Pequeña y Juli

 

¡Hola amiguitos! ¡Aquí estoy!

Estoy seguro que querrán saber que pasó cuando Juli descubrió que, además de King, o sea yo, había un nuevo habitante en la casa: Pequeña.

Como les conté la vez pasada, mi amiga y yo dormimos juntos en el dormitorio de los niños. Por la mañana, cuando ellos se levantaron para desayunar y partir hacia el colegio, los acompañé.

Detrás mío, vino Pequeña, que no se me despegaba.

Cuando nos acercamos a la habitación donde la mamá tenía preparada la mesa del desayuno, comenzó a hacérseme agua la boca.

¡Qué ricos aromas había allí! ¡Cuánto hacía que no disfrutaba de ellos! Esos olores trajeron a mi mente muchos hermosos momentos vividos antes de nuestra separación.

De pronto, oí un sonido que hizo que dejara de recordar y volviera a la realidad. Juli estaba rezongando. No le había gustado que me acercara a ella, pero yo lo había hecho sin darme cuenta. Mi emoción no me había permitido ver que estaba sobre una de las sillas que rodeaban la mesa.

Pero parece que ella estaba atenta, ya que no sólo me vio, sino que, también, me amenazó estirando su pata hacia mí y sacando sus uñas.

No estaba dispuesto a portarme mal, así que di marcha atrás y me alejé.

Parece que ese fue el momento en el que Juli vio, por primera vez, a Pequeña, ya que se arrojó de la silla y se le acercó. Me puse en guardia. No quería ocasionar problemas, pero estaba dispuesto a defender a mi amiguita.

Juli fue, lentamente, hacia ella. Me puse tenso. Se las veía como si fueran un gigante y un enano.

Pensé que iba a pasar lo peor; que le iba a tirar un zarpazo; que la lastimaría.

Ya tenía mi hocico preparado para la gran mordida, cuando noté que Juli se le arrimaba más, pero que no protestaba, ni tenía su garra preparada para el ataque.

Solamente acercó su trompa a la de ella, la olió y se sentó sobre sus patas traseras, casi pegada a Pequeña. Mi amiguita también la olió, luego se tiró a su lado, demostrando que no tenía miedo.

Cuando vi lo que pasaba, sentí un gran alivio. Era importante que ambas se entendieran. Yo tenía la posibilidad de defenderme de la furia de Juli, pero mi compañera estaría desprotegida si le pasara lo mismo.

Por suerte, ese problema no existiría. Ambas iban a entenderse.

Así fue. Los niños estaban mirando lo que sucedía. Uno de ellos fue a buscar una pelotita y la puso entra ellas. Durante los primeros momentos, ninguna de las dos atinó a hacer nada, pero cuando el juguete rodó por el piso, Pequeña lo tomó entre sus patitas y comenzó a jugar. Cuando pasó cerca de Juli, ésta también lo empujó con su pata y así dieron comienzo a un juego que duró un largo rato.

Mi familia miraba asombrada lo que pasaba. ¡No podían creerlo!.

La mamá, hablándole a los chicos, comentó:

~        ¿Qué les parece? ¿No les había dicho que Juli la aceptaría? Seguramente la va a tratar como si fuera una hijita. ¡Es tan chiquita!

~        ¡Qué suerte! Tenía tanto miedo de que la lastimara.

dijo la niña, mientras se acercaba a ellas para acariciarlas.

Pararon de jugar para recibir los mimos que les daban, pero tan pronto como la niña las dejó para acercarse a la mesa del desayuno, volvieron a su juego.

En mi corazón se daban dos sentimientos contradictorios. Por un lado, estaba contento porque Pequeña podría vivir tranquila y estaba disfrutando ese momento. Por otro, temía que mi amiguita se olvidara de mí y se dedicara exclusivamente a su nueva compañera.

¡Qué difícil es vivir sin celos! ¿No les parece?

Creo que esas pícaras sonrisas me están diciendo que no soy el único que lleva consigo esa enfermedad tan común y tan grave, que nos hace hacer muchas cosas malas. Esa  enfermedad que se llama: “celos”.

Si la tenemos, es bueno reconocerlo, ya que nos permitirá lograr controlarnos y evitar dañar a otros.

Volviendo a lo que les contaba, después de jugar un rato, Pequeña le dio un golpe a la pelota y la envió hacia la habitación de Juli. Ambas salieron corriendo hacia allí y dejé de verlas.

Como todavía tenía temor por mi amiguita, me aproximé sigilosamente y espié. Seguían jugando. Me acerqué a los chicos con la esperanza de recibir alguno de esos ricos bocaditos que solían darme antes, mientras desayunaban.

No me equivoqué. Recibí dos o tres de cada uno de ellos.

¡Qué ricos estaban! ¡Cómo los había extrañado!

Cuando los chicos estaban terminando su comida, la mamá les preguntó:

~        ¿Cómo vamos a llamar a la gatita?

No me era posible decirles que ya tenía nombre; que se llamaba “Pequeña”.

La niña contestó de inmediato:

~        Ami.

~        ¿Ami? Ese no es un nombre. ¿De donde lo sacaste?

preguntó uno de los niños.

~        ¡De Amiguita! ¿No es la amiga de King?

~        ¡Eso no es un nombre!

~        ¡Está bien! Entonces ¿qué les parece “Mini”?

~        ¡Muy bueno! ¡Es tan chiquita!

Todos asintieron y así la comenzaron a llamar. Yo mantuve el nombre que le había dado cuando nos conocimos. Total, ellos nunca iban a enterarse.

Cuando terminaron su desayuno, lo niños tomaron sus cosas y se acercaron a la puerta para partir, junto con el papá, rumbo al colegio.

Los seguí hasta el auto y me dispuse a subir, pero parece que no tenían intención de permitir que los acompañara, ya que la mamá me llevó hacia adentro y cerró la puerta del garaje para que no volviera a entrar allí.

Oí el sonido del motor del auto y  supuse que se habían ido.

Volví silenciosamente a la habitación de Juli y descubrí que ya no estaban jugando. Se habían acostado una junto a la otra y dormían plácidamente.

Nuevamente sentí celos. ¿Qué pasaría por las noches? ¿Pequeña ya no dormiría a mi lado?

¡Qué tristeza! –me dije.

Luego reaccioné y pensé: ¡Si la quiero, debo alegrarme por su felicidad y no por la mía!

Durante el día, mi compañera compartió su tiempo. Un rato, estaba a mi lado. Otro, jugando o descansando junto a Juli.

Cuando llegó la hora de dormir, vi que llevaban la camita de Pequeña a la habitación de Juli. No me gustó nada.

Me dispuse a dormir sin su compañía, pero cuando íbamos rumbo al lugar donde dormían los chicos, noté que nos seguía.

Tan pronto como llegó la hora de apagar la luz y descansar, se recostó a mi lado, como lo hacía desde el momento en el que nos habíamos conocido.

¡Mi “Pequeña” no me había abandonado! ¡Seguía junto a mí como siempre! ¡Qué alegría!

Espero que les haya gustado lo que les conté. Ahora los dejo.

 

pequena_juli

 Juli, la mimosa