El abuelo y la naturaleza

 

Había comenzado la primavera.

No hacía falta recurrir al calendario ni ser muy observador para descubrirlo. El sol se ofrecía como la mejor ofrenda que la madre naturaleza nos podía hacer.

Las plantas y árboles habían comenzado a florecer. Los rosales estaban cubiertos de pimpollos. Las azaleas habían cambiado el color verde que las acompañó casi todo el año, por el rosado de sus flores.

Los paseos al aire libre, tan limitados durante los meses anteriores, eran cosa de todos los días para aquellos que ya no tenían obligaciones que cumplir.

Los sábados por la tarde y los domingos, el parque se poblaba de niños con los padres y mascotas.

El abuelo Donato era uno de los tantos que disfrutaba la llegada de la primavera. Era la época del año que le permitía permanecer más horas en el parque cercano a su casa.

Evitaba ir los fines de semana porque los gritos de los niños y de los padres, y los ladridos de los perros, no le daban la tranquilidad necesaria para buscar en su mente recuerdos de los lindos momentos vividos en el pasado, cuando su existencia no era tan solitaria.

Los restantes días, si la lluvia no se lo impedía, pasaba horas recorriendo los caminos del bosque o sentado en uno de los bancos admirando las flores que adornaban los canteros, mientras su mente retrocedía en el tiempo.

Había aprendido a disfrutar y amar las plantas. Las consideraba seres vivos. Arrancarlas, para él, era algo impensable; era casi como matar un animalito.

También le complacía escuchar el canto de los pájaros.

A menudo, recordaba que durante su adolescencia, cuando todavía no conocía el verdadero valor de la libertad, concurría a algún campo de las cercanías de la ciudad para atrapar jilgueros y otros pajaritos cantores, que luego conservaba enjaulados en su casa, para seguir escuchando su trino.

Cuando lo pensaba, se culpaba por haber encerrado a esos animalitos que nacieron para ser libres y agradecía a Dios haberle hecho apreciar la diferencia entre el canto triste del prisionero y el alegre del que gozaba de su libertad.

Luego, venía a su memoria el día que llevó sus jaulas al parque y liberó a sus queridos pajaritos, para que pudieran disfrutarla.

Sabía que, después de tantos años, no serían ellos los que alegraban sus oídos, pero suponía que alguno de sus descendientes cantaban para él.

En otras oportunidades, añoraba la compañía de gatos abandonados que habían encontrado su habitat en el parque. Algunos habían llegado a reconocerlo y se le acercaban  porque sabían que, casi siempre, les llevaba comida.

Un día, nunca supo el motivo, ellos desaparecieron. Entonces, decidió alimentar a un grupo de palomas que, poco a poco, se le fueron aproximando y a las que terminó considerando sus nuevas amigas.

Una tarde, cuando el sol empezaba a esconderse, inició el regreso a casa.

Al llegar al gran portón de hierro, que separa el parque de la calle, se detuvo impresionado por lo que estaba viendo.

Su corazón se estremeció. La naturaleza le estaba jugando una mala pasada.  Un gato, que él no conocía, corría hacia el paredón que separaba el parque del colegio aledaño. De su boca colgaba una paloma, que todavía aleteaba.

Detuvo su marcha. Pensó que debía hacer algo. Quizás se tratara de una de sus palomitas. Quería salvarla, si todavía era posible.

¿Debía correr tras el gato para asustarlo y lograr que abriera su boca y la liberara?

¿Y si estaba tan herida que ya no podía salvarla y en lugar de ayudarla la obligaba a  sufrir una muerte más lenta y más cruel?

¿Tenía derecho a quitarle su comida a un gato que,  ante la falta de cuidados humanos, se la estaba procurando de la manera que su propia naturaleza le había enseñado? ¿Tenía derecho a entrometerse?

Mientras trataba de tomar una decisión que le pareciera justa, el gato, con su presa en la boca, llegó al paredón y lo traspasó por uno de los huecos, haciéndole imposible cualquier intento por salvar a la paloma.

Después de respirar muy profundo, como para inspirarse valor, el abuelo siguió caminando hacia su casa, sin  dejar de pensar en lo que había visto y de preguntarse si había actuado correctamente.

La madre naturaleza le había mostrado uno de sus costados dolorosos  poniéndolo en una situación muy difícil.

 

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