Curanderos

 

Juan se había levantado muy temprano, casi tan temprano como en la época en la que debía partir hacia su trabajo.

Ya no tenía que hacerlo. Se había jubilado y todo el día, para bien o para mal, lo disponía para hacer lo que más le gustara o hacer “nada”.

Ser un jubilado, eso que tanto había deseado cuando la jornada le era insuficiente para cumplir todo lo que “la empresa” esperaba que él hiciera,  no siempre lo hacía feliz.

Sus obligaciones se reducían a  realizar pequeñas tareas de mantenimiento en su hogar y alguna que otra compra.

A veces, sentía la falta de cosas para hacer. Pero, otras veces, estaba contento. Tenía más tiempo para estar junto a su mujer. Disfrutaba mucho más de su compañía, que cuando su vida estaba colmada de obligaciones  que iban de la mañana temprano hasta la noche y casi todos los días de la semana.

También había logrado el tiempo necesario para salir a hacer alguna caminata por el parque, disfrutando de la naturaleza. Pero, a menudo, no sabía que hacer para terminar de llenar las interminables horas del día.

Muchas veces se había preguntado:

-  ¿Para que madrugo, si no tengo necesidad? ¿Cómo se puede hacer para cambiar las costumbres de toda una vida?

Pero, contra eso no había podido hacer nada. Se despertaba muy temprano y llegaba el momento en el que ya no podía estar en la cama. Se levantaba y desayunaba. Luego buscaba algo en que entretenerse.

Ese día, después de haberse desayunado, no sabía que hacer y había comenzado a leer el diario.

En un recuadro había visto una pequeña noticia: “Un laboratorio medicinal está analizando dos plantas que son utilizadas, en México, por los nativos, para curar la diabetes.”

La noticia en sí no le resultaba muy importante. Ni él ni sus familiares sufrían esa enfermedad, pero lo que leyó le hizo retornar a una etapa de su vida.

Poco a poco, fue recordando lo que había pasado hacía ya… ¿cuántos años? ¿Cuándo fue? Ah, si – se contestaba mentalmente -¡Oh, cómo pasa el tiempo!

Allá por 1963, cuando era muy joven y se sentía con toda la fuerza del mundo, cuando pensaba que era tan fuerte como Tarzán. Su auto se había empantanado en el barro. En lugar de haber buscado ayuda, había tirado del mismo hasta lograr sacarlo.

En el momento nada había cambiado, pero al día siguiente había empezado a sentir fuertes dolores lumbares que no lo dejaban tranquilo.

Durante 10 años, lo había intentado todo: especialistas, kinesiología, acupuntura y hasta curanderos.

En algunos momentos había logrado alivio por meses, luego días. Después, sólo podía caminar si se apoyaba en los hombros de sus hijos adolescentes.

Cuando vio que ya nada le ayudaba, resolvió consultar a ese médico que un familiar le había recomendado. Le comentó todo lo que había hecho hasta el momento, sin ocultarle ningún detalle.

El facultativo había mirado todos los elementos que él había juntado en los últimos 10 años y, después, le había dicho:

-  Bueno… ya probaste todo. Llegaste a un punto donde sólo la cirugía te puede ayudar

Juan no estaba muy convencido de dar ese paso, y se lo comentó al médico, diciéndole:

-  Pero, doctor… ¿No será posible probar nuevamente con acupuntura o kinesiología?

Este había agregado:

-  Estoy seguro de lo que te digo. Ya no tienes otro camino. Debes pensarlo y tomar una decisión. No  puedo aconsejarte otra cosa.

Y siguió diciendo:

-  Aprendí de chico, en el pueblo donde nací, que algunos problemas, hasta los curanderos los curan. A veces han tenido éxito, pero en este caso no hay nada que puedas hacer que no sea hacerte operar.

Juan se seguía resistiendo, aunque con menos vehemencia. Entonces, el médico le dijo:

-  Para que veas que no soy de descartar nada, ni siquiera a los curanderos, te voy a contar como nació un medicamento que hoy se está utilizando muchísimo en cardiología.

En un pequeño pueblo, había una curandera que curaba a muchos de los enfermos cardíacos que el  médico del pueblo no había podido curar. Este sabía, porque los enfermos se le habían dicho, que ella les daba unos yuyos para que hicieran un té que debían beber.

El médico estaba intrigado y quería saber de que se trataba. Un día, la siguió y vio cual era el yuyo que cortaba. Decidió hacerlo analizar y, de esa manera, se descubrió la droga que, todavía hoy, se utiliza para ciertos males del corazón.

Juan, que no era un hombre de campo sino de la gran ciudad y que nada sabía de medicinas, había pensado, en aquel momento:

-  Este me está queriendo embaucar. Con este cuento trata de que decida hacerme operar. ¿De donde sacó esto? No me gusta que me tomen por tonto.

Finalmente, había quedado con el médico en que lo pensaría y le haría saber su decisión.

A los pocos días, viendo que día a día empeoraba, había resuelto aceptar la cirugía. Después de haberse operado, sus dolores habían desaparecido.

Eso lo había convencido de que el médico había tenido razón sobre que la cirugía iba a solucionar  su problema. No obstante, siguió dudando con respecto a lo que le había contado sobre la curandera.

Después de varias décadas, Juan estaba descubriendo que se había equivocado cuando no creyó la historia. Lo que acababa de leer en el diario, lo llevaba a empezar a aceptar lo que el buen médico le había contado.

Pensó que hubiese sido bueno poder disculparse con él por no haberle creído, pero ya no era posible.

Cuando Juan llegó a este punto, miró su reloj y se dio cuenta de que sus recuerdos le habían ocupado mucho más tiempo de lo que pensaba.