Vida en familia

 

Los días iban pasando sin que me diera cuenta. La presencia de Linda y de nuestros cachorros habían cambiado mi vida.

Ya nada era igual: mi soledad no existía, porque estaba muy bien acompañado;  tampoco mi falta de responsabilidades, porque tenía a quienes proteger y, mucho menos, el apuro por seguir mi viaje, porque no pensaba dejarlos solos.

No podía jugar con Linda, porque ella estaba ocupada en amamantar y limpiar a nuestros cachorros, pero ya no sentía celos como al comienzo. Ahora disfrutaba viéndolos progresar día a día.

Viví cada pequeño detalle: Cuando fueron abriendo sus ojitos, cuando lograron pararse sin tambalear, cuando caminaron algunos pasos, etc. Todo era importante.

Salvo a mis hermanitos, cuando todos lo éramos, nunca había tenido pequeños a mi lado y éstos no sólo eran pequeños, sino que eran míos... y de Linda.

A la hora de buscar comida, ella se quedaba en nuestro hogar y yo me acercaba hasta los lugares donde sabía que podía encontrar.

Por suerte, siempre había lo suficiente para los dos.

 ¡Linda comía como nunca! 

Al parecer, el alimentar a los hijos hacía que necesitara comer mucho más. Ella, que anteriormente era de llevar muy poco a su estómago, engullía casi lo mismo o más que yo.

¿Que estoy diciendo engullir en lugar de comer y que refiriéndome a Linda es un poco grosero?

Puede ser, pero no se trata de una crítica, sino de contarles la realidad. Ella no comía solamente para ella, sino también para nuestros hijos, que se pasaban el día prendidos a sus mamas.

¡Cómo les gustaba!  ¡Eran insaciables!

Estábamos pasando un momento de tranquilidad y alegría, pero...  dicen que “siempre hay un pero”.

¡Y lo hubo!

Un mañana, muy temprano, oí el sonido que producen los caballos al galopar. Con mucho sigilo, me acerqué a la puerta de nuestro refugio.

Así pude observar que un paisano, montando un caballo, recorría los alambrados como buscando algo.

Supuse que alguien le había informado que había intrusos (nosotros) y que nos estaba buscando, pero parece que me equivoqué.

No se acercó donde estábamos, por lo que no nos vio. Pasó más o menos cerca, pero siguió su camino.

Cuando se había alejado bastante, oí un nuevo ruido. Miré y noté que un perro, al que no conocía, se acercaba olfateando el piso.

Seguramente el aroma que despiden nuestras damitas lo había atraído.

Lo que él no sabía era que con ella estaba yo, que no le iba a permitir acercarse sin sacar a relucir mis afilados colmillos.

Tan pronto como noté que estaba a diez o veinte metros de nuestro territorio, me hice ver y comencé a observarlo fijamente para que supiera que mi intención era  evitar cualquier intento de rozar a Linda y los cachorros.

Me miró asombrado. Supongo que él no tenía la menor idea de que estábamos allí, salvo por lo que su olfato le había indicado.

Se frenó de golpe. Comenzó a gruñir y ladrar.

Le hice notar que no me asustaba, contestándole sus ladridos y diciéndole:

~        ¡Ni se te ocurra acercarte! ¡No soy tranquilo y estoy dispuesto a pelear por defender mi familia!

~        ¿Familia? –contestó él.

~        ¡Sí! Linda y mis cachorros que están adentro.

~        No lo sabía y no tengo intención de molestarlos. Sólo sentí curiosidad por saber quién había estado por aquí.

~        Como te dije, estoy con Linda y mis pequeños hijos.

~        ¿No tienen casa ni familia humana?

~        Actualmente no tenemos.

Le conté rápidamente nuestras historias y él, entendiendo que no pensábamos causar problemas, se despidió con  estas palabras:

~        No te preocupes. No me molesta si siguen aquí un tiempo. Ahora me voy para evitar que vengan a buscarme y los descubran. En algún momento volveré a verlos. Suerte.

~        Gracias. Nos vemos.

Por mucho tiempo no volvimos a encontrarnos. Su casa quedaba muy alejada de nuestro refugio y sólo venía por allí cuando hacían una recorrida para controlar el estado de los alambrados y, por esa zona, no lo hacían a menudo.

Mientras tanto, nuestros cachorros seguían creciendo. De vez en cuando salían del galponcito y jugaban con Linda o entre ellos.

Sus juegos consistían en pequeñas corridas. A veces, hacían como que se estaban mordiendo, pero siempre sin lastimarse.

Los primeros días evitaba sumarme a sus juegos porque me daba miedo pensar que con mi enorme cuerpo podía llegar a aplastarlos.

Poco a poco, ese temor fue desapareciendo y me fui integrando a la jarana. Linda aprovechaba para tratar de hacerme rabiar.

Pero eso era imposible. Había estado esperando el momento de volver a nuestros juegos y ahora que había llegado no iba a arruinarlo.

Además, sabía que el atropellarnos, hacernos caer y darnos mordisquitos, era una forma de demostrarnos nuestro amor.

¡No hay duda que ambos nos amábamos!

A medida que crecían, nuestros retoños se iban animando a alejarse un poco más del  hogar. Si no había extraños en la cercanía, no nos preocupábamos y los dejábamos en libertad para hacerlo.

Cuando corrían peligro de ser descubiertos, Linda se ocupaba de llevarlos nuevamente a nuestro refugio para evitar disgustos.

Aunque no de buena gana, ellos obedecían y retornaban a su lugar. A veces, para lograrlo, Linda debía tomarlos con sus dientes de la piel del lomo, teniendo cuidado de no lastimarlos, y arrastrarlos adentro.

Cuando pasaba el peligro, les permitíamos salir nuevamente para seguir sus juegos.

Basta de cháchara por hoy. Los dejo.

 

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Nuestro refugio