Dia de Reyes

 

El sol recién se estaba asomando y empezaba a iluminar el techo de chapa de la vivienda, de una sola habitación, y el patio de baldosas que estaba a su lado.

El “día de los Reyes Magos” había comenzado.

El perro dormitaba, acostado al borde de la lonja de tierra que iba desde el portón de entrada de carruajes hasta el fondo de la vivienda.

En la habitación, dormían los padres y, en una pequeña cama ubicada a los pies de la de ellos, también lo hacían José, un niño de 8 años, y su hermano, Juan, algo menor.

José despertó, miró a su alrededor y notó que ya había amanecido. Sacudió a su hermano y le dijo en voz muy baja, para no despertar a sus padres:

- ¡Juan! ¡Juan! Ya es de día.  Tenemos que ir a ver el regalo de los Reyes Magos.

Su hermano trató de abrir sus ojos, pero le costaba mucho. La noche anterior no se había dormido fácilmente, pensando en el día siguiente.

Por fin se despertó y dijo:

-  ¿Qué pasa? ¡Tengo sueño! Déjame dormir. José le contestó:

-  ¿Te olvidaste que venían los Reyes Magos?

-  ¡Oh! ¡Sí! ¡Vamos!

le dijo el otro niño.

Ambos bajaron de la cama y, silenciosamente, abrieron una de las hojas de la puerta con postigos, que daba al patio.   

Salieron y se acercaron al lugar donde habían dejado sus zapatillas a la espera de que allí les dejaran el regalo que cada uno de ellos había pedido: las tan deseadas bicicletas.

-  ¡No hay nada! Pero…si nos portamos bien. ¿Por qué no nos trajeron lo que les pedimos?

Mientras decía esto, los ojos de Juan se humedecían. Poco tiempo después, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, para terminar en un penoso llanto.

Su hermano, mientras tanto, trataba de consolarlo encontrándole un justificativo a lo que les estaba sucediendo:

-  ¡Espera! ¡No llores! Posiblemente se atrasaron y van a venir más tarde. Estoy seguro que no nos portamos tan mal.

Su hermano replicó:

-  ¿No será que mamá tenía razón cuando nos dijo que no pidiéramos regalos tan caros?

A todo esto, los padres, se habían despertado. Al escuchar a los niños, la madre miró con mucha tristeza a su esposo y esa mirada parecía decir:

-  ¿Qué podemos hacer? Ellos no se merecen este sufrimiento.

Ninguno de ellos se sentía culpable de lo que estaba sucediendo, ya que no se trataba de un olvido, ni mala voluntad.

Ambos sabían que la culpable era, pura y exclusivamente, la terrible crisis que azotaba al país y de la que ellos no habían podido escapar.

En otros tiempos, cuando ambos trabajaban en esa empresa textil que cerró sus puertas, habían podido hacer algunas cosas. Entre ellas, criar a sus hijos y darle un hogar, modesto pero seguro, donde vivir.

Primero ella y, luego, él, habían perdido sus trabajos, haciendo trizas sus sueños de un mejor futuro para ellos y los dos niños.

En estos momentos, en los que el único ingreso que obtenían era juntando cartones y otras cosas en desuso, que, luego, vendían, darles ese gusto a sus hijos, les había sido imposible. Apenas les alcanzaba para comer una vez al día.

El llanto de Juan y los comentarios que hacía José para tratar de calmarle, seguían llegando hasta sus oídos.

Después de unos minutos, se miraron y hablaron en voz baja, para que no los oyeran.

Se levantaron. Ella salió de la casa por un rato, sin hacerse notar por los niños, y, cuando volvió, entró a la habitación donde se encontraba su esposo.

En ese momento, él salió y se dirigió hacia el fondo, donde guardaban el carro y el caballo.

Desde allí, llamó a los niños, diciéndoles:

- ¡José! ¡Juan! Vengan. Aquí hay algo. Veamos de que se trata.

Ambos niños fueron corriendo hacia donde estaba su padre.

Una vez allí, vieron, al lado del comedero del caballo, dos paquetes. Cada uno de ellos tomó uno y lo abrió.

En uno de los paquetes había un camioncito a fricción y, en el otro, una pequeña guitarra.

José, algo más tranquilo, le dijo a su hermano:

-  Ves, tonto. No es que nos habíamos portado mal. Mamá tenía razón, pedimos mucho, pero lo que nos dejaron es muy lindo y nos vamos a divertir. Posiblemente, otro año nos traigan las bicicletas.

El padre, haciendo un gesto que no podía distinguirse si era un esfuerzo para no llorar o una sonrisa al ver nuevamente felices a sus niños, dijo, mientras ensillaba el caballo para comenzar su día de trabajo:

-  Seguramente, los camellos tenían hambre y los Reyes Magos los trajeron al fondo para que comieran la comida del caballo.

Juan replicó:

-  Seguro que los camellos se asustaron al ver al perro y los Reyes no se animaron a dejar los regalos junto a las zapatillas. Anoche, cuando estaba despierto, me pareció oír relinchar al caballo.

Cuando todos los niños de la cuadra salieron a la calle para mostrar lo que los Reyes les habían traído, algunos de ellos decían haber visto, por la mañana temprano, sobre la casa de Juan y José, entre las nubes, unos bultos que parecían los tres Reyes Magos con sus camellos.