¡Qué malo es enojarse!

 

¡Hola! ¡Cómo me gustan estos encuentros! ¿Se puede ver en mi cara? Claro, no es fácil porque los perros no sonreímos, pero, con un poco de atención, quien nos quiere puede saber si estamos contentos o no.

Mirando nuestra colita pueden notar si lo estamos, pero no sólo eso da pautas de nuestro estado de ánimo. También las dan nuestros movimientos y muchas cosas más.

Cuando queremos a alguien, nos acercamos para dar y recibir cariño y damos saltos de alegría.

Si nos enojamos, gruñimos, ladramos y amenazamos con nuestra boca abierta, mostrando nuestros dientes.

Cuando tenemos temor a que nos reprendan, agachamos nuestra cabeza y nuestras orejas, y tratamos de hacernos chiquitos y  escondernos.

Como creo que me quieren, supongo que me entienden y saben que me pone contento verlos.

Realmente, conocerlos ha sido una de las cosas lindas que me han sucedido.

Hoy les voy a contar algo que no estuvo muy bien.

¿Saben qué es? ¿No? Bueno, una de las cosas  que debería haber entendido era que si me enojaba hasta el extremo de  no poder razonar y actuaba sin pensarlo, lo más probable era que me ganara un disgusto. No lo entendí y así me fue.

Les cuento....

Los tres niños habían regresado de la escuela y habían terminado de almorzar. Cómo lo hacían todos los días, uno de ellos me había sacado a pasear. Nunca iba sin la correa porque no siempre obedecía las órdenes y llevarme suelto era un peligro.

Salí con más alegría que nunca, porque era un hermoso día de primavera, del que ya había estado disfrutando en el jardín.

Comenzamos a caminar tranquilamente. De vez en cuando, me acercaba a un árbol para... Uds. saben para qué, así que no hace falta que les comente.

Lentamente, fuimos alejándonos de nuestro hogar.

Pasamos por varias viviendas donde había otros perros. Como ellos estaban en sus casas y no en la mía, los respetaba y no me acercaba. Si alguno ladraba para asustarme, le miraba con indiferencia y seguía caminando. Realmente, no me interesaba iniciar una pelea.

Pero, de repente, cuando estábamos volviendo, todo cambió. ¿Qué pasó? Lo que pasó fue algo que Uds. van a entender porque me conocen.

Esta vez, el que estaba en la vereda de un chalet, no era otro perro, sino un gato. Cuando estaba cerca, puso cara de poco amigo. Luego, se incorporó y maulló amenazándome.

Estaba decidido a no darle importancia, por lo que lo contemplé con algo de indiferencia.

Pero, el tonto estaba envalentonado. Quería que yo le temiera. Eso ya era mucho y me estaba enojando.

De repente, tiró sus orejas hacia atrás, arqueó su lomo y comenzó a maullar, cada vez con más ímpetu.

Ya no me estaba gustando, por lo que dejé de caminar, lo miré, le ladré y gruñí.

Él no se intimidó. Siguió con su actitud belicosa, no entendiendo que yo no le tenía miedo y que si, hasta ese momento, no lo había atacado, era solamente porque estaba decidido a portarme bien y terminar mi paseo sin complicaciones.

Por otro lado, el niño, temiendo mi reacción, tenía la correa con mucha fuerza mientras acariciaba mi cabeza, como para tranquilizarme. Esto imposibilitaba bastante mi reacción.

Volví a ladrar. Él siguió sin entenderlo y amenazándome. Yo estaba perdiendo la paciencia. Cada uno de sus maullidos hacía que  me enojara más y más.

Por fin, no pude con mi genio. Ya no logré pensar ni razonar nada. Pegué un fuerte tirón de la correa y traté de soltarme.

No alcancé a hacerlo totalmente, pero si lo  suficiente para poder llegar hasta donde él estaba. Me le acerqué con toda la idea de lastimarlo hasta que quedara demostrado que no le temía y que  yo era el más fuerte.

Uds. dirán que era yo quien pasaba por su casa y no él por la mía. Tienen razón. Era así, pero yo iba tranquilo hasta que logró que no pensara en nada que no fuera hacerlo desistir, por la fuerza, de su actitud.

Cuando me le acerqué, se asustó y salió corriendo. De un salto pasó por encima de la reja que servía de cerca a su casa y siguió amenazándome desde el interior.

Se sentía seguro. Habrá pensado que allí no iba a poder llegar.

Yo estaba tan enojado que no razonaba, ni veía nada que no fuera él y lo veía como el peor enemigo que había tenido hasta ese momento. No quería otra cosa que tomarlo con mis dientes.

Pegué un tirón muy fuerte, sin pensar que podía hacerle daño al niño. No pude soltarme. Volví a tirar. Esta vez tuve mejor suerte. Logré hacerlo.

Corrí con todas mis fuerzas, sin escuchar los llamados, ni pensar en otra cosa que no fuera en cumplir mi objetivo: cazar a ese gato que me había irritado tanto.

La única forma de lograrlo, era pasar por arriba de la reja, como lo había hecho él. No vi ni calculé nada. Salté hacía la reja con la intención de llegar al otro lado.

Cuando había logrado empezar a atravesarla, aunque un poco tarde, me di cuenta de algo: Entre los hierros que formaban las rejas, había unas puntas muy filosas.

¿Cómo me di cuenta? ¿No se lo imaginan? Sí, fue así. Lo noté cuando sentí un fuerte dolor en mi panza. Esa punta filosa, al querer pasar por encima de ella,  había cortado mi piel.

Eso hizo que dejara de actuar tan irresponsablemente y comenzara a estudiar como podía salir de esa situación.

Vi que la única salida que tenía era retroceder.

Recién en ese momento, entendí que mi enojo sólo había servido para meterme en un gran lío.

Decidí dejar de lado mi orgullo lastimado y dedicarme a mi panza, también  lastimada y dolorida. Dar  un escarmiento al gato, iba a quedar para otro día.

Lo hice y en ese momento el niño pudo tomar nuevamente la correa. Muy preocupado, mientras me retaba, me llevó de vuelta a nuestra casa.

Una vez allí, le contó lo sucedido a la mamá, la que me curó con mucho amor, mientras que, en su mirada, yo creía ver, también, algo de reproche.

Puede que no fuera así. Quizás mi conciencia me estuviera jugando una mala pasada y, de esa forma, me estaba demostrando lo mal que había actuado.

Después de lo que les conté, creo que les quedará muy claro que aprendí la lección, aunque no fue por haberlo leído en un libro, ni por haber escuchado un consejo, sino por sufrimiento propio.

Bueno, para que no se queden tan apenados, les diré que si bien fue algo doloroso, que duró unos cuantos días, no fue grave y que, incluso, no fue necesario llevarme a ver a uno de esos señores que se dedican a curarnos.

Los dejo. Creo que por hoy he charlado demasiado. 

 

gato

¡Hasta me sacaba la lengua! ¿No tenía que enojarme?