Primera noche

 

¡Volví! Veo que me esperaban.

Como les comenté la vez anterior, nuestro primer día juntos, fue un día de mimos y juegos. Eso no hizo que olvidaran que mi gran debilidad era la comida.

Ese día, como  comprenderán, mi prioridad no era comer, pero estaba llegando hasta mí un rico aroma a comidita que me hacía recordar los viejos tiempos.

Un rato después de la llegada del papá y la niña, la mamá dijo:

~        La comida está lista. Tráiganme el plato de King. Supongo que debe estar hambriento.

Sonriendo, uno de los niños dijo:

~        Si, es mejor que te apures, porque sino la va a ir a buscar el mismo.

Él, seguramente, recordaba mis anteriores diabluras.. Pero yo había aprendido muchas cosas y no quería volver a mis viejas mañas.

Me sirvieron mi comida y me acerqué al plato para comenzar a comer, pero noté que Pequeña no me había seguido, así que volví a buscarla.

Cuando se arrimó, la invité a comer. La probó, pero parece que no era de su agrado, porque se retiró enseguida.

Más tarde, cuando había engullido toda mi comida, me di cuenta de lo que había pasado: Ella nunca había estado en una casa y sólo comía lo que conseguíamos. Nunca había probado eso que tanto me gustaba.

Pero no fue grave. Enseguida le acercaron un plato con el alimento que habían comprado para ella y lo  aceptó sin problemas.

¿Sería rico? Como les dije hace mucho, nunca había conocido los alimentos balanceados, porque cuando estaba con mi familia, o no existían o preferían darme comidas caseras. No lo sé.

Puede ser que ahora tuviera que acostumbrarme. Durante mi ausencia, las cosas habían cambiado.

Bueno... llegó la noche y, en consecuencia, la hora de dormir. Mi gran duda era si tendría que dormir afuera o si me iban a aceptar en la casa.

Pronto comprobé que lo haría en la casa y, como me dejaron elegir el lugar, después de estar un rato en el dormitorio de los niños y, otro, en el de la niña, decidí acostarme en el pasillo, ya que, desde ahí, podría vigilar que nada le pasara a mi familia.

Pequeña, por supuesto, como lo hacía desde que la conocí, se colocó a mi lado hecha un ovillo. Supongo que el estar juntos le daba mayor seguridad.

A mí me gustaba mucho, ya que era bueno sentir su cariño.

Por la mañana, cuando nos despertamos, llegó la hora del desayuno. No era la de mi comida, pero si la de probar un pedacito de todas las exquisiteces que comían los niños.

Noté que el papá no se preparaba para salir a trabajar, ni los chicos para ir al colegio, por lo que supuse que era un día de esos en los que no se trabaja.

Después del desayuno, me acerqué al refugio de Juli para ver si me aceptaba. Cuando me oyó, asomó su cabeza  por la puerta de su canasta y protestó.

Como no buscaba problemas, me retiré, evitando que se acercara Pequeña. No quería que a ella le pasara nada malo.

Una o dos horas después de haber desayunado, me invitaron a subir al auto. Voy a ser sincero: mi corazón empezó a latir a mayor velocidad. Dudaba si debía subir o no. ¿Adónde mi iban a llevar? ¿Me dejarían? No quería volver a estar solo.

Pero... ¡Qué mal estuve en pensar así!

¡Sabía que me querían tanto como yo a ellos! ¡No me podían hacer nada malo!  Decidí subir. Cuando lo hice, el auto partió.

¡Ah! Me olvidaba decirles que Pequeña no vino con nosotros y que me costó mucho separarme, pero ella no ascendía con gusto a los autos y prefirió quedarse.

Poco después, paramos delante de un comercio. Cuando bajamos, descubrí que había mucho olor a comida para mascotas. Me hicieron entrar y me subieron a una balanza.

Oí que querían saber cuanto pesaba para poder comprarme un medicamento que no permitiera que las pulgas se adueñaran de mí. Para saber cuál debían usar, tenían que conocer mi peso.

Después me llevaron a un cuarto donde una joven me dio un lindo baño. Me secó y me perfumó.

Les comento que me costó un poco entrar a ese cuarto. Nunca había estado allí y no sabía que intenciones tenían, pero estaba dispuesto a portarme bien y aceptar lo que mi familia decidiera. Sabía que si me habían estado buscando era porque me querían, lo que me demostraban a cada momento.

Cuando terminaron con el baño, vino la parte más odiosa: un señor se acercó con una jeringa en su mano y me pinchó.

No fue grave. Ya había pasado por eso antes de separarme de mi familia y sabía que se trataba de vacunas para evitar que me enfermara.

Lo tomé como que era otra demostración más de que me querían y lo acepté sin quejarme.

Luego, volvimos al comercio. Allí, el papá tomó un lindo colchón y me preguntó si me gustaba. Era muy bueno, pero no podía contestarle.

Volvimos a la casa. Pequeña nos estaba esperando cerca de la  puerta. Cuando bajé, se acercó a mí.

Mientras nos mimábamos, uno de los chicos bajó el colchón.

La mamá y la niña se acercaron para verlo. Parece que les gustó.

Lo llevaron a un rincón  y me acomodaron allí para que me enterara de que esa sería “mi cama”.

Por la tarde, la mamá alzó el colchón y lo midió. Luego tomó un trozo de tela y comenzó a coserla. Yo no podía adivinar que es lo que iba a hacer. Sólo lo entendí cuando vi que la mamá forraba el colchón con la funda que había confeccionado.

¡Era mi sábana!

Después agarró una almohada, le tomó las medidas y cortó un trozo de la misma tela. Cuando la terminó, puso la almohada dentro de la funda que había hecho y la colocó sobre el colchón.

Llegó la noche. La familia cenó. Lo mismo hicimos Pequeña y yo.  Aunque no la vi, supongo que también Juli comió.

Más tarde, tomaron el colchón, la almohada y un pequeño almohadón que habían puesto a su lado.

Comencé a sufrir. Percibí que era la hora de dormir.

¿Cuál sería mi destino? Cuando noté que los llevaban hacia el dormitorio de los niños, me tranquilicé.

No iba a dormir en el patio. Dormiría junto a ellos.

No crean que era porque el patio me iba a resultar incómodo. Sólo se trataba de estar junto a quienes amaba y sentirme mimado por ellos.

Después de todo lo que había pasado, no quería estar lejos ni siquiera un minuto.

Bueno... ustedes se preguntarán que pasó con Pequeña. Ella tuvo su camita junto a la mía, pero decidió dormir pegadita a mí, hecha un ovillo, como acostumbraba hacerlo cuando estábamos en el campo.

Como comprenderán, me sentí muy gratificado con eso, porque mi amiguita dejó de lado su comodidad para estar junto a mí.

¡OH! ¡Qué tarde es! Los dejo.

 

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Durmiendo junto a Pequeña