El viejo y la joven

 

El abuelo Donato se levantó muy temprano, como lo hacía cada día.

Miró hacia el pequeño jardín y vio que el sol ya iluminaba el cantero donde tenía sus rosales. Era, realmente, un día primaveral.

Se alegró. Eso le iba a permitir gozar de su diaria caminata por el parque cercano a su casa.

Los días lluviosos se le hacían insoportables. Era cuando más notaba su soledad.

Tomó algunos mates, puso un poco de orden en su habitación y partió.

Caminó un rato por los caminos que serpenteaban entre las zonas de flores y césped. Luego, eligió un banco ubicado en un lugar soleado del parque y se sentó a descansar.

Desde allí miraba a su alrededor, casi sin ver, porque sus recuerdos ocupaban su mente.

Sin  darse cuenta, sus ojos se fijaron en una joven que estaba sentada en un banco ubicado frente al suyo. Le pareció que la joven tenía sus ojos llorosos.

En principio, no le dio mucho importancia. No la conocía.

Al rato, volvió a dirigir sus ojos hacia allí. Aunque la joven trataba de tapar su cara con sus manos, le pareció ver que el sollozo se había convertido en llanto.

Ya no podía dejar de mirarla. ¿Cuál sería su pena?

Siguió mirando y vio que, junto a la joven, había bolsos y bolsas que parecían contener ropa.

Se preguntó:

-   ¿Qué le pasará? ¿Estará viviendo en el parque? ¿No tendrá un lugar en el cual  vivir?

Enseguida, se arrepintió de estar tratando de descifrar el enigma y se dijo:

-  ¿Quién soy yo para meterme en la vida de los demás? ¿Por qué tengo que meterme en líos?

Luego, pensó:

-  Bueno… pero no puedo ser tan indolente ni egoísta. Si llora es porque algo le pasa.

Pero… no se animaba a preguntarle. 

Que sí… que no… Al fin se decidió. Se acercó y le dijo:

-  Discúlpame. No quiero ser metido, pero te veo llorar y quisiera saber si te puedo ayudar.

Ella le contestó:

-  Gracias… abuelo. ¿Puedo llamarle así? No creo que me pueda ayudar, pero puede ser  que hablar con Ud. me haga bien. En la ciudad no tengo a nadie que pueda escucharme.

Hace poco que vine del interior, con mi novio, y en mi pueblo quedaron mi familia y mis amigos.

-  Pero… ¿Cómo que no tienes a nadie? Tienes a tu novio. ¿O le pasó algo a él?

-  Hasta hoy contaba con él, pero esta mañana me enojé tanto que sólo pensé en dejarlo y volverme al pueblo.

Ya no aguanto estar tan lejos y nuestra relación ya no es la misma.

-  ¿Te puedo preguntar que te hizo enojar tanto?

-  Sí, seguro. Eso me ayudará a sacarme la bronca.

-  ¿Te agredió?

-  ¡No, abuelo! Juan es incapaz de hacer algo así.

Lo que pasa es que cuando nos vinimos, al principio, todo andaba bien.

Después de un tiempo, no se si porque la vida en la ciudad es tan distinta o porque ambos extrañamos nuestra gente, un día él, otro día yo, no estamos de buen humor y cualquier cosita hace que terminemos peleando.

Se detuvo, secó unas lágrimas que caían de sus ojos y siguió diciendo:

-  Hoy me levanté algo mal. Le dije que no iba a ir más a trabajar a esa casa, porque la patrona siempre está de mal humor, y que iba a buscar otra cosa.

A él no le gustó. Dijo que, en estos momentos, era difícil conseguir otro trabajo y que necesitábamos ese dinero para poder pagar el alquiler.

- Bueno… Eso es verdad.

-  Sí, lo se, pero esperaba que me entendiera. Se fue casi sin saludarme. Ni se dio cuenta de que yo estaba esperando que me abrazara, besara y me hiciera olvidar de ese mal día que tenía.

