Contando un cuento

 

-         ¡No! ¿Abu! ¡No puede ser! ¡Otra vez nos ganaste! – dijo la pequeña de larga y rubia cabellera.

-     ¡Es verdad! Casi nunca te podemos ganar. ¿No harás trampa? – dijo el niño, entrecerrando sus pícaros ojitos claros.

-        Dany, sabés que el Abu no hace trampas – replicó la niña.

-        Sí, Pinky… Fue sólo una broma.

-        Pero….

Para evitar que las cosas llegaran a mayores, el abuelo intervino diciendo:

-        Miren, el Juego de la Oca se juega con dados. Los dados caen según la suerte de cada uno.

-        Lo sabemos, Abu. Lo que pasa es que Dany es un tonto.

-        ¡No Pinky! No es tonto, sino que es más chico y sabe menos cosas que tú. En este caso sólo quiso hacer una broma ¿No es así, Dany?

-        Sí, Abu

-        Bueno… quizás todavía no sea el momento para enseñarles, pero es importante que aprendamos que en la vida no siempre ganamos. Vamos a hacer alguna otra cosa. ¿Qué quieren hacer?

-        Contános alguno de tus cuentos, Abu – dijo Dany

-        ¡Sí! Eso me gusta – agregó Pinky.

-        Me parece una buena idea. Nos ayudará a olvidarnos del Juego de la Oca – contestó el abuelo.

-        ¿Podemos ir a sentarnos en el sillón del living? Nos gusta más que estar aquí en el comedor diario – opinó Pinky.

-        ¡Sí! ¡Sí! ¡Es más lindo! – dijo Dany

-        Bueno…creo que será bueno para que la abuela no se distraiga y pueda hacernos cosas ricas.

Se acomodaron en el sillón del living y el abuelo comenzó a contarles el cuento prometido.

-        Había una vez… ¡No! No queda bien empezarlo así. No es un cuento sacado de un libro, sino de la vida y Uds. ya son grandes…

Empiezo de nuevo… Juan y María eran dos jovencitos que vivían en una linda casita de un barrio de la ciudad.

Era sábado y habían aprovechado para dormir un poco más ya que no tenían que ir al colegio. Alrededor de las 10 de la mañana, María salió de su casa para hacer algunas compras.

Al abrir la puerta, oyó un llanto que le llamó la atención. Miró hacia el costado y vio una bebita. Se acercó y le dijo, sin que ella la entendiera:

“Pobrecita. ¿Qué te pasó? ¿Quién te abandonó aquí siendo tan chiquita?”

Y, luego, comenzó a gritar: “¡Juan! ¡Ma! Miren lo que dejaron frente a la puerta de nuestra casa.”

La madre y Juan, salieron de inmediato porque no sabían que pasaba.

María les mostró lo que había encontrado y, con mucha pena, dijo: “Quién pudo haber sido tan maldito como para dejar aquí esta linda bebita. Es muy pequeña. ¡Ma! ¿Podemos tenerla en casa?”

La madre respondió: “Sabes que eso no es  posible, pero vamos a entrarla hasta que encontremos quien se haga cargo de ella. Por ahora, llévala al comedor para que podamos atenderla”.

María y Juan, entraron corriendo a su casa.

Luego, empezaron a buscar alimento para la nueva habitante de la casa, pero ésta no aceptaba lo que le ofrecían.

La mamá, viendo esto, dijo: “Tienen que llevarla enseguida a lo de la Dra. Ana, porque sino come se va a morir.”

María la tomó en sus brazos y ambos hermanos fueron hasta el consultorio de la Dra. Ana.

Una vez allí, le explicaron cómo la habían encontrado y que rechazaba el alimento que le daban.

La Dra. Ana les dijo que probaran con algunos de otras marcas, de los que les dio una muestra, mientras que, con una sonrisa en sus labios, les decía: “Es increíble. Está abandonada, tiene hambre, pero no deja de tener pretensiones. ¿Quién lo creería? Menos mal que cayó en las manos de Uds. que son tan buenos.”

Los jovencitos volvieron a su casa, llevando a la pequeña y algunas muestras de alimentos.

Allí, los prepararon y se los fueron ofreciendo de a uno, hasta que ella aceptó alimentarse..

María gritó con júbilo: “¡Ma! ¡Comió! ¡Comió!”

La madre le contestó: “Vayan a comprar más y, de paso, díganle a la Dra. Ana que si sabe de alguien que quiera adoptarla, nos avise.”

“Pero… Ma ¿No podemos quedarnos con ella?” – protestaron a dúo ambos hermanos.

“Ya les expliqué cual es el motivo por el que no podemos quedarnos con ella.” – contestó la madre.

Juan salió a cumplir con lo que les había encomendado su mamá y, cuando regresó, dijo: “La Dra. Ana conoce a un matrimonio muy bueno que está buscando una. Ahora no estaban en su casa. A la noche, les va a hablar y mañana nos dará una respuesta.”

Al día siguiente, la Dra. Ana, llamó por teléfono y les comentó que la pareja de la que les había hablado, pasaría por su casa.

A media tarde, oyeron sonar el timbre. Preguntaron quién era y les contestaron que eran el matrimonio del que la Dra. Ana les había hablado.

La mamá abrió la puerta. Los jóvenes corrieron a ponerse al lado de la bebita, a la que María tomó en sus brazos, mientras una lágrima rodaba por su mejilla.

Después de charlar un rato con los visitantes, tuvieron la sensación de que ella iba a estar en buenas manos. Necesitaba quienes la cuidaran y ellos necesitaban una compañía.

Cuando llegó la hora de la separación, María y Juan le dieron un beso, para despedirse. Sus nuevos papás dejaron su número de teléfono y su dirección, para que pudieran visitarla cuando quisieran, y se retiraron.

Cuando llegó a la que sería su casa en adelante, la pequeña recibió un montón de mimos: caricias, besos, una linda canastita para dormir y el alimento que, con tanta pretensión, había elegido. Hoy en día, sigue siendo la mimada de la casa.

¿Saben de quién les hablo? Uds. la conocen.

Dany contestó:

-        No, Abu. No sabemos.

-        Se trata de una señorita de color blanco y negro.

-        ¡Ah! ¿Entonces no era una bebita sino una gatita?

-        ¡Claro! Ya descubrieron quien es la protagonista de este cuento. Se trata, ni más ni menos, que de la mimosa de esta casa – dijo el abuelo.

Pinky, con una expresión de asombro y picardía a la vez, dijo:

-        ¡Ah! Entonces se trata de July. Pero… nos engañaste. ¡Nos hablabas de una bebita!

-        En realidad no los engañé. Sólo que no les di todos los detalles. Cuando July vino aquí, mientras Uds. estaban pasando sus vacaciones en la playa, ella era realmente una bebita de tres meses.