Soledad

 

Como les dije, Linda se había ido de mi vida de la misma forma en la que había llegado.

Junto con ella, se habían llevado a mis pequeños. Después de haber estado tan acompañado, la soledad se me hacía insoportable.

Volví al refugio en el que habíamos vivido hasta ese momento, pero no  pude permanecer allí. Los recuerdos me atormentaban.

Resolví abandonarlo y utilizar, para mi descanso, el  bosque cercano. En ese lugar esperaría hasta que, un día, de acuerdo a  lo que le habían prometido a la niña, volvieran a buscarme.

Las horas no pasaban nunca. Cada día me parecía una eternidad. No tenía apetito. Sólo comía cuando me sentía mal. Mi piel colgaba cada vez más de mis huesos.

La tristeza me estaba consumiendo hasta que, un amanecer, al despertar, comencé a reaccionar. Pensé qué pasaría si volvieran a buscarme y me vieran así.

Seguramente iban a pensar que estaba enfermo y no se arriesgarían a llevarme con ellos.

¡No! ¡Tengo que volver a comer y correr! –me dije- No puede ser que mis patas casi no me puedan sostener. ¿Qué estoy haciendo? Hasta los camioneros que me conocieron en viajes anteriores evitan acercarse a mí. Tienen miedo de que les contagie alguna peste.

Logré sobreponerme, sin dejar de sufrir por tanta ausencia. Iba a conservarme vivo y sano hasta que lograra unirme nuevamente a Linda.  Ella se lo merecía por haberme dado tanto.

Los días siguientes, comencé a comer aunque no tenía apetito. Poco a poco lo fui recuperando.

En los momentos en los que no había nadie en las cercanías del bosque, me dedicaba a hacer ejercicio corriendo enormes carreras desde un punto a otro o dando vueltas alrededor de uno imaginario.

Cuando noté que mi cuerpo había llegado a estar en el estado en el que estaba antes la separación,  decidí ir acercándome a quienes paraban en el bosque para comer y descansar.

Descubrí que ya no me rechazaban, sino que me acariciaban y me dejaban que yo lo hiciera. Eso me reconfortó. Estaba sólo, pero no tanto. Había conseguido cierta compañía, aunque ésta fuera momentánea.

En dos o tres oportunidades, me invitaron a subir al camión, con la idea de llevarme con ellos. No lo acepté aunque iban en la dirección en la que yo lo hacía antes de conocer a Linda, cuando iba al encuentro de mi familia humana. Quería seguir esperando por si me venían a buscar.

Pasaron muchos días y nadie vino por mí. Empecé a tentarme con la idea de reiniciar mi viaje.

Un amanecer, al despertarme, tomé la decisión. Ese sería el día. Y lo hice.

Ya alejado de Linda y mis cachorros, de aquel refugio en el que pasamos juntos momentos tan lindos, volví a mi vida de trotamundos.

Estaba dispuesto a recobrar alguna de mis dos familias: Linda y mis cachorros o la humana.

Si era posible, recuperaría a ambas. Esta esperanza sería la que me iba a permitir seguir luchando.

Creo que el haberme fijado una meta, posible o no, fue lo mejor que me podía haber pasado para reponer mi ánimo.

Les mentiría si les dijera que con esto me olvidé de todo lo malo que me había pasado. Eso no sería verdad. Seguía algo triste, nostálgico... pero con esperanzas y tratando de juntar fuerzas para continuar.

En más de una oportunidad, me pareció ver pasar el auto con el que se habían llevado mi familia, pero al acercarme al borde de la ruta comprobaba que se trataba de alguno parecido y no del mismo. Otras veces, ni siquiera era alguno similar. Sólo se trataba de una de esas tretas que nos prepara la imaginación cuando estamos muy deseosos de algo.

Después de haber caminado algunos días, comencé a atravesar pequeños pueblos. Trataba de no parar en ellos. Lo hacía únicamente cuando no había conseguido comida y tenía necesidad de recurrir a los desperdicios de las casas.

En lo posible, evitaba hacerlo por dos motivos. El primero era que, generalmente, había allí guardianes y no tenía ganas de pelear. Ya había tenido suficientes problemas.

El segundo, era que tenía, entre mis recuerdos, los problemas de salud que me había provocado comer basura en aquel tiempo en el que me encontraba perdido en la costa del mar.

Por todo eso, prefería mantenerme alejado de los pueblos y comer con los viajeros.

Era comida fresca y, en muy raras ocasiones, llevaban sus perros con ellos.

Llegó la hora de irme. Nos vemos.

 

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