Decidí tomar toda mi ropa y volverme a mi pueblo. Después me di cuenta de que no tenía ni una moneda para el viaje, pero no me quise quedar allí.

-  Pero… niña. En las parejas, después de la luna de miel, siempre hay algún pequeño problema.

Son dos personas distintas. Se quieren, pero cada una tiene sus costumbres, su forma de ser….

Es necesario que ambos cedan algo de lo suyo para lograr la felicidad.

Además, a veces, la gente actúa mal no  porque es mala, sino  porque en su desesperación se cierra y no piensa. 

- ¡No puede ser tan tonto como para no darse cuenta que sólo necesitaba una caricia para dejar de lado mi mal humor!

-  Bueno… Él también estaría de mal humor y no se habrá dado cuenta.

No busques un ser humano perfecto. No lo vas a encontrar. Vos, yo, esa señora que pasa por allí, no somos perfectos.

El ser humano perfecto no existe. Todos tenemos defectos.

Debemos aceptar y convivir con los de los otros. Los demás no tienen otro remedio que tolerar los nuestros.

En las parejas, la única forma de que sean felices es que ambos traten de aceptar la forma de ser del otro y mejorar, en lo posible, la suya.

-  Abuelo, puede que tenga razón. Ud. Vivió mucho mas que yo y debe haber aprendido cosas que a mi la vida todavía no me enseñó. Pero, no me resulta fácil aceptar la forma en que actuó Juan.

-  Bueno… niña. No sé tu nombre.

-  Me llamo María.

-  María… ¿Por qué no piensas si no es posible volver con Juan?

-  ¡No! ¡No lo creo! Creo que dejó de quererme.

-  Mira, voy a caminar un poco. Piensa en todo lo que te dije y trata de cambiar de parecer. Por lo que me contaste, él no sabe que te fuiste, así que estás a tiempo para volver.

El abuelo Donato siguió su caminata. Después de un rato, volvió hasta donde había conversado con María. Ella ya no estaba allí.

Pensó que no había logrado convencer a la joven con sus palabras y que ésta, para no decepcionarlo, se había ido del lugar.

Volvió a su casa con cierta pena, pero sabiendo que había hecho todo lo posible para hacerle entender lo que él pensaba que era lo mejor para ella.

Pasó algo más de un año. Un domingo por la tarde, Donato estaba caminando por el parque y vio una pareja que paseaba con un cochecito donde dormía un bebé.

Él no miraba a los mayores, pero era distinto cuando se trataba de un niño.

Le miró. Vio que la mamá le sonreía. Creyó reconocer su cara, pero no pudo saber quien era.

Siguió caminando mientras trataba de recordar.

Al rato, como todavía estaba intrigado, volvió a pasar por el lugar. Ella se levantó, se acercó a él y le dijo:

-  ¡Abuelo! ¿No se acuerda de mí? Soy María.

-  ¿María?  Tu cara me resulta conocida, pero no te recuerdo.

-  ¡Claro! Pasó mucho tiempo. Hace más de un año, cuando me vio llorando, se acercó para hablarme. Sus palabras me hicieron mucho bien.

Dejé de lado mi enojo y volví con Juan.

-  Sí. Ahora recuerdo.

-  Juan… Juan – llamó ella

Cuando Juan se acercó, ella dijo:

-  Juan, este es el abuelo del que te hablé.

Y siguió:

-  Y este pequeño pimpollo es el resultado de esa reconciliación, por lo que es, también, un poquito suyo.

-  Eso es bueno. Me da mucho gusto saber que son felices. El niño es muy bonito.

-  Gracias, abuelo. Otro día volveremos a vernos. Llega la primavera y traeremos a nuestro niño al parque.

María y Juan saludaron a Donato. Él le dio un beso al niño y siguió su camino.

Mientras se alejaba, iba apareciendo, en su rostro, una sonrisa de satisfacción.