Secuestro

 

¡Hola chicos! Nos volvemos a encontrar. ¡Qué lindo!

Si les pareces bien, hoy les voy a contar algo que me hizo vivir algunos momentos terribles.

Como sabrán, los perros somos algo enamoradizos y, por lo tanto, bastante infieles. Nos gustan todas las perritas, aunque tengamos una al lado nuestro, como era mi caso. Puede que no esté bien, pero es parte de nuestra naturaleza.

Un hermoso día de primavera, mientras estaba tomando sol junto a la cerca, vi pasar a una de ellas. Me pareció hermosa y, enseguida, tuve la intención de conquistarla.

Aprovechando que nadie me estaba vigilando y que Gypsy se encontraba dentro de la casa, pasé por encima de las rejas, que no eran muy altas, y me fui tras ella.

Deambulamos por muchas calles. Ella adelante y yo corriendo tras ella. Parece que le gusté.

Si,  ya sé. Otra vez mi falta de modestia. Pero… en fin, así fue. Estuvimos un rato largo haciéndonos mimos, como sabemos hacerlo nosotros, hasta que ella decidió que era hora de volver a su casa.

Yo seguía a su lado, hasta que un niño la vio y le abrió la puerta para que entrara. Quise seguirla, pero me lo impidieron.

Estaba algo cansado y, cosa rara en nosotros, también perdido. Con tanta emoción por lo que había pasado, ya no sabía si estaba cerca o lejos de mi casa.

¡Ah!  Y tenía un hambre que hubiese sido capaz de cualquier cosa para lograr comida.

Tratando de descansar un poco para luego buscar el camino de regreso, me tiré junto a un umbral.

Al rato, se abrió la puerta y salió una señora mayor de dulce aspecto, por lo que no me inspiró ningún recelo.

Cuando me vio, se asombró. No esperaba encontrarse conmigo. Pero, parece que le agradé y que no tuvo temor, porque se acercó y me hizo algunas caricias.

Después, me acercó un plato con agua y algunos trozos de carne.

¿Qué más podía pedir?

Más tarde, abrió la puerta y, tentándome con otro trozo de apetitosa carne, me hizo entrar.

Enseguida cerró la puerta. Engolosinado con lo que me estaba dando, ni siquiera pensé en cual podía ser su intención.

En esa época, los secuestros de personas y animales no eran comunes, aunque si lo hubiesen sido, no me hubiese enterado. No tenía la capacidad de leer diarios, ni de ver televisión.

Al rato, cuando ya había llenado mi panza y descansado lo suficiente, pensé en volver a casa, donde me esperaban Gypsy y mi familia.

Me acerqué a la puerta, esperando que la amable señora la abriera, pero parece que esa no era su intención.

Comencé a ponerme inquieto y tratar de saltar el cerco, pero era una pared muy alta y no podía.

Me puse furioso y comencé a ladrar y mostrar mis dientes, esperando que se asustaran y me permitieran salir.

La mujer volvió a acariciarme y a darme comida, para ver si me calmaba.

Cuando me cansé, me volví a dormir. Casi sin darme cuenta, llegó la noche y el otro día.

Al amanecer, comencé nuevamente a gruñir y ladrar para que me dejara salir. No me dio resultado.

Pasé un día más sin lograr que me soltara.

Seguí ladrando, llorando y gruñendo, pero no conseguí nada.

Viendo que todo era inútil, sólo pensé en hacer algo, como para que se diera cuenta de que no era un perro faldero, sino uno con un carácter muy fuerte, al que no era fácil dominar.

De esa manera, iba a lograr mi libertad.

Por la noche, mientras ella dormía, decidí actuar.

Sé que no les va a gustar lo que les voy a contar, pero piensen en la situación en la que me encontraba.

Todo era muy lamentable. Había confiado en ella, pensando en que deseaba ayudarme y terminó queriendo alejarme de todo lo que yo quería.

Bueno… Cuando se fue a dormir, me acerqué a un galpón, donde la mujer, que criaba unos animalitos que creo que se llamaban chinchillas, los tenía guardados.

Una vez allí, rompí varias jaulas, tomé algunas chinchillas entre mis dientes, para que hicieran mucho ruido.

No quería lastimarlas porque ellas no tenían la culpa, pero yo ya estaba tan enojado que no podía razonar.

El alboroto fue terrible. Yo corría entre las jaulas y las tiraba al piso. Cuando las jaulas se abrían, los animalitos se escapaban y yo corría detrás de ellos.

Tanto ruido, despertó a la mujer. Vino a ver que pasaba. Cuando vio el estado de las cosas, se tomó la cabeza entre las manos y comenzó a llamar a su hija que estaba durmiendo en la habitación.

Me sacaron del galpón y, luego de conversar entre ellas, decidieron abrir la puerta de calle para que pudiera salir.

Sus caritas me demuestran que, si bien no están de acuerdo con lo que hice con los pobres animalitos, se han dado cuenta de que algo tenía que hacer para lograr lo que quería y me correspondía: mi libertad para volver a mi hogar.

Bueno… Cuando salí de la casa, di algunas vueltas y, al fin, pude encontrar mi casita, que no estaba a más de tres cuadras de ese lugar.

Tanto mi familia como Gypsy demostraron su alegría al verme.

Los niños, que estaban por partir hacia el colegio, no lo hicieron sin hacerme un montón de demostraciones de cariño. No sé si fue el fruto de mi ego o fue realidad, pero me pareció ver lagrimitas de alegría rodar por el rostro de algunos de ellos.

Cuando estuvimos solos, Gypsy me comentó que me habían estado buscando por los alrededores. Incluso ella, a la que no le gustaba la calle, había sido llevada por mi familia para ver si me ubicaba.

Seguro que pasaron delante de la casa donde me encontraba secuestrado, pero la pared que la cercaba no nos permitió vernos.

Bueno… para ser honestos, como les comenté, no se trató realmente de un secuestro, ya que no fui llevado por la fuerza, sino por mi terrible amor por las comidas y, especialmente, la carne.

Por hoy, es suficiente. Nos vemos.

 

chinchilla

Chinchillas