Una decisión

 

Había decidido proteger a  Pequeña, mi nueva amiga. Sabía que me necesitaba para poder sobrevivir.

Pero les aclaro que  su compañía también iba a ayudarme. Ya no estaría solo y eso es muy importante para cualquier ser viviente.

Me pareció que ella no debía dejar su refugio, ya que era un rincón bastante seguro. Se lo hice saber y comencé a  buscar un lugar cercano a ese para mí.

No era época de lluvia y tampoco hacía mucho frío, por lo que no necesitaba un techo ni nada semejante.

Casi pegado al hogar de  mi amiga, encontré otro que consideré que era el adecuado.

Cuando llegó la hora de comer, me di cuenta que allí no paraban los camioneros para descansar.

No me preocupé demasiado. Iría a buscar comida para ambos y volvería. Para Pequeña iba a ser bueno, ya que, muchas veces, en los camiones venían acompañantes, que, como yo anteriormente, podían no ser amigos de los gatos y, en caso de que la atacaran, me vería obligado a defenderla. 

Para mí, sólo iba a significar algo más de movimiento, lo que no sería malo para la salud.

Así comenzó nuestra vida en común. Durante el día, trataba de alegrarla jugando con ella. De paso, me servía como distracción.

Por la noche, al principio, cada uno dormía en su lugar. Después de unos días, Pequeña comenzó a colocarse a mi lado y dormíamos juntos como si hubiésemos sido amigos de toda la vida.

¿Podría alguien creer que King se había hecho amigo de una gatita?

Me imagino como se asombrarían aquellos que me conocieron antes de que empezara esta triste etapa de mi vida.

¡Cómo había cambiado! Casi me atrevería a decir que yo mismo no estaba seguro de que no se trataba de un sueño. Pero no lo era. Pequeña estaba allí y yo la protegía.

Una noche tuve un sueño muy especial. Soñé que me reencontraba con mi familia humana y que la alegría de todos nosotros era infinita.

Al despertar, miré a mi compañera.  Noté que, sin que me diera cuenta, ella había ido creciendo.

Pensé que era el momento de reiniciar mi viaje. Ella ya estaría en condiciones de cuidarse sola. Con pena,  le dije:

~        Pequeña, tengo que seguir mi viaje. Voy a tener que dejarte aunque me duele mucho hacerlo.

Ella, asombrada, me preguntó:

~        ¿Te vas a ir? ¿Me vas a dejar? ¿Cómo haré para seguir viviendo sin tu ayuda? ¿Quién me hará compañía?

~        No te apenes, ya está en condiciones de arreglarte sola. No me necesitas para sobrevivir y debo seguir buscando a mi familia.

~        No puedo creerlo. Me acostumbré tanto a tu compañía y ahora me quedaré sola.

~        Puede que consigas un compañero tan lindo como tú y puedas formar una familia.

~        ¿Dónde voy a conseguirlo? Por aquí no hay ni lindos ni feos.

~        Bueno... quizás alguien te lleve a su casa.

~        No me animo a acercarme a la gente ahora. ¿Cómo lo haría si no estás para defenderme?

~        Me quedaré uno o dos días más para que te vayas acostumbrando a la idea de que ya no voy a estar.

~        ¡Qué alegría!

Al día siguiente, cuando nos despertamos, fue ella la que se dirigió a mí para hacerme un pedido.

~        Lo estuve pensando y quisiera pedirte que, ya que te vas, me permitas acompañarte. No tengo ganas de quedarme sola otra vez.

~        ¡Estupendo! Es una muy buena idea. Eso me permitirá cumplir mis dos deseos: buscar a mi familia y seguir acompañado. Lo había pensado, pero me pareció muy egoísta pedirte semejante sacrificio.

~        ¡No será ningún sacrificio! Lo haré con mucho gusto. Estar a tu lado me da seguridad.

~        ¿Cuándo quieres partir?

~        Cuando tú lo decidas. Si quieres, ahora mismo.

~        Perfecto.

Como no teníamos cosas para juntar, ni valijas para armar, partimos de inmediato.

Sabía que ir con Pequeña me obligaría a descansar más y a poner más cuidado al elegir el camino y los lugares para descansar.

Ella era mucho más débil que yo, pero me tendría para defenderla.

Esto me serviría para estar más ocupado y no considerar como único objetivo de mi vida la búsqueda de mi familia.

Cuando llegó la hora de comer, se ocultó trepándose a un árbol para que no la vieran.

Me acerqué a un grupo de camioneros que estaban descansando bajo un grupo de árboles.

Como no me conocían y tampoco yo a ellos, todos nos quedamos observándonos. Cuando se dieron cuenta de que era lo que estaba buscando, me tentaron mostrándome un hueso.

No vale la pena explicarles que eso me atrajo como atrae un imán a los metales.

No me arrojé de golpe porque quise evitar asustarlos y perderme el almuerzo.

A medida que comía lo que me daban, me acercaban más alimento. Sin que se dieran cuenta, logré esconder algunos trozos para que mi amiguita pudiera comer.

Cuando ellos terminaron su almuerzo y se echaron a descansar, fui tomando de a uno los pedacitos que había escondido y se los fui llevando.

Al verme, bajó del árbol y comenzó a devorar gran parte de lo que le traje.

Se notaba que tenía necesidad de comer mucho (aunque no tanto como yo) para poder crecer.

Para no desperdiciar el alimento que dejó, y teniendo en cuenta que nunca podíamos contar con comida segura, decidí guardarlo en mi estómago.

¿Sonrisitas pícaras? ¿Querían que lo dejáramos allí?

Bueno... Después de engullir todo lo que pudimos, nos echamos a descansar un rato. Luego, resolvimos continuar nuestro viaje.

Aquí termino mi relato por hoy. Nos vemos.

 

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