Una pequeña amiga

 

Ese día había andado muchas horas. Como ya les conté, la tristeza de haber perdido a Linda y mis hijitos me había afectado y trataba de distraerme continuando mi camino, casi sin descansar.

Cuando noté que ya no podía seguir andando porque mis fuerzas no me lo permitían, resolví buscar un bosque para descansar un rato y, de paso,  ver si había algo para comer.

Esto último no era lo más importante, ya que mi estómago todavía no estaba protestando.

Advertí que algo más adelante había un grupo de árboles. Fui hasta allí y me eché a dormir, como se dice, con un solo ojo.

Siempre lo hacía así, ya que nunca sabía si me estaba esperando alguna sorpresa.

Al rato, me despertó un pequeño ruido. Presté atención. Volví a oír ese suave crujido.

Comencé a buscar de donde venía y a olfatear el terreno.

Así llegué hasta un tronco que estaba apoyado sobre el mismo. No sé si una tormenta o la mano del hombre, había cortado el árbol casi a ras del suelo.

Al revisarlo, me pareció notar un movimiento en una de sus puntas.

Me acerqué lentamente por si se trataba de algo peligroso y...

¿A que no saben con que me encontré?

Estoy seguro de que no lo van a adivinar si no los ayudo.

Bueno… a ver… ¿quienes fueron mis grandes  enemigos?

¡Sí! ¡Acertaron! Los gatos.

Lo primero que pensé fue defenderme atacando, pero antes de hacerlo recapacité y resolví no actuar de esa manera.

Tenía motivos para cambiar:

§         Estaba nuevamente solo en medio del campo y necesitaba amigos y no enemigos.

§         Mis enojos ya me habían traído muchos disgustos en la vida y no quería nuevos contratiempos.

Y en este caso, había una razón mucho más importante para no enojarme: No se trataba de un enorme gato, sino de una menuda e indefensa gatita.

Estaba escondida en un hueco del tronco, tratando de pasar desapercibida. Sólo se veía una pequeña parte de ella.

Su cabecita era de tres colores: marrón oscuro, beige y blanco. Su pecho, blanco, igual que sus patitas.

Era hermosa.

Cuando me acerqué, comenzó a temblar de miedo.

¡Me dio mucha pena! Me detuve y le dije:

-        ¡No tengas miedo pequeña! No te haré daño. No tengo que defenderme de ti. No creo que tengas intención de atacarme.

Ella me contestó:

-        ¿Atacarte? ¿Por qué? Me asusté. Eres muy grande y generalmente ustedes no son nuestros amigos, según decía mamá.

-        No te voy a mentir. Yo tampoco lo fui, pero ahora la situación es distinta. Estoy solo y necesito compañía.

-        ¡Igual que yo!.

-        ¿Y tu familia?

-        No lo sé. Nací cerca de aquí. Hace unos días, mamá volvió después de dar un paseo y nos dijo que había encontrado un lugar más cómodo y seguro para nosotros. Tomó uno de mis tres hermanos entre sus dientes y se lo llevó.

-        ¿Se llevó sólo a uno?

-        Su boca no le permitía llevar más de uno a la vez y no creía que estuviéramos en condiciones de seguirla caminando.

-        ¡Claro! A las mamás les cuesta admitir que sus hijos han crecido. Discúlpame. Te interrumpí.

-        Más tarde vino a buscar al segundo y, a continuación, a mi hermanita. Tuve miedo de quedarme sola y traté de seguirla, pero mamá tenía razón cuando pensaba que no podíamos hacerlo por nuestros propios medios. Enseguida me cansé y la perdí.

-        ¿Y volviste aquí para esperarla?

-        No supe regresar al lugar donde nací, así que, cuando vi este hueco, pensé que era un buen sitio para guarecerme.

-        ¿Y tu mamá nunca te encontró?

-        Al parecer no se dio cuenta de que yo la seguía y recién habrá notado mi ausencia cuando regresó a buscarme. Hasta este momento no volví a verla.

-        ¿Cómo haces para comer?

-        Siempre encuentro algo. No olvides que desde chiquitos aprendemos a cazar jugando.

-        ¡Cierto! ¡Lo había olvidado!

-        Te aseguro que esa no fue una gran dificultad. Mis problemas son: la falta de mimos;  el miedo a las cosas que no conozco, porque no tengo quien me defienda; no tener a mi lado alguien que me enseñe y, lo más importante, estar sola.

-        ¡Ahora me tienes a mí! Te prometo que trataré de ser como un hermano mayor. Puedo protegerte y enseñarte muchas cosas. También yo necesito mimos y compañía.

-        Pero... ¿dejarás a tu familia o no la tienes?

Le hice un breve relato de lo que me estaba pasando, incluyendo mi amor por Linda y la alegría de haber sido padre, pero omitiendo todo aquello que podía causarle dolor. Bastante tenía ella con lo suyo como para que le agregara mis problemas.

Al terminar, me dijo:

-        ¡Lo siento! Tu vida también es muy dura.

-        No te preocupes, pienso que pronto todo cambiará y volveré a ser feliz.

-        ¡Qué lindo sería!

-        Gracias. Pero, por ahora, debemos ocuparnos de organizar nuestra vida juntos. ¿Cuál es tu nombre?

-        Nunca me pusieron un nombre.

-        Voy a llamarte “Pequeña” porque lo eres. ¿Lo sabías?

Chicos, me despido por hoy. Espero que hayan disfrutado de este relato.

 

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