.

Le habían dejado un recipiente repleto de  comida, pero se notaba que ni siquiera la había probado.

Me acerqué. Reaccionó y se incorporó insegura sobre sus patas. Me miró con temor al ver que llevaba algo en mis manos. Probablemente confundió el bastón con un garrote.

No ladró. ¡Ya no tendría fuerzas para hacerlo!

Al notar su miedo, traté de esconder el palo y  me alejé un poco. Desde mi nueva ubicación, la observaba. Ella, desconfiada, también lo hacía.

Me inspiró pena. No era de gran tamaño y su delgadez la hacía mucho más pequeña de lo que habría sido.

Se podían contar cada uno de sus huesos.

Su pelaje estaba opaco y su cola yacía inerte entre sus patas traseras.

De pronto, vi que la levantaba y comenzaba a moverla en círculos. Miré hacia un costado. Un niño caminaba por unos de los senderos que venían en nuestra dirección.

Seguí observándola. Bajó y escondió nuevamente la cola, y se a acostó en la misma posición en la que la descubrí al llegar.

 Dirigí mi mirada hacia donde había visto al niño. Éste se alejaba por una bifurcación del camino.

 

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