¡Qué lindos!

 

¡Aquí estoy!

Como les conté la última vez, Morita y yo casi no nos veíamos. Ya no pasaba delante de mi casa y, tampoco, iba al parque.

La extrañaba mucho, aunque eso no significaba que los fines de semana no jugara y mimara a alguna de las amigas con las que me encontraba allí.

Siempre les dije que me gustaban todas, aunque Gipsy y Morita hayan sido mis preferidas. Lamentablemente, con la primera nunca habíamos podido tener cachorros.

¡Ah! Me olvidaba de Linda. Ella me había dado mis primeros hijos, pero fuimos separados y nunca más nos encontramos.

Ahora, Morita estaba a punto de hacerme padre por segunda vez en mi vida. 

Eso me enorgullecía, lo que les hacía notar, sin darme cuenta, a mis amigos. Después me arrepentía, pero era tarde. En realidad, ellos hicieron lo mismo cuando les llegó el momento de procrear.

Uno se siente tan especial, tan orgulloso, que no puede evitar mostrar su alegría a los que están a su alrededor. Según como lo hagamos, podemos lograr que ellos nos acompañen en ese gozo o lastimarlos con nuestra soberbia.

Bueno... voy a dejar de divagar. Creo que lo que Uds. quieren es que les siga contando ¿no?

Habían pasado muchos días sin que tuviera noticias de Morita. Una tardecita, cuando todos habían regresado a la casa, la niña me puso la correa y me llevó a la calle.

Esta vez, detrás nuestro, salió el resto de la familia.

Era raro. Salvo cuando paseábamos en el auto,  la mamá se quedaba en la casa. Ella trabajaba preparando nuestros alimentos, mientras nosotros nos divertíamos.

Yo lo veía un poco injusto, pero no lo podía cambiar. Además, me gustaba comer lo que me preparaba, así que no era cuestión de quejarme.

Enseguida vi que nos dirigíamos hacia la zona en la que vivía Morita.

¿Me llevarían a verla? ¡Qué alegría, si así fuera!

Mi corazón no latía, brincaba. Mis patas querían tomar velocidad. Tiraba tanto de la correa que la niña tuvo que dársela al papá, porque ella no podía frenarme.

Solamente dejé de arrastrarlos con fuerza cuando estuvimos frente a la casa de Morita.

La mamá apretó el timbre. Nos atendió la dueña de casa. Después de los saludos de rigor, nos hizo pasar.

Cuando me quitaron la correa, salí al trote hacia el patio, ya que pensaba que en aquel lugar la encontraría. Me llevé una gran desilusión. Ella no estaba allí.

Pero eso no duró mucho. Ni bien lancé mi primer aullido llamándola, ella me respondió con alegría.

Ahora ya podía guiarme hasta donde estaba. Enseguida estuve a su lado.

Me extrañó que no viniera a mi encuentro, pero cuando la vi, supe cual era el motivo. No estaba sola. Estaba acompañada. Nuestros cachorros habían nacido y ella, recostada en su colchoncito, los estaba amamantando. Esa era la razón por la que no podía moverse de allí.

Comencé a mirarlos. Eran hermosos como su mamá.

No eran poquitos, sino muchos. Cada vez que dirigía mis ojos hacia una parte distinta del cuerpo de mi querida Morita, descubría uno más. Algunos, como les dije, se estaban alimentando. Otros dormían plácidamente, mientras dos o tres trataban de acercarse a su madre, empujando a sus hermanitos, que habían ganado la carrera y estaban disfrutando de los mimos y la comida que la madre les prodigaba.

Mientras me deleitaba mirándolos, mi familia se fue acercando.

Cuando la niña los vio, exclamó:

-        ¡Son hermosos! ¡Y cuántos!

La señora, le dijo:

-        ¡Si que son hermosos! Son nueve. Cuatro hembritas y cinco machitos. Todos se parecen al padre.

-        ¡Y a la madre! Los dos son lindos.

dijo la mamá.

Uno de los niños preguntó:

-        ¿Cuál vamos a llevar a casa, papá?

-        Un machito, pero lo tienen que elegir ustedes y arreglarlo con la señora.

Al escuchar eso, se terminó mi alegría. ¿Qué era eso de llevar uno a casa?

Estaba orgulloso, pero no me gustaba nada la idea de compartir el cariño con él y menos la de que pudieran abandonarme y reemplazarme con un cachorrito.

En ese momento la dueña de casa dijo:

-        Elijan el que les guste, pero van a tener que esperar. Ellos necesitan estar al lado de su madre hasta que tengan dos meses.

La mamá agregó:

-        Yo ya les había avisado, pero parece que no lo entienden. Claro, es difícil entender lo que no se quiere entender.

-        ¡Qué pena!

Al escuchar esto, me tranquilicé. El traslado no era inmediato y tendría tiempo para ir aceptándolo.

Como Morita no estaba en condiciones de acercarse para darme mimos y besos, lo hice yo.

Coloqué mi  cabeza al lado de la suya y la mimé como nunca lo había hecho. Hacía mucho que no la veía y me había dado unos hijitos preciosos.

De vez en cuando, ella dejaba de lamer a los recién nacidos y retribuía mis mimos.

Así estuve un tiempo, que a mí me pareció corto, pero parece que no lo fue, porque el papá señaló:

-        Vamos, chicos. Es hora de volver. Esta gente necesita tranquilidad. Con Morita y sus cachorros tienen mucho trabajo.

Morita y yo nos miramos con tristeza. Toda despedida nos resultaba difícil, pero esta mucho más. No sabíamos cuando nos volveríamos a ver.

Cuando me colocaron la correa, me di cuenta que no podía hacer nada para evitar la separación.

Me voy. Hoy creo que estuve contando cosas alegres.

 

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 Nuestros hijitos