¡Sorpresa!

 

¡Hola! ¡Hola! Aquí estoy.        

Bueno... como les dije la última vez que nos vimos, llegamos a la casa que suponía que sería mi nuevo hogar.

Después de atravesar el portón que se abrió  y se cerró mágicamente, el auto se detuvo delante de otro portón.

Seguramente se había acabado la magia porque ese no se abrió solo como el otro. Descendieron todos del auto y me invitaron a hacer lo mismo.

Bajé y me quedé embelesado mirando el jardín que estaba a un costado de la casa. No era grande como el del chalet donde habíamos vivido antes. Más bien, era pequeño, pero estaba lleno de hermosas flores.

Cuando vi que los niños y sus padres ingresaban a la casa y que, también, lo hacía Pequeña, que todavía estaba acurrucada en los brazos de la niña, no esperé que me invitaran y fui tras ellos.

Estaba ansioso por conocer el lugar. Una vez adentro, comencé a curiosear los cuartos más cercanos.

De pronto, algo me detuvo. ¿Se imaginan que pudo haber sido? No creo que logren saberlo si no se lo cuento.

Bueno... fue una pequeña cosa blanca y negra. ¿Tampoco ahora se imaginan que era?

¡Sí! ¡Acertaron! ¡Una gata! No era tan jovencita como Pequeña y, tampoco, tan amigable.

Quise acercarme a ella para hacerme amigo, como lo era de Pequeña, pero se paró frente a mí, levantó su lomo y refunfuño haciéndome saber que no quería tener ningún tipo de contacto conmigo.

Pensé que no era el momento para pelear con nadie. Estaba demasiado emocionado para ocuparme de eso.  Regresé al lado de la familia.

Uno de los niños, que había visto la escena, se acercó y le hizo algunas caricias mientras le decía:

~        No tengas miedo, Juli. King es un amigo y no te va hacer daño. Todos nosotros te vamos a seguir queriendo. 

Parece que ella estaba enojada, porque se dio vuelta y se fue a la que, según supe después, era su habitación.

El niño, mientras me acariciaba, me expresaba

~        ¡Tranquilo King! Juli va a aprender que no quieres hacerle daño y te va a aceptar. A ella también la rescatamos de la calle y estuvo mucho tiempo sola con nosotros. Le cuesta entender que no dejaremos de quererla. ¿Sabes de que hablamos? ¿No?

Enseguida supe a que se refería.

¡Cómo no iba a saberlo! ¡Yo había sido el rey de los celosos!

Digo había porque la vida me había enseñado muchas cosas y, entre ellas, que no debía serlo y aceptar compartir el cariño con otros.

Seguramente, Juli no había visto a Pequeña, porque ni siquiera miró hacia donde ella estaba.

¿La aceptaría? ¿La cuidaría como se cuida una hijita?

Esperaba que así fuera. Pequeña era tan dulce y menudita que inspiraba ternura.

Decidí olvidarme de todo eso por el momento y dedicarme a mi familia y a reconocer mi nuevo hogar.

Después de una nueva sesión de mimos mutuos entre ellos y yo, comencé la recorrida.

Mi primera intención fue seguir hacia el fondo de la casa, pero eso no era posible. Para hacerlo, tenía que pasar por lo que luego supe que era el lavadero y esa era la habitación de Juli.

Cuando vio que me asomaba, comenzó nuevamente a protestar. Yo seguía tratando de conservar la calma y vivir en paz, así que di marcha atrás y volví a la cocina.

Desde allí, salí al patio. Era muy grande, especial para jugar y tomar sol.

Pero... voy a ser sincero, cuando lo vi temí que ese fuera mi nuevo lugar de estar. No iba a negarme, si así lo decidían, porque había aprendido que lo mejor que podía hacer era portarme bien para conservar  a los que tanto quería.

Pequeña, un poco temerosa, cuando la dejaron sobre el piso, se me acercó y me siguió a todos lados. Ella nunca había tenido contacto con mi familia hasta ese día y, aunque le había contado mucho y bueno sobre ellos, no dejaba de ser desconfiada y asustadiza como todos los de su especie.

Un rato más tarde, el papá y la niña ascendieron al auto y partieron.

Los niños me invitaron a salir al patio con ellos y comenzaron a jugar con una pelota, tratando de que yo me les uniera. No tuvieron que esforzarse mucho para lograrlo.

¡Cómo había extrañado esos juegos! Ahora eran una realidad.

Pequeña nos había seguido, pero se había ubicado en un rincón. Ella no estaba acostumbrada a tanto movimiento y, quizás, sintió miedo.

Ya lo haría, como me había sucedido a mí.

Al oír el ruido del motor del auto, los niños dejaron de jugar y entraron a la casa. Pequeña y yo los seguimos.

Cuando el papá y la niña descendieron, todos se acercaron a ellos y les preguntaron:

~        ¿Consiguieron todo?

~        Sólo una parte. Mañana traerán el resto.

Como comprenderán, yo no tenía ni idea acerca de que hablaban. Sólo lo entendí cuando vi que bajaban dos bolsas con alimentos. Una grande y otra pequeña.

En la primera, había una foto de un perro. En la otra, la de una pequeña gatita.

Además, traían dos platos grandes y dos chicos.

Uno de los niños le preguntó al padre:

~        ¿Por qué trajiste comida para la gatita? ¡Tenemos la de Juli!

~        No, la de Juli no sirve. Ésta es para gatos pequeños y la otra para adultos.

~        ¡Ah! ¡Qué complicado!

~        Cuando ustedes eran bebés no comían milanesas ni papas fritas. Con ellos pasa lo mismo, aunque no se trate de milanesas y papas fritas.

Así, entre charlas, mimos y juegos, siguió nuestro día.

Juli, mientras tanto, seguía en su refugio, aunque de vez en cuando se asomaba, protestaba y se retiraba.

Bueno, los dejo. Nos vemos.

 

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Juli en el jardín