Un reencuentro esperado

 

¡Hola chicos! Sigo  contándoles mi vida. No me gusta ponerlos triste, pero la etapa que les estoy narrando no fue de las mejores.

Bueno… empiezo.

Habían pasado algunas semanas desde el momento en el que me habían trasladado a ese campo.

Cada día esperaba que llegara mi familia y entre besos, caricias, lamidas (por parte mía), me dijeran:

-        Hasta soñaba con eso, pero, lamentablemente, terminaba el día y esa visita tan esperada no llegaba.

Un día, después de la hora del almuerzo, mientras estaba dormitando debajo del árbol cerca del cual me hallaba atado, oí un sonido que conocía y que me sonó a la mejor música, aunque no lo era. Se trataba del ruido del motor del auto de mi familia.

Ni bien lo vi, traté de correr hasta allí, pero la cadena con la que estaba atado no me lo permitió.

Cuando el auto se acercó a la casa, José y su familia salieron de ella.

Del auto bajaron el papá y los dos chicos, que, como ya les conté, hacía un tiempo que se habían transformado en dos jovencitos.

El papá se acercó a los dueños de casa para saludarlos, mientras los muchachos corrían hacía donde estaba yo.

Lo que viví fue algo tan especial que nunca voy a poder olvidarlo.

Ni bien llegaron a mi lado, me paré sobré mis dos patas traseras, tratando de abrazarlos con las delanteras. Pasé mi lengua por sus caras, orejas, mordí suavemente sus manos.

Ellos, con lágrimas en los ojos, me abrazaban y besaban, demostrando que no me habían olvidado, mientras decían:

-        King, te extrañamos mucho. Te queremos con nosotros.

Cuando estábamos algo más tranquilos, me quitaron la cadena y pude acercarme al papá.

Las mutuas demostraciones de cariño fueron las mismas que con los jovencitos.

Cuando éstos me llamaron diciéndome:

 -   Vamos a jugar, King.

No necesitaron repetirlo. Estaba esperando ese momento más que el de mis comidas diarias, que ya no eran esas exquisiteces que la mamá preparaba especialmente para mí.

 Ahora me daban carne, pero no la mezclaban con tantas cosas ricas. Además, tenía que defenderla de los otros dos perros que, hasta el momento, no habían aceptado mi presencia en su casa.

No dejaban de tener razón. Posiblemente, en su caso, yo hubiese hecho lo mismo.

Tampoco dormía dentro de la casa, sino en una casita que me habían fabricado con algunos ladrillos y una chapa.

Bueno… vuelvo a contarles sobre el reencuentro.

Como les dije, lo jovencitos me soltaron y comenzamos a correr por el campo. A veces ellos detrás de mí, como si quisieran alcanzarme. Otras, yo detrás de ellos, como amenazándolos.

Cuando nos encontrábamos en una de las vueltas, me abrazaban mientras me retorcía de placer por estar juntos nuevamente.

Y… saben, me habían traído un juguete nuevo. Una pelota de goma bastante fuerte como para que no la pudiera romper con el primer mordisco.

Jugamos hasta que nos cansamos. La tiraban y yo iba a buscarla y corría con ella en la boca hasta que lograban quitármela.

Quitármela es una forma de decir, porque sólo lo conseguían  cuando yo lo decidía, aunque trataba de que no se dieran cuenta de que era así.

 Realmente disfruté de estos juegos como nunca y, por lo que vi, me parece que a ellos les pasó lo mismo.

Cuando el sol ya estaba escondiéndose en el horizonte, oímos la voz del papá, que nos llamaba.

-        ¡Vamos! Ya es hora de volver a casa. Mamá nos espera.

Los jovencitos fueron acercándose al grupo de personas, mientras me decían:

-        Vamos, King. Nos tenemos que ir.

Nunca fui más obediente que en ese momento. Estaba seguro que me llevarían con ellos.

Cuando nos acercamos, el papá le dijo a José:

-        Ya es tarde. Tenemos que volver. Muchas gracias por todo.

José respondió:    

-        No tiene nada que agradecer. Espero que tu esposa se reponga.

Luego todos saludaron a José y su familia y…

Bueno… por hoy he terminado mi narración. Los dejo con la intriga. La próxima vez  les sigo contando.

 

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