Dulce de leche

 

Doña María se enteró que los dueños de un almacén, ubicado en Mataderos, querían venderlo. Decidió ir a darle un vistazo y ver cuales eran las condiciones. 

Le gustó la idea de comenzar una nueva tarea. Además, pensó que un ingreso extra no le vendría nada mal.

Cuando llegó al barrio, vio que en los alrededores no había comercios de ese tipo y que, en la misma cuadra, se encontraba una escuela primaria, lo que le aseguraba el paso de una buena cantidad de gente.

Al entrar, notó que las estanterías se encontraban casi vacías, como indicando que a los dueños anteriores no les iba muy bien con su comercio. Eso le asustó un poco, pero las condiciones de venta eran las adecuadas a lo que se estaba ofreciendo.

Lo conversaron con su esposo y decidieron comprarlo.

Ni bien se hizo cargo del local, comenzó a comprar mercadería. Sabía que si lo mejoraba podría atraer más clientes.

A los pocos meses, el aspecto del local había cambiado por completo. Ya no quedaban estanterías vacías.

Como siguió comprando, comenzó a colocar algunos productos sobre una de las heladeras tipo mostrador que había en el local.

Entre ellos, se encontraban algunos envases de dulce de leche.

Era una forma de tentar a los clientes para incrementar su venta.

Al tiempo de haberlos colocado, le pareció que faltaba un tarro en la pila del dulce.

Como era la única que atendía el local, trató de recordar si en alguna de las ventas lo había tomado de allí y no de la estantería, donde los tenía más cerca.

No recordó haberlo hecho, pero no podía jurarlo.

Temiendo que se lo hubiesen robado y para evitar que sucediera nuevamente, decidió prestar más atención en los momentos en los que había muchos clientes en el negocio.

Durante la siguiente semana, no pasó nada especial.

Al comenzar la posterior, volvió a ver que le faltaba un envase de dulce de leche y esta vez estaba segura de que no lo había vendido.

Su enojo fue muy grande. No le gustaba que la tomaran por tonta. Su espíritu gallego salió a relucir con todos sus bríos y comenzó a poner más atención.

Los siguientes quince días pasaron sin novedades. Luego, volvió a repetirse el problema y, por más que había puesto mucha atención, no había visto como había sucedido.

Ya estaba tan enojada que podría llegar a pegarle a quien fuera, si lograba atraparlo.

Estaba claro que eso sucedía durante las horas pico, que era la de entrada o salida de los niños que iban a la escuela cercana.

Otra vez, durante los siguientes quince días, todo permaneció tranquilo. Luego, sucedió una vez más y, a pesar del celo puesto para descubrir quien se lo llevaba, no pudo lograrlo.

Encaprichada en saber quien era el ladrón, resolvió pegarle un hilo al envase ubicado en la cima de la pila. Al final de ese hilo, colocó una lata como para que hiciera ruido en el momento que lo tomaran.

Estaba segura de que de esa manera lograría atrapar al ladrón o ladrona.

Transcurrió todo un mes sin haber tenido ninguna novedad. Ya no se llevaban el dulce de leche, pero tampoco había podido descubrir quien había sido el culpable.

Pensó que éste o ésta se había dado cuenta de la trampa y que ya no lo haría.

Se equivocó. Cuando el comercio estaba lleno de clientes, alcanzó a oír el sonido de la lata golpeando sobre el piso.

Miró y sólo vio dos manos pequeñas que tomaban el tarro de dulce de leche.

Se corrió para ver a quién pertenecían y, para su asombro, descubrió que se trataba de Beto, un vecinito de 8 años, al que ella adoraba.

A pesar de su enojo, pensó que no era el momento adecuado para decir nada. Había demasiado gente y llamarle la atención en ese momento iba a resultar muy bochornoso para el niño.

Beto se dio cuenta de que lo habían descubierto y, agachadito y mezclado entre la gente, se fue acercando a la puerta y, luego, desapareció.

Doña María se quedó muy mal. Un poco de dolor, otro poco de enojo y mucho de pena.

Le dolía que justo Beto le hiciera eso, pero sabía que el pobre niño no era el culpable. Era el hijo menor de padres que vivían borrachos. Sus hermanos, que le llevaban muchos años, ya no estaban en la casa. Algunos se habían casado, otro se habían ido a vivir solos, cansados de ver a sus padres en ese estado.

Quienes le conocían desde que nació, le habían contado sobre la vida del niño. Cuando tenía algunos meses, se le veía en la vereda de la casa, sólo, sentado en su cochecito, tomando con sus pequeñas manos su biberón.

Eso no le había parecido algo tan especial,  pero si lo era lo que le comentaron a continuación: su biberón no era uno de los comunes sino un envase de ¾ litros de cerveza, que el niño levantaba con mucho esfuerzo para  alimentarse.

Ella siempre había sentido pena por el niño y cada vez que venía a su negocio, le regalaba alguna golosina.

Ese cariño que le tenía, hizo que su dolor, al descubrir la verdad, fuera mayor.

Pasaron unos días sin que volviera a ver a Beto. Mientras tanto, su enojo había ido pasando y ya había perdido esas ganas de gritarle o zamarrearle que tenía en los primeros momentos.

