Cristian, un chico como muchos

 

Cristian, un adolescente de 17 años, con ojos vivaces y cabello enrulado, hijo único de una pareja de clase media, llegó al mundo después de que su madre sufriera la pérdida de los dos primeros embarazos y cuando ella ya no tenía esperanzas de serlo.

Eso hizo que su relación con el hijo fuera muy especial.

Ese día, al regresar del colegio, Cristian dejó su mochila sobre una silla, se acercó a su madre y la besó en la mejilla, mientras le decía:

-     ¡Hola ma!

-     ¡Hola Cris! ¿Ese es el beso del mimoso de la casa a su madre? Prepárate porque hoy tengo un día de esos en los que no hay mimos que me alcancen.

-    ¿Sólo hoy?

-     Bueno. Mejor dejarlo así. Te esperaba. Estaba sola.

-     ¿Y el viejo? ¿Todavía no llegó?

-     No. Me avisó que tenían una reunión en la empresa.

-     ¿Hay algún problema?

-      Pienso que no, pero no le habían dicho el motivo. ¿Cómo te fue en el colegio?

-      Bien. La profe de matemáticas me puso un 10 en la prueba.

-     ¿Para que te pregunto, si siempre te va bien? Me alegro de que seas tan inteligente y no como el viejo y yo, que apenas terminamos el primario.

-     ¡Ma! Siempre dices que eran otros tiempos y basta de decir que soy un niño prodigio porque si te escuchan mis amigos me van a cargar.

-     ¡Está bien, señor!

-     Bueno… no es para tanto.

-     Cambiando de tema… ¿Decidiste qué vas a estudiar cuando termines el secundario?

-     ¡Informática! No cabe duda que eso me atrapa y, además, Pedro va a estudiar lo mismo y vamos a poder hacerlo juntos.

-     Me parece una elección inteligente. Es buen momento para eso ¿no?

-     Así me dijo el profe de Informática y pienso que tiene razón. Además, es lo que más me gusta.

-     ¿Te va a servir lo que estudiaste en el industrial?

-     Sí, ma. Nos enseñaron mucho sobre eso.

-     ¿Te sirvo el café con leche?

-     ¡Qué pregunta! Estoy tan hambriento que parece que no hubiese almorzado.

Después de tomar la merienda, Cristian se acercó a su madre y la besó, diciendo:

-     Me voy, ma.

-    ¿Te vas?

-    Si, quedé con María que la iría a buscar al colegio. Perdóname pero, como no sabía, se lo prometí y no tengo donde avisarle que no voy.

-    ¡Ya estoy acostumbrada a estar sola! Tu único defecto es que no paras en casa. No sé como haces para estudiar en tan poco tiempo.

-     No te pongas celosa.

-     Y… si no es por el fútbol, es por tus amigos y si no por tu novia, pero siempre te vas.

-    ¡Ma! No me gusta estar encerrado. No te pongas triste. Sabes que te quiero mucho.

-    Está bien. Ya me compraste. Anda, pero no vuelvas tarde así no tengo que recalentar la comida.

-    ¡Esos celos!  Me parece que la comida no tiene nada que ver. Quédate tranquila que no voy  a dejar de quererte.

Cristian salió de  su casa. Una hora más tarde, llegó el esposo, Roberto.

Mientras él se acercaba para darle un beso, ella, ansiosa, le preguntó:

-    ¿Qué pasó viejo? ¿Por qué querían hablarles?

-    Roque, el delegado, quería decirnos que el jefe de personal le informó que las cosas andan mal y que, dentro de dos meses, si no mejoran, nos van a echar a todos y cerrar la empresa.

-    ¡Dime que es una broma, una broma pesada!

-    No, Luisa, no es broma. Parece que la cosa va en serio.

-    ¿Qué vamos a hacer? Cada día hay menos trabajo y, además, todos dicen que las pocas empresas que toman personal piden de 25 años para abajo y que tengas el secundario terminado. Pronto van a pedir diploma de médico para mover tambores.

-    Bueno. Tranquilicémonos y tratemos de que Cristian no se entere. Está estudiando para el cierre del último trimestre y, si la cosa se produce, hay dos meses para decírselo.

-    Tienes razón. Si se preocupa, sería una pena. Parece que va a tener más de nueve de promedio. Este chico nos salió un “bocho”.

-    No salió a mí.

-    Ni a mí. ¿Te sirvo algo?

-    No tengo ganas de comer nada.

