Celos

 

Willy, un adolescente de cabello rubio y enrulado,  y ojos vivaces, se encontraba sólo en una  habitación del departamento en el que vive con sus padres y su hermana Susy, de 13 años.

Estaba tan entretenido con su computadora que no oyó cuando su madre introdujo la llave en la cerradura de la puerta de entrada e ingresó a la vivienda.

Ella se acercó a él y le dijo:

-         ¡Hola Willie!

-         ¡Qué susto! No te oí llegar.

-         Pensé que no te encontraría. Me dijiste que te irías a la casa de Rafael.

-         Pensaba ir, pero llamó para avisarme que tenía que acompañar a su mamá y no iba a estar.

Luego, mirando los bultos que su madre tenía en la mano, le preguntó:

-         ¿Qué traes en esas bolsas, ma?

-         Lo que te dije que iba a comprar. Los regalos que le haremos a tu hermana para su cumpleaños.

le contestó la madre, mientras se dirigía hacia su dormitorio para esconderlos antes de que su hija, regresara de la escuela.

-         ¿Puedo verlos? – preguntó Willy.

-         Sí, si quieres.

-         ¿Y por qué no? ¿No los puedo ver?

-         Sí, pero apúrate. Quiero guardarlos antes que llegue. Ya debe  estar por regresar.

La madre abrió cada una de las cinco bolsas y le mostró su contenido. Él hizo preguntas y más preguntas, mientras en su cara se iba dibujando una mueca de disgusto.

-         ¿Le compraste todo esto y a mí ni una camiseta?

-         Willy, tu cumpleaños es el mes que viene. Ahora es el de tu hermana.

-         Pero… para ella siempre lo mejor. El año pasado sólo me hicieron un regalo y no cinco. Lo mismo sucedió el año anterior.

-         Si, tienes razón pero te regalamos lo que nos pediste. Un año la computadora y el otro el discman.

-         ¡Sí!  ¿Pero eso que tiene que ver? Fue sólo uno cada año.

-         ¡Ah! Esos celos no te dejan razonar. ¿Sabes cuanto cuestan? Todo esto junto no me costó ni la mitad de lo que pagué por ellos!

-         Siempre terminamos hablando del costo, pero nunca me das una respuesta aceptable. La ropa que le vas a regalar es de lo mejor. Espero que a mí me regales lo mismo y no cosas de marcas que nadie conoce.

-         Bueno… Willy. Allí llega Susy y no quiero que vea sus regalos ni que te oiga. La lastimarías mucho con tus celos.

-         ¡Está bien! Siempre lo mismo. Nunca puedo decir lo que pienso.

Al día siguiente, en un momento que quedaron solos Willy y su abuela, que había venido a visitarlos, ésta le preguntó:

-         ¿Qué te pasa, Willy? ¿Estás triste?

-         ¡Si, abu! Tengo motivos. Mamá le compró un montón de cosas a Susy para su cumpleaños. A mí nunca me hacen regalos así.

-         No debes ser tan celoso. Tus padres te quieren mucho y no veo que hagan diferencia en favor de tu hermana.

-         Cuando veas lo que le van a regalar…

En ese momento entró la madre y Willy se retiró a su habitación sin terminar la frase.

La abuela, tratando de ayudar, le pidió a su hija que le contara lo que había pasado. Ella, con dolor, le dijo:

-        Nada distinto a lo de siempre. Son esos celos enfermizos que lo matan. Vio los regalos que le compré a Susy para su cumpleaños y se enojó porque dijo que a él nunca le hicimos obsequios así.

-        ¡Me parece que tiene a quien salir! Creo haber escuchado muchas veces esa canción.

-        Reconozco que sí, pero no quiero que él sufra como sufrí yo. Tengo que encontrar la forma de curarlo. La idea de decirle que el avioncito, ese que le trajimos cuando regresé del sanatorio con Susy, era un regalo de su hermana recién nacida, no fue suficiente para lograr que la aceptara sin celarla.

-        Los celos no son una enfermedad fácil de curar.  Espero que cambie para que no sufra.

Llegó el día del cumpleaños de Willy y lo despertaron cantándole “Feliz cumpleaños” mientras le entregaban los regalos que la mamá había comprado.

Sus ojos se abrieron mostrando asombro y alegría al ver que en el exterior de las bolsas estaban escritos los nombres  de las más importantes marcas.

Tomó la primera y la abrió, sacando un jean. Luego, la segunda donde encontró una campera. Después la tercera, la cuarta y la quinta. A medida que lo fue haciendo su cara fue pasando por distintas etapas. La alegría que mostraba en el primer momento, se transformó, luego. en incredulidad y, finalmente, en disgusto.

La madre estaba atenta y esperando la reacción del hijo.

Éste no pudo contenerse más y dirigiéndose a sus padres, les dijo:

-        Espero que me estén cargando. No pensarán que voy a usar esta ropa con muñequitos y flores. Esto es para mujeres no para machos.

La madre, con mucha dulzura y una sonrisa, le contestó:

-        ¡No! Willy. No es una cargada. El mes pasado me dijiste que nunca te regalábamos cosas como las que le compramos a tu hermana y creí que te iban a gustar. ¿Son todas de marcas importantes como querías o no?

-        Las marcas son buenas, pero si uso esto, flor de cargada me van a hacer mis amigos.

-        Lamento que no haya acertado con tu gusto. Mañana iremos al shoping para ver si podemos cambiarlas por otras. Ahora levántate y baja. Te vamos a esperar para desayunar juntos.

Mientras Willy se vestía, los padres salieron de la habitación y se dirigieron al comedor diario.

Cuando se habían alejado lo suficiente como para que él no oyera lo que conversaban, el padre le comentó a la madre:

-        Tiene razón en decir que esa ropa no es para un muchacho. Las cosas son distintas a las de nuestra época de adolescentes pero...

Al decir esto notó que una sonrisa se estaba dibujando en la cara de su mujer y sólo pudo agregar:

-        ¡Ah! Ya entiendo...