Cuando Beto volvió a entrar en su negocio, doña María fue atendiendo sus clientes, dejándolo a él hasta lograr que quedaran a solas.

Entonces, le dijo al niño:

-  Beto, estoy enojada contigo. Me dolió que me hicieras eso. ¿Qué pasó?

Él bajó su cabecita y, mientras algunas lágrimas empezaban a rodar por sus mejillas, murmuró:

-  Mire, doña… El dulce de leche me gusta mucho y nunca me compran. No lo voy a hacer más.

Doña María le respondió:

-  Sabes que si me lo hubieses pedido te lo hubiese regalado. ¿Acaso no te regalo caramelos y galletitas?

El niño, haciendo pucheros con su carita y en voz muy baja, siguió diciendo:

-  Le juro que no le voy a robar más el dulce de leche.

Ella, con su corazón lleno de ternura, le replicó:

-  Espero que no lo hagas nunca más. Robar es muy malo. Vamos a olvidarnos del asunto. Una vez al mes te voy a regalar un tarro. Si alguna vez me olvidó pídemelo.

El niño contestó:

- ¡Oh, gracias! ¡Qué buena es Ud., doña!

Ella le dio un beso, le acarició con ternura su cabecita y puso un tarro de dulce de leche en sus manos.

Él, saltando de alegría, partió hacia su casa.

Mes a mes, Beto fue recibiendo su tarro de dulce de leche.

Cuando ya tendría alrededor de 15 años, repentinamente, dejó de venir. Doña María les preguntó a sus vecinos si sabían algo de Beto. Nadie pudo decirle nada del adolescente.

Pasaron algunas semanas y Beto no volvió a ser visto por el barrio.

Una mañana, muy temprano, vio que un patrullero estacionaba frente a la casa de la familia de Beto. No sabía que pasaba. Pensó que podía haberle pasado algo a alguno de sus familiares.

Quedó muy intrigada.  Más tarde, le preguntó a un vecino al que había visto hablar con los policías. Él le explicó que le habían preguntado por Beto, a quien estaban buscando, pero no habían querido decirle cual era el motivo.

Luego de un rato, se retiraron, ya que no lo encontraron allí y nadie pudo decirles donde hallarlo.

Pocos meses después, los padres de Beto se fueron del barrio y jamás se los volvió a ver.

Antes de que transcurriera un año, un vecino le dio una triste noticia: Beto había muerto en un tiroteo con la policía. Con otro joven, habían asaltado un comercio. Justo en ese momento había pasado por allí un móvil policial.

Los policías vieron lo que estaba pasando y les dieron la voz de alto. El compañero de Beto no la acató y comenzó a disparar. Los policías también dispararon y ambos jóvenes cayeron heridos.

Beto llegó vivo al hospital, pero murió antes de que pudieran hacer nada por él.

Pasó mucho más que una década. Una tarde, cuando doña María estaba sola en su negocio, vio que estacionaba, frente al mismo, un auto lujoso, del que bajó un hombre joven muy bien vestido.

El joven ingresó en el local y dijo:

-  Buenas tardes señora.

Ella le contestó, mientras le miraba intrigada por su aspecto, que no era muy habitual en ese lugar:

-  Buenas tardes joven. ¿Necesita algo?

-  Sí, señora. Vengo a buscar un montón de tarros de dulce de leche que Ud. me debe.

-  ¿Qué yo le debo? Pago todas mis cuentas y no debo nada a nadie.

-  ¿No recuerda, doña María? Ud. prometió que me iba a regalar un tarro de dulce de leche todos los meses.

-  ¿Beto?

-  Si, doña María. Soy Beto.

-  Pero… si me dijeron…

-  Si, ya sé, doña María, me lo contaron. No sé de donde salió eso. Me fui a la casa de mi hermano Raúl, porque ya no podía estar con mis padres. Raúl vive muy lejos, en Córdoba. Mis padres, seguramente, denunciaron mi desaparición, porque no les había avisado para que no me retuvieran. Supongo que por eso me buscaba la policía. No se quien puede ser el joven que murió y que pensaron que era yo.

-  ¡Gracias a Dios! Sufrí mucho cuando me dieron esa noticia.

-  Me imagino. Siempre le quise y Ud. me demostró lo mismo.

Doña María, se animó a preguntarle:

-  Cuéntame. ¿Qué ha sido de tu vida? Tienes un buen coche y estás muy bien vestido. Eso me pone contenta.

-  Bueno… Cuando me fui, seguí mis estudios secundarios, que había abandonado. Luego estudié abogacía. Hoy soy socio de un estudio bastante importante, allá en Córdoba.

-  ¿Te has casado? ¿Tienes hijos?

-  Si me casé con una linda cordobesa y tenemos dos niños.

-  Me gustaría que alguna vez los trajeras.

-  No sé cuando podrá hacerlo, pero le prometo que alguna vez lo haré.

Y sonriendo, agregó:

-  Ud. me tiene que prometer que les dará a ellos los tarros de dulce de leche que me debe.

Ella largó una carcajada y se acercó al joven y abrazándolo con ternura, le dijo:

-  Prometido.

Luego, ambos se despidieron y el joven se marchó.