Recuerdos

 

¡Hola ¡ ¿Cómo están? Se los ve bien.

Hoy, para darles un respiro y evitar seguir contándoles cosas tristes, voy a ubicarme nuevamente en los tiempos en los que Gypsy y yo estábamos juntos.

Un día de esos en los  que el papá no iba a trabajar, ni los chicos a la escuela (creo que los llaman domingos) todos se despertaron algo más tarde que de costumbre.

En verdad, hubiese querido que durmieran otro rato ya que era un día lluvioso y algo frío, esos en los que todos, incluso nosotros, no tenemos ganas de despertarnos.

Una vez que todos se levantaron, el olorcito del desayuno recién preparado, del que Gypsy y yo siempre recibíamos algún bocadito, no me dejó seguir durmiendo.

¿Qué era goloso? No lo duden. Siempre estaba dispuesto a probar lo que me entregaban cuando mostraba esa cara de “Por favor, un pedacito” que ponía sin hacer mucho esfuerzo.

Cuando terminaron de desayunar, noté que se estaban preparando para salir, por lo que nos quedaríamos solos.

Estábamos acostumbrados a eso, ya que era imposible llevarnos con ellos. Los papás, los tres chicos, Gypsy y yo no entrábamos en el auto.

Además, Gypsy no quería viajar en auto. Nunca le había gustado. La próxima vez que nos encontremos, les contaré que pasó en una oportunidad en la que lo intentó.

Sigo… quedarnos solos en un día como ese, iba a ser muy triste. No estarían los chicos para jugar y tampoco podríamos estar dentro de la casa.

Cada vez que se iban todos, nos dejaban en el garage y las únicas posibilidades que teníamos era quedarnos allí o salir al jardín por la puerta de fondo.

Cuando todos estuvieron listos, el papá sacó el auto a la calle y la mamá nos ordenó entrar al garage.

Para nuestra sorpresa, ese día nos dejaron encerrados allí, con la puerta que daba al jardín cerrada, por lo que ni siquiera teníamos lugar para correr.

Actualmente pienso que lo hicieron porque llovía y no querían que nos mojáramos y, también, para evitar que pisáramos el barro y ensuciáramos el piso, pero en aquel momento no pensé así. Supuse que no se habían dado cuenta de ello y que eso se debía a que no nos ponían mucha atención, por lo que me quedé con bronca.

Después de un rato, le hice saber, a Gypsy, lo que pensaba. Ella trató de calmarme, pero insistí tanto que terminó convencida de que tenía razón.

Cuando logré esto, comencé a pensar qué podía hacer para hacerles notar mi disgusto.

Como casi todo lo que se guardaba allí lo colocaban en un placard, no tenía mucho para hacer. De pronto, vi una bolsa de papas.

La familia las compraba  y las guardaba allí.

Decidí desparramarlas por el garage y morder unas cuantas. Cuando volvieran se darían cuenta de mi enojo.

Se lo propuse a Gypsy. Ella trató de convencerme de que no lo hiciera, pero esta vez no la escuché.

Comencé a volcar la bolsa. El esfuerzo que tenía que hacer era enorme porque era muy pesada.

Al fin lo logré. Empecé a sacar las papas de la bolsa y a morderlas.

Gypsy fue a acostarse en un rincón, tratando de alejarse lo más posible del problema que sabía que tendría.

A mi no me importaba nada. Sólo quería vengarme por habernos dejado encerrados.

Cuando ya había sacado varias, me di cuenta que podía divertirme jugando con ellas como si fueran pelotas y comencé a hacerlo.   

Gypsy me miraba de reojo. Cuando lo noté, comencé a tirarlas hacia donde estaba ella, invitándola a jugar juntos.

Pensé que no lo iba a lograr pero se levantó, tomó la que estaba más cerca y la empujó con sus patitas.

Lo que había empezado como una venganza, terminó siendo un lindo juego. El único problema que teníamos era enfrentar la situación cuando nuestra familia volviera.

Gypsy me contó, cuando nos cansamos de jugar, que dos veces se había visto en situaciones similares.

¡No lo podía creer! Ella que era tan tranquila, también se había enojado y había hecho cosas como esas.

Según me dijo, en una oportunidad, cuando la dejaron sola, se vengó masticando un par de zapatos de la niña.

En otra, por la misma razón, había roto todos los almohadones del juego de jardín de la casa.

En ninguna de las dos ocasiones le había ido bien. Cuando regresó la familia, la retaron y la obligaron a dormir fuera de la casa.

Ese era el motivo por el que ella no había querido aceptar mi enojo y mi propuesta de venganza.

No obstante, cuando comenzó el juego, dejó de pensar en las consecuencias y terminó aceptando mi invitación.

¿Suena conocido? ¿No? ¡Cuántas veces nos entusiasmamos y no pensamos en las consecuencias!

 Bueno… sigo. Al escuchar el ruido del motor del auto, ambos nos escondimos en el rincón del fondo del garage, esperando que no nos vieran, pero sabíamos que eso era difícil de lograr.

La primera que entró fue la mamá. Miró asombrada. No lo podía creer. Había papas por todos lados. Nos miró fijamente, como queriéndonos fulminar con la mirada, pero sólo nos retó más suavemente que lo que suponíamos que haría, diciéndonos:

-        ¿Qué han hecho? ¡No lo puedo creer! ¡Han tirado y mordido las papas! ¡Ya van a ver!

y nos hizo salir, mientras llamaba a los niños:

-        ¡King y Gypsy tiraron todas las papas! Vengan a ayudarme a recogerlas para que papá pueda entrar el auto.

Creo que esa noche nos salvamos de dormir afuera porque les dio pena que la pasáramos bajo la lluvia, ya que en la casita ubicada en el fondo sólo entraba uno de nosotros.

Los dejo. Como verán, hoy volví a comentarles una de mis diabluras.

 

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