Reencuentro

 

¡Hola! ¡Llegué!

Hoy voy a contarles sobre otro de los episodios de mi existencia.

Mis compañeros y yo habíamos empezado el día muy temprano. El sonido del motor de un avión, que pasó por la zona, despertó nuestra curiosidad.

Uno tras otro salimos del galpón donde dormíamos para ver de qué se trataba, comportándonos como lo que éramos: Guardianes de la casa.

Como no hacía frío, decidimos quedarnos recostados sobre el pasto, disfrutando de un nuevo amanecer.

Seguía extrañando a mi familia, pero, poco a poco, me  estaba acostumbrando a la nueva vida y no lo pasaba tan mal como en lo  de José.

Sin que me diera cuenta, llegó la hora en la que Jacinto venía a ensillar su caballo para iniciar el trabajo diario.

Lo vimos y corrimos hacia él para darle la bienvenida.

Al rato, salimos acompañándolo.

Cuando regresamos a media mañana, me encontré con una agradable sorpresa: junto a la casa se encontraba el auto del papá.

José, para evitar que éste lo escuchara, se acercó hasta donde estábamos y  dijo:

-        Lo lamento, Jacinto, pero vino a verlo y no me animé a decirle que se escapó y que no sabía dónde estaba. Le dije que, en un descuido,  huyó, que lo viste y lo llevaste a tu casa para que no se perdiera. Cree que me avisaste y quedamos en que un día de estos pasaba a buscarlo con el auto.

-        ¿Qué dijo?

-        Parece que no le gustó nada. Vamos para allá y hablamos con él.

-        Pero… ¿Se lo lleva a su casa?

-        No sé. No me animé a preguntarle.

No pude oír más. Salí a los saltos hacia el papá. Cuando llegué a su lado, me abrazó y me llenó de caricias y me dijo, sin saber que yo podía entenderlo:

-        King, no te imaginas cuanto te extrañamos. No pasa un día sin que te nombremos dos o tres veces recordando tus juegos y tus diabluras.

No sabía como hacerle saber la alegría que tenía de verlo. Me retorcía de placer, lamía sus manos y cara y se las mordía suavemente, como hacía cuando jugaba con los muchachos.

Mi gran esperanza era que hubiese venido a buscarme. Allí no estaba mal, pero nunca era como estar con ellos.

Cuando José y Jacinto llegaron a su lado, el primero los presentó y comenzaron a conversar sobre distintos temas, hasta que el papá dijo:

-        Mire, Jacinto, no se ofenda, pero quiero llevarme a King .

Él le contestó:

-        Lo vamos a extrañar. Le hemos tomado mucho cariño, pero es usted quien decide. Cuando quiera se lo puede llevar.

Luego, Jacinto se alejó para informar a su mujer sobre la decisión del papá.

Mientras tanto, él le decía a José:

-        No, José. King no está bien. Está delgado  y sucio. No me gusta que se quede aquí. Vamos a llevarlo hoy mismo.

Si hubiese podido hablar, le habría dicho que estaba delgado cuando llegué a esta casa, ya que José me trataba mal y no tenía ganas de comer; que había adelgazado más no porque no me dieran alimentos, sino porque sólo podía comer lo que mis compañeros me dejaban, lo que no era tan malo comparado con otras cosas que me habían pasado allá; que estaba sucio porque ahora tenía libertad y podía revolcarme por donde quisiera, lo que antes no se me permitía por estar atado.

Y hubiese agregado que si me iban a llevar con ellos, estaría encantado, pero quedarme con José no me gustaba y sólo estaba dispuesto a hacerlo por la fuerza.

Cuando volvió Jacinto, José le comentó:

-        Lo lamento Jacinto, pero quiere llevarlo hoy mismo.

Jacinto respondió:

-        Está bien. Es su derecho. Lo vamos a extrañar. Es muy cariñoso. Esperen que le aviso a mi familia para que se despidan de él.

Llamó a su esposa e hijos y todos me hicieron un montón de caricias, mientras me retorcía de placer.

Creí que esto le demostraría al papá cuáles eran mis sentimientos, pero él, después de agradecer y despedirse, me indicó la puerta trasera del auto, diciéndome:

-        ¡Nos vamos, King! Arriba.

Cumplí la orden inmediatamente. Quizás fuera el viaje hacia el nuevo hogar de la familia. ¿Sería ese el momento tan esperado? ¡Ojalá así fuera!

Él y José también subieron al auto y partimos, tomando el camino que llevaba a la casa que había aprendido a odiar.

Cuando llegamos, el papá me indicó:

-        ¡Abajo, King!

Esperaba que  bajar allí no fuera más que para que pudiera despedirme de esa familia.

Bueno hubiese sido haberle podido decir que no tenía el menor interés en hacerlo. Ellos no representaban para mí nada bueno. Allí no había recibido amor, sino sólo maltrato.

Pero lo que vino a continuación fue terrible. José, dirigiéndose a su esposa, le dijo:

-        King vuelve aquí. Lo ha visto flaco y sucio y no quiere que se quede allá.

A mi me pareció que en su cara aparecía una mueca de desagrado, pero puede que no fuera nada más que mi imaginación.

Se darán cuenta de que mi corazón se hizo trizas.

Sabía que el papá había resuelto todo con la mejor intención, pero… ¿era posible que yo no tuviera la posibilidad de elegir? ¿quién iba a tener que vivir allí? ¿no era yo?

Claro que él no sabía cuál era el trato que allí se me daba. Tampoco se puso a pensar que iba a pasar, nuevamente, de una vida con amplia libertad para moverme, a otra donde sólo podía hacerlo hasta donde la cadena me lo permitía.

Eso pasa muchas veces cuando alguien toma una determinación sobre nuestras vidas, sin tener en cuenta nuestros deseos. La intención puede ser muy buena, pero los resultados no lo serán.

Bueno, sigo… Después de oír eso, sólo pensé en irme a recostar sobre el pasto.

El papá, sin notar mi disgusto por la desilusión de descubrir que no me llevaría con él, me acarició y, después de despedirse, subió al auto y partió.

Cuando ya no se le veía, José me tomó, con furia,  del collar y me colocó la cadena que todavía estaba atada al poste.

Después, comenzó a decirme:

-        Creías que te habías librado de mí. Yo también pensé que ya no tendría que tenerte conmigo. Lo lamento por ambos, pero el que la va a pasar peor no voy a ser yo.

Después de decir eso, se alejó sin dejarme cerca ni siquiera un recipiente con agua.

Por mi mente pasaron escenas que mostraban muchas formas de hacerle la vida imposible, pero no debía actuar de inmediato. Era mejor pensar lo que iba a hacer.

Me he extendido demasiado. Me voy. Nos veremos muy pronto y les seguiré contando.

 

reencuentro