¿Cuál será su preocupación?

 

El sol brillaba con todo su esplendor sobre el balneario Las Grutas, un hermoso lugar ubicado sobre el Atlántico, en la Pcia. de Río Negro.

Oscar y su mujer, Nora, habían descubierto el pequeño pueblo cuando realizaban un viaje a la Península de Valdés. Había sido como un amor a primera vista. Los había impresionado la amabilidad de sus habitantes, los bellos paisajes que lo rodeaban y los grandes acantilados, en cuya cima habían sido construidas las casas, generalmente de no más de una o dos plantas.

La playa y el pueblo estaban separados por larguísimas escaleras que era necesario ascender o descender para ir de uno a otro lugar.

Su ubicación, bastante al sur del país, hacía que la diferencia entre la alta y bajamar fuera muy grande. Como consecuencia de ello, en un momento, casi no existían playas y el mar iba horadando los acantilados, sobre los que se encontraba el balneario, en el majestuoso golpear de sus olas, formando los grandes huecos en la piedra que le dieron el nombre al pueblo. Horas después, el mar se alejaba y las playas casi no tenían fin.

En aquel momento, habían podido quedarse sólo tres días, pero se habían hecho el firme propósito de volver, lo que habían logrado hacer ese año.

Ese día, al despertar, habían visto que, una vez más, podrían disfrutar de las maravillosas playas, como lo habían hecho cada día desde el comienzo de sus vacaciones.

Aprovechando que la bajamar les daba lugar para instalarse en la arena, resolvieron llegarse hasta allí.

Luego, como lo hacían todas las mañanas, comenzaron su caminata por la orilla del mar.

Mientras lo hacían, iban observando a la gente, especialmente a los niños.

Desde que sus hijos dejaron de serlo y de viajar con ellos, cada año, durante sus vacaciones, se producía en ellos un doble efecto. Por un lado, disfrutaban haber dejado atrás el estrés, el bullicio de la gran ciudad y todos los problemas que los agobiaban durante el año. Por el otro, extrañaban a sus seres queridos, que habían quedado en Buenos Aires.

Eso hacía que, en muchos de los que estaban a su alrededor, encontraran algo que les recordara a alguno de ellos. Era suficiente un gesto, una voz, o quizás, algo que en su subconsciente creyeran ver. Todo servía, para que, conversando sobre el tema, pudieran sentirse algo más cerca de sus seres queridos.

Por casualidad, la vista de Oscar se fijó en un niñito, de unos 5 ó 6 años, que volvía del mar con su baldecito lleno de agua.

Después de observarle unos minutos, vio como el niñito iba disminuyendo su velocidad, hasta detenerse.

Algo le llamó la atención en él y comenzó a mirarle con más cuidado.

La cara del niño ya no estaba sonriente, como en el primer momento. Su mirada se había quedado fija, como perdida en el horizonte.

Todo lo que le sucedía a un niño le afectaba como si le pasara a alguno de sus nietos, y, por eso, quería entender cuál era la preocupación del niño y ver si podía hacer algo para ayudarle.

No se animaba a preguntarle. No había una razón especial para ello. El niño no lloraba, ni había sufrido ningún accidente. Sólo estaba quieto y pensativo.

Su mente comenzó a trabajar a gran velocidad, haciéndose preguntas:

¿Qué le pasa al niño?

¿Extrañará a sus seres queridos, como me pasa a mí?

¿Su padre se habrá quedado trabajando en alguna de las huertas del valle y él lo estará extrañando?

¿Sus padres se habrán separado y estará triste porque uno de ellos no está a su lado?

¿Habrá perdido algún ser querido?

¿Extrañará a sus abuelos?

Seguía y seguía pensando, sin parar. Buscaba motivos como para entender la razón por la que el pequeño pudiera estar triste.

De pronto, el niñito, había comenzado a caminar y luego a correr. Ya tenía una sonrisa en su boca.

Allí se dio cuenta que no era el niño quien tenía problemas, sino él. Como consecuencia de pensar tanto en sus nietos, que se encontraban en la lejana Buenos Aires, había visto cosas que no estaban sucediendo.