Recuerdos II

 

¡Ya llegué! ¿Me esperaban?

Como les prometí la última vez que nos vimos, voy a contarles que pasaba entre Gypsy y el auto de la familia. Mejor dicho: entre ella, los autos, la calle o cualquier cosa que no fuera la seguridad de  su casa.

Ella había tenido más suerte que yo. ¡Sí! ¡Ya sé! Muchas cosas de las que me pasaron no fueron sólo por mala suerte. La mayoría me las busqué por mi forma de ser, pero nunca las hice por maldad. Generalmente fue por no haber pensado antes de hacerlas.

Gypsy era distinta. Muy calma y sumisa, no se enojaba casi nunca y no hacía diabluras. Se asustaba con cualquier ruido, al extremo de que, cuando oía la sirena de los bomberos, si podía, se escondía debajo de la cama de los papás.

Como verán, todo lo contrario a mi forma de ser y, por eso, la llegué a querer tanto.

Creo haberles contado alguna vez que su vida empezó en un departamento. Cuando creció, su anterior familia  notó que no era un lugar adecuado para ella.

Como la querían mucho y no deseaban que sufriera, comenzaron a buscarle una familia que la  mimara y que tuviera un lindo jardín para que ella lo pudiera disfrutar.

La que después fue mi familia, había tenido una perrita, la que murió a raíz de la patada que le dio un caballo cuando le ladró porque él se acercó a los niños que estaban jugando en la calle.

Después de eso, como les pasa a muchas familias, se habían dicho:

-       Hemos sufrido mucho. No queremos pasar por esto otra vez. Nunca más una mascota.

Pero uno de los encargados de tratar de ubicar a Gypsy era un amigo de la familia que conocía el problema y que, además, era muy perseverante.

Cada mañana, cuando viajaba con el papá rumbo al trabajo, le hablaba de ella diciéndole:

-        Tendrías que conocerla. Es muy bonita. Para los chicos va a ser una muy buena compañía. Es muy cariñosa con la gente y, especialmente, con los chicos.

o

-        Está sufriendo mucho. El departamento es pequeño y no tiene donde correr. Además, como no hay chicos y trabajan los dos, se queda todo el día sola. Me da mucha pena. Tienen que adoptarla. A tus hijos les va a gustar mucho.

Tanto hizo que logró convencerlo.

Entre el papá y los niños, persuadieron a la mamá y así Gypsy, que ya tenía más de un año, cambió de casa.

Hasta ese momento nunca había subido a un auto. Cuando la  introdujeron en el vehículo y lo hicieron arrancar, ella comenzó a temblar. Lo hizo durante todo el viaje.

Al llegar a su nueva casa, se la veía tan mal que asustaba. La familia, cuando le tomó algo de confianza, comenzó a hacerle caricias y así ella fue tranquilizándose.

Un mes después, ya se había adaptado tanto que parecía que ese había sido su primer hogar.

Por lo sucedido, la familia aprendió que llevarla a pasear en auto no era, para ella, una alegría, sino un suplicio y nunca la invitaron a subir.

Como cada año la familia salía vacaciones, Gypsy tenía que quedarse sola durante casi un mes.

Solamente tenía un rato de compañía cuando la abuela venía a darle su comida.

Luego, otra vez la soledad. Ni siquiera estaba yo a su lado, ya que todavía no nos habíamos encontrado.

Por eso, cada vez que veía que preparaban valijas, se ponía triste, hasta que un año resolvió no quedarse y cuando descubrió que llevaban los bultos al auto, se subió en la parte trasera y se negó a bajar.

Viendo esto, la familia, que la quería mucho, resolvió llevarla de vacaciones.

Iniciaron el viaje con Gypsy junto a los niños. Cuando habían recorrido unos cuantos kilómetros, Gypsy empezó a sentirse mal. Cada vez estaba peor y comenzó a arrojar lo poco que tenía en su estómago.

La niña se lo comentó a sus padres, diciéndoles:

- Miren. Gypsy se descompuso. Está temblando y ha comenzado a devolver.

La mamá, dirigiéndose al papá, le dijo:

-       ¡Estaciona! Vamos a ver que le sucede.

El auto se detuvo y bajaron para poder ayudarla. Después de un rato, vieron que no había nada que pudieran hacer salvo sacarla del mismo y resolvieron regresar a la casa, para dejarla allí y evitarle ese sufrimiento.

Lo hicieron y, cuando Gypsy se había mejorado, partieron nuevamente, pero esta vez sin ella.

Y así fue como, una vez más, pasó el período de vacaciones sin compañía. Sólo dejó de estarlo cuando, por suerte para ambos, llegué a su vida.

¡No me miren así! Ya entendí lo que quieren decirme, pero es verdad, ambos fuimos felices mientras estuvimos juntos.

Me voy. La próxima vez que nos veamos espero tener el valor de seguir contándoles la parte más triste de mi existencia.

 

recuerdos_II

La pequeña Gypsy