¡Qué rico estaba!

 

 ¡Hola, amiguitos! ¡Qué lindo volver a encontrarnos!

Hoy les voy a contar sobre mi glotonería, si así la podemos llamar, porque, como les dije muchas veces, había pasado hambre y no podía sacarme de encima la mala costumbre de robar comida.

¡No!  ¡No me miren así!

Sé que no está bien cuando  a uno ya no le falta, sino que, al contrario, le cocinan bocadillos especiales. Lo sé y me avergüenzo, pero no podía evitarlo.

Ello me costó mis buenos disgustos, como verán.

Un día, cuando regresaron,  después de haber comprado carne, me acerqué a la canasta donde la habían transportado, pensando en darme un atracón. Al levantar la tapa con mi hocico descubrí que había llegado tarde. La carne ya no estaba, solo quedaba el aroma que me había atraído.

Aprovechando que nadie de la familia estaba en la cocina, comencé a mirar si la habían dejado sobre la mesada. Mi olfato me llevó hasta una bolsa de polietileno que se encontraba allí.

¡Qué bien! - me dije - Ya encontré comida.

La tomé con mis dientes y la tragué de un solo golpe, sin darme cuenta que lo que habían dejado no era la carne, sino la bolsa que la había contenido y que ya estaba vacía.

Con las consecuencias vino la penitencia.

¡No se imaginan como me costó digerirla!

Una vez que la había tragado, no teníra solución que esperar que se deshiciera en el estómago o que la largara más adelante. Esto último fue lo que pasó y les aseguro que no la pasé nada bien.

No crean que me sirvió de escarmiento. Muchas veces me olvidé de esta mala experiencia y volví a robar alimentos.

Lo hacía muy especialmente el día que cocinaba la abuela. Si veía que estaba preparando la comida, esperaba que ella se distrajera y en ese momento ponía mis patas delanteras sobre la mesada y pegaba el tarascón. Cuando ella se daba cuenta, era tarde.

Se enojaba mucho y me ponía en penitencia, atándome afuera, pero no lograba su cometido:  corregirme.

Uno de los días que estaba cocinando, dejó todo  sobre la mesada y se retiró.

Yo me dije:

-        ¡Qué bien! Esto debe estar muy sabroso.

No lo pensé y me lo comí. Lo noté un poco más picante que de costumbre, pero igualmente estaba muy rico.

Enseguida vino la abuela y vio lo que había pasado, pero esta vez no se enojó.

Les aseguro que no entendía nada. No obstante, por las dudas, agaché la cabeza, me hice el distraído y fui a echarme en un rincón.

Como yo no era muy rápido para pensar, recién después de haberme comido la carne y haberme relamido durante un largo rato, entendí lo que había pasado.

Minutos antes de robar la comida, había oído que la abuela decía: 

-        Le voy a sacar la costumbre de robar.

Por supuesto, yo no sabía de quien se trataba, ni que pensaba hacer.

Después vi que cortó carne y picó unos ajíes muy chiquitos y muy rojos. Mezcló ambas cosas y las dejó sobre la mesada. Se fue a la habitación donde estaba la mamá y se quedó un rato. Cuando volvió, yo ya me había comido esa preparación.

Creo que la decepcionó un poco que algo tan picante me hubiese gustado, pero realmente fue así.

Saben, solamente me dio algo mas de sed que de costumbre. A veces me picaba un poco la boca, pero estaba tan rico que valía la pena ese sacrificio por haberme dado el gusto.

No crean que no me sentía mal por lo que había hecho. Después de hacerlo tenía remordimientos. Entiéndame, quería portarme bien porque en la casa me sentía muy cómodo y muy querido,  mi instinto me jugaba malas pasadas.

Por más que, después de hacer algo así, demostraba mi arrepentimiento agachando la cabeza y yéndome a un rincón,  me daba cuenta que hubiese sido mejor si lo hubiese podido evitar.

Lamentablemente, ya estaba echo.

Bueno, hoy estaremos algo menos juntos, pero les prometo que voy a volver muy pronto.

¡Nos vemos!

ajies

Se los ve muy ricos ¿no?