-    Aunque más no sea, tomemos algunos mates. Yo tengo ganas.

-    Bueno. Eso sí, porque tengo sed.

Un mes después, Roberto volvió algo más temprano a su casa. Su mujer, mientras lo saludaba, le preguntó:

-    ¿Qué te pasa? ¿No te sientes bien? ¡Qué cara!

-    No puedo estar bien. Nos dejaron salir más temprano porque el jefe de personal nos anunció oficialmente que dentro de un mes cierran. Se armó tal lío que dijeron que podíamos irnos antes de hora.

-    ¡Claro! Fue una forma de que se callaran. ¿Les dijeron que pasó?

-    ¡Sí! Según ellos, cada día se vende menos y  no  se cubren los gastos. Encima, los pocos que compran no pagan y no hay dinero.

-    ¡Mira como estamos! Los únicos que están bien son los políticos. Ellos siempre se salvan.

Ambos se quedaron callados durante un largo rato, como si estuvieran tratando de olvidarse del tema. Finalmente,  la mujer le dijo a su esposo:

-    ¡Viejo! ¿No quieres irte al club?

-    ¡No! Hoy no tengo ganas. Voy a esperar a Cristian para contarle. Pienso que, ahora que ya terminó las pruebas, debemos decirle lo que pasa antes que lo adivine mirando nuestras caras o lo escuche de otros.

-    Está bien, pero tratemos de no amargarlo mucho.

-    Trataré, pero seguro que lo afectará. Ya no podremos darle tantos gustos.

-    ¡Es terrible! Justo ahora que sólo le falta un año para terminar el secundario. Bueno… no nos demos más manija, sino vamos a terminar enfermos.

-    Espero poder tranquilizarme.

-    Hazme un favor viejito. Ve al club y déjame que yo le hable. Creo que va a ser mejor.

-    Tienes razón. Con esta cara de porquería que tengo, lo voy a amargar más.

Dos horas más tarde, Cristian llegó a su casa. La madre lo puso al tanto de lo que sucedería. El joven, con una forzada sonrisa,  dijo:

-    Viejita, no nos amarguemos. En un mes las cosas pueden cambiar.

-    Ojalá fuera así, Cristian, pero me  temo que no.

-    Bueno, lo importante es que estemos juntos y tratemos de salir.

-    Pero sabes lo que está pasando. A tu padre le va a ser difícil conseguir otro trabajo. Hay poco y piden jóvenes con experiencia y estudio para todo. Él no es joven, ni tiene estudio.

-    En ese caso, trataré de conseguir algo. Soy joven y tengo estudio.

-    Si, pero te falta sólo un año para terminar el secundario y no queremos que arruines tu carrera.

-    No te preocupes viejita, ya vamos a encontrar una solución.

Dos semanas más tarde, la madre y el hijo volvieron a conversar sobre el tema.

-    ¡Hola ma!

-    Que suerte que volviste. Me estaba preocupando.

-    Si, se me hizo un poco tarde y lo malo es que no conseguí nada. La cola era infernal y había muchachos que habían terminado el secundario y tenían experiencia. No pude lograr ninguna de las tres vacantes.

-    Lo siento, Cristian. No saben lo que se perdieron.

-    ¡Ma! Ya te dije que con tantos elogios vas a conseguir que mis amigos me carguen. No es para tanto. Estuve con…

-    ¡Sólo digo la verdad!

-    Espera que tengo otra cosa para contarte. Me encontré con Javier. Él tuvo un problema parecido y resolvió comprarse un carrito y salir a cartonear. Dice que no deja mucho, pero alcanza para comer. Me ofreció salir juntos hasta que encontremos otra cosa y repartir las ganancias. Le dije que sí y mañana empezamos.

-    ¿Te parece? ¡A lo que hemos tenido que llegar!  A que nuestro hijo tenga que mantenernos.

-    Basta, ma. Ya lo hablamos.

-    Lo sé, pero es duro.

Al día siguiente, cuando Cristian regresó después de haber recorrido las calles juntando cartones, la madre y el hijo conversaron sobre lo acontecido.

-    ¡Hola ma!

-    ¡Hola Cristian! Te esperaba. Te voy a servir la comida.

-    ¿Y el  viejo?

-    Se fue a dormir. Dijo que no podía aceptar que tengas que trabajar para traer dinero a casa y que le iba a ser imposible mirarte a los ojos.

