Se cumple un sueño

 

¡Llegué! Espero  que no estén enojados por haberlos dejado con la intriga.

Como les decía, cuando pensaba que se acercaba la hora del regreso, tuve una sorpresa muy especial.

¿Se imaginan cuál fue? Seguro que sí. La sorpresa tan especial no fue otra que la llegada de Morita.

Antes de su arribo, me sentía un poco cansado. Era un día caluroso y la hora del almuerzo estaba acercándose. No obstante, al verla, el cansancio desapareció, dejé de sentir calor y mi corazón dio un vuelco.

¡No lo podía creer! Ella estaba allí. Ya no nos íbamos a mimar a través de la reja, sino uno junto al otro. Ustedes saben con que ansiedad esperaba tenerla junto a mí, sin nada que nos separara.

Corrí hacía ella, a gran velocidad, mientras Morita hacía lo mismo para llegar a mi lado. Cuando estábamos muy cerca, ella se detuvo y se puso en actitud de espera.

¿Saben como es? Se agachó, colocando sus patas traseras y su pancita sobre el piso, sus extremidades delanteras estiradas hacia el frente y la cabeza apoyada sobre ellas.

Al ver eso, me dije:

-        ¿Qué le pasa? Hoy que nos encontramos aquí no viene a hacerme caricias. ¿Qué se habrá creído? ¿No será que conoció a otro que le gustó más?

Estuve a punto de retroceder, dejándola así. Pero enseguida me di cuenta que lo estaba haciendo para coquetear. Me aproximé y comencé a mimarla.

Me respondió, lo que confirmó lo que yo pensaba. Ella se sabía linda y trataba que le demostrara que sabía apreciarlo. Y yo no tenía ninguna duda con respecto a su hermosura, así que seguí tratando de conquistarla.

Ella comenzó a correr, invitándome con su actitud a que hiciera lo mismo. Correteamos juntos un largo rato.

A mis amigas no les gustó nada que me olvidara de ellas y me dedicara sólo a Morita, así que comenzaron a mirarla con enojo o envidia. ¡No lo sé!

Mis amigos, reaccionaron distinto. Querían acercarse para jugar con ella, pero, sin enojarme, les hice sentir que no estaba de acuerdo con esa idea. Parece que lo entendieron porque se quedaron mirando como nos entreteníamos y no se arrimaron.

Cuando dejamos de jugar, nos acostamos uno junto al otro y volvimos a darnos besitos y a lamernos mutuamente nuestras trompas. Como sabrán, esa es nuestra forma de acariciarnos.

Luego, ella me invitó nuevamente a jugar, comenzando a correr en círculos a mi alrededor. No tardé en aceptar la proposición y la seguí.

Viendo lo que sucedía, me entusiasmé y traté de lograr algo más que jugar. Estaba decidido a formar una pareja con ella.

Quería hacérselo entender, pero parecía no tener la menor intención de seguir mi juego. Opté por pararme frente a ella, hacerle caritas, lamerla y, hasta, morderle suavemente sus patas traseras. Ella volvía a correr, alejándose y acercándose. Era como si, con su postura, me dijera:

-        Deseo ser  tu amiga. Me gustas y te quiero, pero no me pidas nada más. No es el momento para otra cosa.

Contrariamente a lo que yo pensaba, terminé por aceptar su decisión. Ya llegaría el momento de volver a probar si podía obtener algo más. Ya había pasado por eso con Linda. ¿La recuerdan?

Después de habérselo propuesto varias veces, había logrado lo que quería y habíamos sido padres de hermosos cachorros.

¿Qué habrá sido de Linda y de nuestros hijitos? Nunca más supe de ellos.

Cuando menos lo esperábamos, oímos algo que no nos gustó. Nos dijeron:

-        Debemos volver a casa. Se hizo tarde y tenemos que almorzar. ¡Vamos King!

-        Si, yo también me tengo que ir.

Hice como que no había escuchado nada y comencé a correr nuevamente, pero una nueva orden me hizo detener:

-        ¡King! ¡Aquí!. Nos tenemos que ir. Ya volverás a encontrarte con Morita.

Al mismo tiempo, escuchamos:

-        ¡Morita! ¡A casa! ¡Es tarde!

Así nos dimos cuenta que sólo podíamos hacer una cosa: obedecer las órdenes.

Caminamos juntos una cuadra y, luego, nos separamos, tomando cada uno su camino.

Al día siguiente, volvimos a encontrarnos en el parque. Parece que era otro de esos días especiales en los que no se trabaja.

Esta vez, ella llegó antes que yo. Cuando me vio corrió hacia mí. Tan pronto como me quitaron la correa, comencé una vertiginosa carrera para llegar a su lado.

Casi no me ocupé de mis otros amigos. Más tarde lo haría. Pienso que ellos lo entendieron, porque lo aceptaron sin demostrar enojo.

Con las amigas no fue lo mismo. Algunas trataron de acercarse, pero parece que Morita era celosa, porque enseguida les demostró su desagrado con ladridos amenazantes.

Estuvimos un largo rato jugando solos, pero más tarde nos fuimos integrando al grupo. El amarnos como nos amábamos no significaba que no pudiéramos compartir nuestro tiempo con nuestros amigos. Sólo debíamos conseguir que ellos entendieran hasta donde podían llegar.

Continuamos juntos hasta que llegó la hora del almuerzo. Después, tuvimos que separarnos y regresar cada uno a su casa.

Por varios días, solamente volvimos a vernos y mimarnos a través de la reja, cuando ella se detenía un momento frente a mi casa. No era lo mismo, pero lo importante era poder vernos y darnos algunas muestras de amor.

Al terminar la semana, nos encontramos nuevamente en el parque. Eso se dio durante varios meses.

Cuando llegó la primavera, todo cambió. De esa etapa les voy a hablar la próxima vez que nos encontremos.

¡Hasta entonces!

 

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Jugando con Morita