Solo otra vez

 

¡Aquí estoy! ¿Me extrañaron? ¿Qué los dejé intrigados? Quería que me esperaran y creo que lo logré. ¡Soy un maldito!

Voy a darles el gusto. Les sigo contando.

Después de saludar, los muchachos se fueron acercando al coche y yo, por supuesto, junto a ellos.

Estaba seguro que no volverían a dejarme. Ya habíamos sufrido demasiado.

Cuando abrieron la puerta intenté subir para irme con ellos, pero el papá, con pena y acariciando mi cabeza,  me dijo:

-        No, King. No vas con nosotros. Te queremos pero no podemos llevarte.

y le pidió a los jovencitos:

-        Despídanse y suban al coche. Es tarde y mamá nos espera.

Ellos se despidieron de José y su familia. Después, se acercaron a mí, me abrazaron y me besaron como pidiéndome perdón por volver a dejarme.

Yo, no entendiendo nada de lo que pasaba, seguía retorciéndome de placer con cada caricia que me hacían.

Uno de ellos, con lágrimas en sus ojos, me dijo:

-        King, como te dije, te queremos. Tenemos que dejarte aquí un tiempo más. En el departamento no hay un lugar donde tenerte. Sufrirías mucho. Ya vamos a encontrar una solución para tenerte más cerca. Sólo un poquito más de paciencia.

Como saben, en ese entonces no tenía el don de la palabra. Si lo hubiese tenido, le hubiese contestado:

-        No importa que no tengan lugar. Nada me va a hacer sufrir más que estar lejos de ustedes. Llévenme y me haré un bollito. Me las voy a arreglar para dormir donde me digan. Sin jardín puedo vivir, pero sin ustedes no.

Pero no era posible hacérselo saber si no era a través de mis acciones.

El papá y los muchachos subieron al auto y cerraron las puertas. Yo quedé como petrificado, mirándolos.

Cruzaron la tranquera y salieron a la ruta.

Recién en ese momento me di cuenta de que, con tanto alboroto, se habían olvidado de atarme con la cadena.

Decidí correr tras ellos y comencé a hacerlo sin tener en cuenta a José que me gritaba:

-        King. Maldito. Vení. Me estás haciendo quedar mal.

El auto se había alejado mucho, pero había visto la dirección en la que iba, por lo que pude seguir persiguiéndolos.

Seguramente ellos no habían visto lo que pasaba, sino hubiesen vuelto para llevarme.

Corrí y corrí. Pasé por varios campos donde había vacas y caballos. No pude alcanzarlos.

Caí extenuado. Busqué un charco. Bebí agua y me recosté a dormir.

Lo hice durante toda la noche. A la mañana siguiente, me puse a pensar que hacer.

Ya no podía ir detrás de mi familia. No sabía como hacerlo. Sólo me quedaba regresar al campo de José y esperar que alguna vez volvieran a buscarme. Decidí hacerlo

Por suerte no me había desorientado. Lentamente emprendí el regreso. Cuando llegué, agaché la cabeza como pidiendo disculpas.

Uno de los hijos de José me vio y lo llamó gritando:

-        ¡Papá! ¡Papá! Volvió King.

José salió corriendo de la casa. Se acercó a mí, me tomó del collar y dándome un chirlo en la nalga trasera, me dijo:

-        ¡Maldito! Me hiciste volver loco. Nunca más vas a escaparte.

 Tomó una cadena más corta que la anterior y, en lugar de engancharla en el poste en el que estaba, lo hizo en un alambre que estaba tendido entre dos árboles.

De esa manera perdí gran parte de la libertad que tenía y, para colmo, me había ganado el odio de José.

Seguramente él nunca entendió el amor que me unía a mi familia. Sus perros no habían sido criados de la misma manera que yo.

Ellos jugaban con sus niños. Los había visto y los había envidiado porque yo ya no podía hacerlo, pero jamás los había visto recibir caricias de José o de su esposa como yo las recibía de la mamá y el papá.

Creo que por hoy ya les conté demasiadas tristezas. Nos vemos.

 

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Mostrando mi tristeza