-    No tiene que ser así. Él no es culpable de la situación que estamos viviendo en el país. Ni siquiera lo votó. Además, no es tan grave. Con Javier nos entendemos y lo pasé bien. Conseguimos bastante papel y cartón. Nos pagaron veinte pesos y él quiso que me quedara con la mitad, a pesar de que fue él quien compró el carro.

-    Es un buen pibe. Sus padres son, igualmente,  muy buena gente. Mañana no saldrán ¿no?

-    Sí, ma. Es sábado, pero quedamos en que empezaremos más temprano para poder ir a pasear con nuestras novias.

-    Se lo merecen.

Unos días después, Cristian regresó a su casa con una amplia sonrisa en su cara. La madre lo miró extrañada y le preguntó:

-   ¿Qué pasa? ¿Por qué esa sonrisa tan pícara?

-    No lo vas a poder creer.

-    ¿Qué?

-    Cuando recorremos el barrio, pasamos por un taller de reparaciones de electrodomésticos. El dueño, don Aníbal, siempre nos guarda diarios y cartones y se hace un tiempo para conversar con nosotros. Dice que no tiene hijos y que le gusta charlar con los jóvenes.

-    ¿Lo conocías? ¿Es del barrio?

-    No lo conocía, pero dijo que hace más de veinte años que está allí.

-   ¿Y por qué esa sonrisa?

-   ¿Sabes que nos propuso, ma?

-   ¿Cómo voy a saberlo si no me lo cuentas?

-    Nos dijo que mucha gente le pregunta si arregla computadoras. Él sabe algo, pero el tiempo ya no le da para tomar más trabajos.  Nos propuso, a Javier y a mí, pagarnos un curso de reparación de computadoras y, con su ayuda, dedicarnos a eso en su taller. Cada uno de nosotros, incluso él, se quedaría con un tercio de lo que se gane.

-    ¡Qué bueno! ¿Pero como van a pagar las herramientas que se necesitan?

-    Dijo que no nos preocupemos por eso. Algo de lo que tiene sirve y el resto lo comprará él.

-    ¡Qué bueno! Dios nos está dando una manito.

-    Viste que no tenías que hacerte tanto problema. Todo va a cambiar. Pa también va a conseguir un trabajo.

-    ¡Ah! Me olvidaba. Te llamó María.

-    Sí, pasé a verla y me dijo que había llamado. Quería decirme que sus padres le regalaron dinero para que vayamos al cine y a comer afuera.

-    ¿Fue su cumpleaños?

-    No, ma. Se lo regalaron porqué aprobó todas las materias.

-    ¡Y nosotros no te pudimos regalar nada!

-    Bueno… yo te voy a pedir un regalito que no te va a costar nada.

-   ¿Qué quieres?

-    Que me dejes ir a un recital. Con María pensamos que eso es lo que nos gustaría hacer. Con lo que nos quede, vamos a ver si podemos invitar a Javier y Aída, para que nos acompañen.

-    Sabes que me da mucho miedo que andes por la calle a esas horas, pero si eres grande para trabajar, también tengo que entender que lo eres para salir. Voy a sufrir como una loca hasta que llegues.

-    No te preocupes, ma. Seguro que el papá de María nos va a llevar y nos irá a buscar y si no aceptamos no la van a dejar ir.

-    Bueno. Eso me tranquiliza. ¿Cuándo van a ir?

-    Hoy a la noche.

A la madrugada del día siguiente, Luisa, con lágrimas en los ojos y casi a los gritos, trató de despertar a su marido, diciéndole:

-    ¡Roberto! ¡Roberto! ¡Despierta por favor!

-    ¿Qué pasa mujer? ¿Por qué estás así?

-    ¡Cristian no llegó!

-    ¡Pero sabías que vendría tarde!

-    Si, pero no tanto y, como me asusté, llamé a la casa de María. ¡Es horrible!

-    ¿Qué es horrible? No te entiendo.

-    La mamá de María me dijo que el boliche donde se daba el recital se incendió. Hay muchos muertos y heridos. Ella le había dado su celular a María, por si tenían algún problema y ahora la llama y no contesta. El padre fue para el boliche. Ella se quedó por si llaman los chicos.

-    ¡Vamos para allá! ¿Sabes donde es?

-    ¡Sí! Pero voy yo. Quédate por si llaman.

-    ¡No! Voy yo.

-    No puedo quedarme aquí. Estoy desesperada. Me tomo un taxi para llegar más rápido.