Un nuevo día

 

¡Aquí estoy! He vuelto para atormentarlos con mi charla. ¡Espero que no digan que sí! Me pondría muy triste.

Sigo contando.

Durante la noche, la tormenta desapareció sin que me diera cuenta.

Parece que el estrés que me produjo ver que se desataba el temporal me cansó mucho.

Al despertarme y asomarme, noté que era un día de sol y que ya estaba bastante alto, por lo que supe que no era temprano.

Miré alrededor por si había algo para comer. No había nada. Resolví volver al camino antes de que llegara la gente que, probablemente, trabajaba allí.

No quería tener ni ocasionar problemas. Ya había tenido bastantes en mi vida y ahora sólo pretendía encontrar a mi familia.

Me acerqué a la ruta y, después de comprobar que allí tampoco había nada que comer, comencé a caminar.

Anduve varias horas sin encontrar bosques, camiones estacionados, ni nada para desayunar. Eso me llamaba la atención. No era lo que pasaba hasta ese día.

Cerca del mediodía, noté que el camino se estaba estrechando y que estaba llegando a un pueblo que no conocía.

Entonces me di cuenta de que al salir del galpón había equivocado el rumbo.

Me puse a pensar que hacer y decidí que iba a tener que volver hasta allí. Pero como tenía bastante apetito, se me ocurrió que era mejor llegarme hasta el pueblo.

Donde vive más gente, es probable hallar desperdicios que nos sirven para alimentarnos e, incluso, encontrar personas que estén dispuestas a ayudarnos.

Era un pueblo chico. Sólo tenía algunas manzanas. Las casas eran bajas, no muy grandes, pero con enormes jardines llenos de árboles, césped y flores. La mayor parte de las viviendas estaban alineadas a lo largo de la calle principal, que era la que estaba utilizando para ingresar al mismo.

En casi todas había guardianes que,  ni bien me divisaban, comenzaban a ladrar para ahuyentarme, sin saber que no estaba dispuesto a atacar a nadie, salvo para defenderme.

Tampoco tenían idea de que no pensaba quedarme allí porque estaba buscando a mi familia. Estoy seguro que si no hubiese sido por eso, el pueblito hubiese sido un lugar ideal para pasar lo que me quedaba de vida.

Cuando atravesé los primeros doscientos o trescientos metros, observé que se abría la puerta de una de las casas y salía una niña.

Al verme, se quedó como petrificada. Puede que al enfrentarse con un desconocido se haya asustado.

A los pocos segundos reaccionó y comenzó a hablarme con cariño. Moví mi pequeña cola en señal de alegría y esperé sus caricias.

Se acercó, me hizo algunos mimos que agradecí lamiendo sus manos. Al rato, entró a la casa y regresó con dos recipientes: uno con comida y otro con agua.

Los dejó sobre el césped del jardín y me invitó a ingresar.

Yo le había tomado confianza, pero no tanta como para animarme a hacerlo. Nunca pude olvidar aquella oportunidad en la que, con comida, me tentaron para entrar en una vivienda y recién me permitieron salir cuando les ocasioné varios problemas.

Tenía temor de que me ocurriera lo mismo y, aunque me gustara quedarme allí, no estaba dispuesto a dejar de buscar a mi familia.

Parece que la joven me entendió porque tomó ambos potes y  los llevó a la calle.

Allí comí con mucho apetito, tanto que no me acordé de agradecer hasta que terminé el último bocado.

Cuando lo hice, me acerqué a aquella buena niña y le demostré mi reconocimiento de la manera que solemos hacerlo cuando hemos recibido un trato como el que me dieron.

Al rato, con nuevas demostraciones de agradecimiento, comencé mi camino de regreso hasta el galpón en el que me había refugiado durante la tormenta.

Desde allí iba a tener que buscar la senda  de la que me había separado en un momento de distracción.

Bueno… hoy espero haberles relatado momentos menos duros que los anteriores.

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