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El destino, que en el último año se había mostrado bastante mezquino conmigo, me estaba recompensando con la compañía de Linda y nuestros cachorros.

No me cansaba de darle gracias por tanta dicha. Lo que me  estaba sucediendo era algo que  había esperado durante mucho tiempo y me lo había otorgado en el momento menos pensado.

Nuestros hijos seguían creciendo, casi sin que nos diéramos cuenta, como dicen que les pasa a todos los padres.

Ya se habían diferenciado unos de otros, no sólo por su aspecto físico, sino también por su forma de ser. Uno de ellos, era el de mayor tamaño y, también, el más travieso.

Linda y yo lo mirábamos cuando hacía alguna travesura, pero no lo reprendíamos, salvo que fuera seguirme cuando me iba a buscar alimentos.

Hacerlo, le decíamos, era muy peligroso. Nunca sabíamos con quién podía encontrarse. A pesar de ello, siempre lo intentaba y Linda se veía obligada a hacerlo retroceder hasta nuestro refugio.

Un día, cuando me estaba acercando al bosque, noté que paraba un automóvil y no un camión. Me detuve. No sabía que clase de gente era la que llegaba.

Con los camioneros ya tenía una buena relación, aunque no fueran conocidos, pero con los automovilistas, no lo sabía.

Cuando se abrió la puerta del auto, vi que bajaban una señora y una niña de alrededor de diez años.

Eso me tranquilizó. Mi experiencia con los niños era de lo mejor.

Me hice ver, pero sin acercarme demasiado para evitar asustarla.

Cuando me divisó, extendió su mano hacia mí y dijo:

~        ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mira que encontré!

La madre le dijo:

~        ¡Es igual a Bonito! No te acerques no lo conocemos y puede no ser bueno como él.

~        Parece bueno.

~        ¡No te acerques! Déjame a mí.

La mamá comenzó a arrimarse con mucho cuidado.

Le hice ver que no tenía malas intenciones moviendo mi pequeña cola. Parece que lo entendió porque se puso a mi lado y comenzó a acariciarme.

No se imaginan lo lindo que me resultaba recibir mimos.

Parece que la mamá llegó a la conclusión de que yo no era un peligro, porque le dijo a la niña:

~        Rosita,  acércate. Es como decías. Es bueno.

La niña comenzó a hacerlo, pero, repentinamente se frenó y le gritó a su madre:

~        ¡Mamá! ¡Mira allá! ¡Qué lindo!

Dirigí mi mirada hacia donde señalaba la chica y no se imaginan que vi. ¡No podía creerlo!

Uno de mis hijitos, el travieso, estaba allí. Seguramente Linda no se había dado cuenta que me había seguido.

Ambas se arrimaron al pequeño y la nena lo tomó en sus brazos. Él temblaba un poco. Era la primera vez que veía un ser humano.

Las caricias parecen que hicieron efecto, ya que, poco después, dejó de temblar y se recostó sobre los brazos que lo sostenían,  como esperando nuevos mimos.

Me puse en guardia. Habían sido buenas personas, pero no sabía como actuarían con mi hijito.

Al rato, me tranquilicé porque noté que no tenían la intención de agredirlo, sino de mimarlo.

La mamá sugirió:

~        ¡Llévaselo a papá para que lo vea!

La niña lo hizo y él bajó del auto acercándose a nosotros, mientras preguntaba:

~        ¿Hay uno solo?

~        Sólo vimos a este pequeño y uno mayor.

~        Busquemos. Puede que haya otros.

~        ¡Pobrecitos! –dijo la chica- ¿Cómo hacen para vivir aquí? No hay ninguna casa cerca. ¿Dónde estará la mamá?

~        Ven. Vamos a ver si hay algo en ese galponcito –replicó la madre mientras señalaba hacia nuestro refugio.

Ambas partieron hacia allí. Yo no les perdía pisada. Cuando se aproximaron, Linda salió a recibirlas con cara de poco amiga.

Al ver que la niña traía en sus brazos a uno de nuestros hijos, se intranquilizó más.

Poco a poco, se fue calmando. Quizás haya sido porque me notó atento, pero no enojado. 

A mi lado se sentía segura y, generalmente, acompañaba mis reacciones. Si yo aceptaba a nuestros visitantes, también lo hacía ella. Si los rechazaba, me ayudaba a hacerlo.

Cuando la niña y su madre llegaron a nuestra casita, se acercaron a nuestros cachorros y dejaron junto a ellos al que se nos había escapado.

Eso hizo que Linda se sintiera más cómoda. Haberlo traído indicaba que no tenían la intención de dañarlos.

Poco después comenzó a acercarse a las mujeres tratando de conseguir las caricias humanas que tanto nos hacían falta. Movía su cola en una danza interminable. Frotaba su cuerpo contra las piernas de las recién llegadas y se retorcía indicando satisfacción con cada caricia que recibía.

Estoy seguro de que no hace falta que les cuente como pedimos que nos acaricien y demostramos nuestra alegría cuando lo hacen.

Cuando habían satisfecho los requerimientos de Linda, se arrodillaron junto a nuestros retoños y comenzaron a levantarlos y a acariciarlos.

Nosotros, más confiados pero siempre atentos.

Al rato, la niña le dijo a su madre:

~        Pobrecitos, qué solos están! No tienen a nadie que los cuide.

La madre, le contestó:

~        No están solos, sus padres los cuidan y fíjate cuanto lo hacen. Nos están vigilando por si les hacemos daño.

~        Pero ellos necesitan una casa y una familia que los proteja.

~        Tienen ambas cosas, como las tienes tú.

~        Si, pero no hay ninguna persona que los atienda.

~        Ya me estoy dando cuenta de lo se te está ocurriendo. Tendremos que conversar el tema con papá.

~        Vamos rápido. Él va a decir que sí.

Bueno... la próxima vez les sigo contando.

 

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El  travieso