El romance

 

Como les venía contando, estaba enamorado de Linda. Ella aceptaba mis juegos y mis caricias, las que retribuía con dulzura, pero nunca consentía formar pareja.

Después de un tiempo, comenzó a emanar de ella ese aroma que tienen las hembras en determinados momentos de su vida y que nos vuelve locos a los machos.

Allí comenzó mi desesperación para que aceptara mis propuestas. Ella siguió consintiendo juegos y mimos, pero cuando yo pretendía dar un paso más, se escapaba o se hacía la enojada para contenerme.

Mientras tanto, nuestra vida seguía su rutina diaria: dormíamos uno pegadito al otro en el refugio que habíamos encontrado, y, a la hora de comer, yo me acercaba al bosque para traer comida para los dos.

Linda no dejaba de tener miedo a la gente, por lo que sólo algunas veces se acercaba al bosque, pero tratando de que no la vieran.

Pasaron varios días desde el momento en el que comencé a sentirle ese olor que me atraía tanto y que me llevaba continuamente a proponerle formar pareja.

Por fin, con gran sorpresa de mi parte, descubrí que ella no sólo lo estaba aceptando, sino que, incluso, la proposición llegaba de su parte.

Créanme que me es imposible transmitirles toda la alegría que me produjo notar ese cambio.

Por supuesto, no me hice rogar y formamos pareja tal cual yo lo estaba deseando.

Durante dos o tres días repetimos nuestros juegos y mimos, pero el final era distinto. Ya no se me escapaba, ni me rechazaba. Me aceptaba de muy buen gusto.

Después, aunque ella seguía emanando ese aroma tan especial, volvimos a lo de antes: ella sólo aceptaba juegos y mimos, resistiendo cualquier otra pretensión de mi parte.

Con el paso del tiempo, fui notando en ella algunos cambios: desapareció el olor del que les hablé; comenzó a cansarse con mucha más facilidad  y no siempre se sentía bien, por lo que comía menos y, por último, su panza iba creciendo gradualmente.

Y fue allí cuando ella se fue dando cuenta de que íbamos a ser padres.

Imagínense la alegría que sentí cuando, un día,  me dijo:

~        No estoy segura, pero me parece que estoy embarazada.

Mi respuesta fue inmediata:

~        ¡Que lindo! No sabes la alegría que me das

Ni ella, ni yo, habíamos tenido la oportunidad de tener cachorritos. Esos iban a ser nuestros primeros hijos y nuestra emoción no tenía límites.

Recién cuando pasaron varios días empezamos a pensar en el porvenir. Era muy lindo ser padres, pero…  ¿qué les esperaba a nuestros hijos?

No estábamos viviendo con una  familia. A pesar de que los defenderíamos hasta llegar a dar nuestras vidas por ellos, estarían en una situación de continuo peligro. No sabíamos si algún mal bicho no los atacaría.

Bueno... estaban en camino e iban a ser muy bienvenidos. Ellos no tenían la culpa del abandono en el que nos sentíamos y nunca se lo haríamos notar. A pesar de todo iban a ser felices.

Por suerte, Linda tenía menos tiempo para pensar que yo. Ya no jugaba porque le resultaba difícil hasta caminar.

Dormía la mayor parte del día y de la noche. Solamente se despertaba para comer y ya no poco como al principio, sino como si en lugar de ser una fueran dos.

Se estaba acercando el día del nacimiento. Pensando en eso y en la imposibilidad de recibir ayuda humana, yo me ponía cada vez más nervioso.

Llegó el día del parto. Linda se recostó en el hoyo que había estado cavando con la idea de utilizarlo en ese momento y, uno a uno, comenzaron a nacer nuestros cachorros.

Estaba tan emocionado que no entendía nada. No podía creer que eso me estuviera pasando a mí; que mis hijitos estuvieran naciendo.

La emoción me convirtió en un inútil. No ayudé. Permanecí sentado frente a Linda, mirando ese increíble espectáculo que me estaba regalando la vida. El esfuerzo lo hizo únicamente ella.

Cuando terminaron de nacer, me acerqué para hacerle mimos, mientras ella los iba limpiando.

Los días posteriores, cada minuto que no tenía ocupado en la búsqueda de comida para ambos, lo pasaba observando a mis cachorros y mimando a Linda, que era quien me había dado semejante alegría.

En ese momento ya no pensaba en los peligros que corríamos, en buscar a mi familia, ni en ninguna otra cosa que no fuera estar junto a ellos y a su madre.

Imaginen mi alegría al verlos mamar por primera vez. Luego, al notar que ya empezaban a mover sus patitas, aunque casi sin fuerza y moviéndose por instinto, ya que sus ojitos todavía no se habían abierto.

Nunca me había imaginado la sensación que iba a sentir cuando nacieran mis primeros hijos.

No me cabe duda que todo esto pude vivirlo porque nuestra situación era muy especial. Cuando nos cobijan familias humanas, generalmente, no elegimos libremente a nuestras parejas y nos llevan a conocerlas en el momento oportuno.

Después, podemos volver a verlas o no, porque ya obtuvieron lo que deseaban de nosotros: que procreáramos.

No voy a decir que eso es todo malo, porque no me cabe duda que nos gusta acercarnos a una hembra en una etapa tan especial, pero no es lo mismo que pasar por los momentos que me tocaron vivir junto a Linda.

Allí no se trataba de que nos habían llevado con el fin de que les diéramos cachorros, sino de enamorados que habían llegado a ver los frutos de su amor.

Muy distinto. ¿No les parece? ¡Qué linda etapa! ¿No?

Aunque, para ser sincero, no siempre estaba tan contento como les estoy contando. De vez en cuando, me ponía triste.

No se debía a que no tuviera para comer o a que no podía seguir mi viaje. Comida no nos faltaba y lo del viaje lo había superado con la compañía de Linda y de mis vástagos.

Pero, de vez en cuando, me sentía abandonado por mi compañera. Ella se dedicaba exclusivamente a ellos. Ya no había mimos para mí. Ni siquiera respondía a los míos.

Los amamantaba, los limpiaba… Siempre se dedicaba a ellos y nunca a mí. En ese momento, me daba ganas de dejarlos y seguir con lo mío.

¡Otra vez los celos!

Sí, lo admito. Son terribles, dañan y mortifican a aquellos que se encuentran a nuestro alrededor, pero no siempre se pueden evitar.

He visto que también les pasa a los humanos. Ellos dicen que son los seres inteligentes. ¿Y si les pasa a los inteligentes, cómo podemos evitarlo aquellos que somos considerados inferiores?

Pero no me crean tan mal compañero y menos mal padre. El enojo me duraba muy poco tiempo. Luego, recapacitaba y volvía a ser cariñoso y un padre baboso, como se dice.

Por suerte, Linda no llegaba a darse cuenta de estos cambios porque, cuando me sucedía, me alejaba y, de esa manera, evitaba que ella sufriera.

Con esta confesión, los dejo.

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 Nuestros cachorros