El monstruo

 

-   Bueno… No dejen de bailar este tango. Será el último de la noche. Si se lo pierden, se van a arrepentir.Yo ya me despido de Uds. hasta el próximo domingo, cuando volveremos a encontrarnos para pasar otra fantástica velada.

Cinco minutos después de que el animador dijera estas palabras, los concurrentes, la mayoría de ellos pertenecientes al centro de jubilados del barrio, comenzó a dejar el salón del club donde se reunían, cada domingo, para bailar.

Entre los que participaban, casi sin faltar un solo fin de semana, se encontraba Victoria, una mujer viuda, de alrededor de 60 años, de buen aspecto físico, elegante y de ojos vivaces.

Habitualmente,  iba con María y Rosa, dos amigas y vecinas. Volviendo las tres juntas, se sentían más seguras.

Ese día, ni María, ni Rosa podían ir. Tomar la decisión de concurrir al baile sin ellas, no había sido fácil. Sabía que su magra jubilación no le permitía darse el lujo de hacerse cargo del total del gasto del remise, que siempre compartía con ellas. Para regresar, tendría que recurrir al clásico y vulgar “colectivo”.

El viaje en sí no era un problema, ya que estaba acostumbrada a hacerlo, pero de día.

Su duda era porque tendría que caminar dos cuadras entre la parada y su casa. Ella sabía que no era muy guapa y que eso le iba a resultar difícil.

Bueno - había pensado – puede que encuentre alguien que me acompañe.

Cuando se oyó el último compás del tango, comenzaron los saludos. Un grupo de amigos, entre los que se encontraba Victoria, partió hacia las paradas de los colectivos.

Mientras caminaban hacia allí, Victoria trató de averiguar si algunos de los que viajaban en la misma dirección, pensaba tomar un remise. De esa manera, ella podría hacerlo, compartiendo el gasto. La respuesta la llenó de zozobra: ninguno tenía un peso para gastar en esos “vicios”.

Optó por tomar fuerza, subir al primer colectivo que la llevaría a su casa y enfrentar la caminata en la oscuridad. Sabía que no era muy valiente, pero… ¿que podía hacer?

Había decidido no faltar al baile, lo había pasado bien y, ahora, debía afrontar las consecuencias.

Cuando bajó del vehículo, su corazón parecía que iba a estallar. La luna, prácticamente no se veía. La noche era oscura y los árboles tapaban casi toda la luz del alumbrado público.

Comenzó a caminar tratando de ver entre las sombras, que cambiaban constantemente de forma, ya que una brisa movía los follajes de los árboles.

Mientras lo hacía, su temor era cada vez mayor.

Esto me pasa por mirar tanto los noticieros – se decía – No hablan más que de la inseguridad, los robos y los asesinatos.

Después, para darse valor, se repetía una y otra vez:

-   No me va a pasar nada. No tengo nada para que me roben y ya no soy tan joven ni tan bonita.

Cuando terminó de transitar la primera cuadra, alcanzó a ver, a los lejos y en dirección a su casa, parcialmente iluminado por los rayos de luz que salían de una farola, un bulto que sobresalía del pavimento.

Lo primero que notó fue que era oscuro y que se movía para uno y otro lado. Por momentos, se levantaba algo que parecía una cabeza pequeña con un largo cuello.

Mientras caminaba hacía allí  pensaba que, posiblemente, fuera el cuerpo de un animal muerto y que lo que veía era una de sus patas.

Luego se dijo:

-   No, no puede ser. Un animal muerto no se movería. Puede que sea un perro herido, pero… no, tampoco. Si estuviera vivo no estaría de espaldas y con una pata hacia arriba. ¿Será una tortuga? ¡No! Tendría que ser muy grande y el cuello de las tortugas no es tan largo.¿Qué puede ser? No se me ocurre nada. ¡Oh! ¡No! ¿Por qué Pepito me hace ver tantas películas de ciencia ficción?¡No, Victoria sacate esa idea de la cabeza! ¡Cómo va a ser un monstruo! Sabes que no existen. ¿Y si existieran? ¿Acaso no hubo gente que dijo que un plato volador los trasladó de un lugar a otro? ¿Será verdad?

Victoria seguía acercándose al lugar donde estaba ese misterioso objeto, mientras sus piernas parecían aflojarse. Pensaba, una y otra vez, de que manera podía llegar a su casa sin pasar cerca de él, pero no encontraba la forma de hacerlo.

Mientras tanto, un torbellino de ideas, seguía pasando por su cabeza:

-   ¡Ay! Tiene que ser algo así. No le encuentro otra explicación. ¡Quién me habrá mandado ir al baile sola! ¡Si hubiese vuelto en remise, esto no me habría pasado!¡Sí! Tiene que ser un bicho raro. ¡Qué miedo! ¡Cada vez estoy más cerca!¡Menos mal que el foco da directamente sobre él!Si no fuera por eso, no lo hubiese visto y justo habría cruzado por allí. ¡Seguro que me atacaba! Bueno, puede ser que no. Podría no ser un bicho tan malo, ni tan mostruoso. Pero ¿cómo puedo saberlo?  

Victoria estaba ya a pocos pasos del monstruo y empezó a verlo con algún detalle. De pronto se echó a reír. Un poco de alegría por lo que veía, otro poco de reacción por los momentos que había pasado.

-   ¡Mejor que no se lo cuente a nadie! ¡Cómo me cargarían!  ¿Así que mi monstruo era una gran bolsa de polietileno y la cabeza con cuello largo sólo una tira? Pensar que ya tenía ganas de empezar a correr para el lado contrario. El viento y el miedo me jugaron una mala pasada. De ahora en más basta de películas de ciencia ficción y de noticieros. Y cuando mis amigas no puedan ir al baile, o me las arreglo para pagar el remise o me pierdo la fiesta, pero nunca más pasar por esto.